Las Palmas de Gran Canaria tiene casi 550 años de historia. Y viendo algunas cosas, cualquiera diría que lleva los últimos veinte esperando a que alguien aparezca con las llaves de la ciudad.
Aquí no faltan anuncios, infografías, ruedas de prensa, maquetas ni recreaciones en tres dimensiones. Lo que escasea peligrosamente son las obras terminadas, los edificios recuperados y la sensación de que alguien gobierna pensando en la ciudad y no en las próximas elecciones.
El proyecto estrella fue la MetroGuagua. Se vendió como la revolución de la movilidad. El problema es que muchos ciudadanos se preguntan si la revolución consistía precisamente en revolucionar el tráfico… hasta convertirlo en un auténtico rompecabezas. Se quiso solucionar un problema que apenas existía y el resultado, según sus críticos, ha sido crear uno nuevo. Antes de la circunvalación los atascos eran historia; ahora parecen parte del patrimonio inmaterial de la ciudad.
Después está la colección municipal de edificios abandonados. El Museo Néstor, el antiguo Metropole, la Casa del Marino… Más que inmuebles públicos parecen participantes de un concurso llamado “A ver quién aguanta más años cerrado”. Si siguen así, acabarán protegidos no por su valor arquitectónico, sino por su resistencia al paso del tiempo… y de los gobiernos.
La Fuente Luminosa merece un capítulo aparte. Hace tanto que permanece apagada que ya debería cambiar oficialmente de nombre. “Fuente Luminosa” es publicidad engañosa. “Fuente del Recuerdo” sería mucho más ajustado a la realidad.
Mientras tanto, parques y jardines de la Avenida Marítima presentan un estado que invita a pensar que la naturaleza ha decidido autogestionarse. La maleza prospera con una eficacia que ya quisieran algunos departamentos municipales.
Y luego está la cultura. Una ciudad con cinco siglos y medio de historia debería respirar actividad cultural por cada rincón. Sin embargo, cuesta identificar un gran proyecto que marque un antes y un después. Parece que la programación cultural funciona con el mismo sistema operativo que algunas administraciones: “reiniciando… espere, por favor”.
El Carnaval, una de las grandes señas de identidad de la capital, tampoco vive precisamente sus días más tranquilos. Los vecinos de Santa Catalina cruzan los dedos cada año para comprobar qué sorpresa les depara la siguiente edición.
Sobre el funcionamiento interno del Ayuntamiento también sobrevuelan críticas recurrentes acerca de la organización y la eficiencia de algunos servicios. Incluso circulan cifras sobre un elevado absentismo laboral que, de ser ciertas, exigirían una explicación pública respaldada por datos oficiales. Porque una administración no puede funcionar a base de rumores: debe hacerlo con transparencia.
Y mientras tanto, la Sociedad de Promoción continúa acumulando interrogantes sobre su gestión económica. Algunos aseguran que advirtieron hace tiempo de lo que podía ocurrir y que nadie quiso escucharles. Ahora resulta que el agujero parece haber aparecido por generación espontánea. Qué cosas tiene la física municipal.
Las Palmas de Gran Canaria no necesita más eslóganes, ni más campañas de marketing institucional, ni más inauguraciones con aplausos. Necesita mantenimiento. Necesita gestión. Necesita recuperar edificios, cuidar sus espacios públicos, planificar su cultura y resolver los problemas cotidianos de quienes viven aquí.
Porque una ciudad no se gobierna desde una presentación de PowerPoint. Se gobierna caminando por sus calles, escuchando a sus vecinos y resolviendo lo que realmente importa.
Y quizá ese sea el mayor problema: que mientras algunos siguen pensando en las urnas, la ciudad lleva demasiado tiempo esperando que alguien piense, de verdad, en ella.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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