Manuel Domínguez ya conoce lo que ocurrirá después de las elecciones generales de 2027. No sabemos si, además de vicepresidente del Gobierno de Canarias y presidente regional del Partido Popular, ha comenzado a ejercer como adivino, pero asegura que Coalición Canaria dejará de tener peso en el Congreso y que no volverá a repetirse la figura del llamado “diputado 176”.
Las urnas todavía no se han abierto, las candidaturas ni siquiera están cerradas y falta mucho tiempo para que los ciudadanos decidan su voto. Sin embargo, Domínguez ya parece tener el resultado electoral delante. Se ve que su bola de cristal también es del Partido Popular: todo lo que aparece en ella lleva las siglas del PP y termina, casualmente, con una victoria holgada de su partido.
Pero ¿qué quiere decir realmente Manuel Domínguez cuando habla del “diputado 176”?
El Congreso está formado por 350 diputados y la mayoría absoluta se alcanza con 176. Cuando un Gobierno dispone de 175 apoyos, el parlamentario que aporta el voto número 176 se convierte en decisivo. Su voto puede permitir una investidura, aprobar unos presupuestos o sacar adelante una ley importante.
Eso fue lo que ocurrió con Pedro Quevedo, entonces diputado de Nueva Canarias, cuyo voto fue determinante para que el Gobierno de Mariano Rajoy pudiera aprobar los Presupuestos Generales del Estado. Un solo diputado canario consiguió una enorme capacidad negociadora porque tenía en sus manos el voto que rompía el empate.
Por tanto, Domínguez no está diciendo necesariamente que Coalición Canaria vaya a desaparecer del Congreso. Lo que pronostica es que, aunque consiga representación, su diputado no resultará imprescindible porque el PP gobernará con una mayoría suficientemente amplia como para no depender de los nacionalistas.
Traducido al lenguaje de la calle, el mensaje de Domínguez es sencillo: “No hace falta votar a Coalición Canaria para defender Canarias; voten directamente al Partido Popular”. Se trata de un intento evidente de concentrar el voto del centroderecha en el PP y reducir el espacio electoral de su actual socio en el Gobierno autonómico.
Todo ello mientras asegura que los canarios ya estamos “perfectamente representados” por el Partido Popular. Una afirmación que suena estupendamente en un mitin, aunque presenta un pequeño inconveniente cuando llega el momento de votar en el Congreso.
Un diputado de Coalición Canaria no recibe órdenes de la dirección de un partido nacional asentada en Madrid. Responde a una organización política canaria y puede negociar con el PP o con el PSOE colocando sobre la mesa las necesidades del archipiélago. Puede acertar o equivocarse, cumplir o incumplir sus compromisos, pero su centro de decisión política se encuentra en Canarias.
Por el contrario, un diputado canario perteneciente a un partido nacional vota normalmente lo que determina su grupo parlamentario. Si desde Madrid se ordena votar sí, vota sí; si se decide votar no, vota no; y si toca abstenerse, se abstiene. Aunque la decisión no sea la más conveniente para las islas, la disciplina del partido acaba imponiéndose.
Esa es la gran diferencia entre tener en Madrid una voz política propia y contar con un diputado nacido en Canarias, pero integrado en una estructura nacional. Uno puede negociar su voto exigiendo compromisos concretos para las islas; el otro debe levantar la mano cuando se lo indique su dirección estatal. Mucha bandera canaria durante la campaña, mucho “Canarias está por encima de todo”, pero, cuando llega la votación decisiva, aparece el mando a distancia desde Madrid.
Precisamente por eso puede ser importante el llamado “diputado 176”. No porque reciba un título especial, una medalla o un despacho con mejores vistas, sino porque su voto puede convertirse en la llave de la mayoría. Y si esa llave está en manos de un representante canario, Canarias dispone de una oportunidad para negociar inversiones, financiación y compromisos concretos.
Lo curioso es que Manuel Domínguez parece considerar una mala noticia que un diputado canario pueda resultar decisivo en Madrid. Quizá prefiera que el PP no necesite negociar con nadie y pueda gobernar con las manos libres. Es comprensible desde los intereses de su partido, pero no necesariamente desde los intereses de Canarias.
Porque la pregunta no es solamente cuántos diputados obtiene el Partido Popular. La verdadera pregunta es a quién responderán esos diputados cuando los intereses de Canarias choquen con las decisiones de Génova. ¿Defenderán primero a las islas o cumplirán las instrucciones de su dirección nacional?
Domínguez tiene derecho a desear una gran victoria del PP. Lo que no debería hacer es presentar sus deseos como si fueran resultados oficiales. Una cosa es tener confianza electoral y otra muy distinta repartir los escaños desde un despacho antes de que los ciudadanos hayan votado.
También sorprende que intente reducir la importancia política de Coalición Canaria mientras comparte con ella el Gobierno autonómico. Durante la semana son socios responsables y perfectamente coordinados; cuando se acerca el discurso electoral, parece que CC se convierte en un partido innecesario y condenado a la irrelevancia. La convivencia política tiene estas cosas: se comparte el Consejo de Gobierno por la mañana y se intenta jubilar electoralmente al socio por la tarde.
Manuel Domínguez debería recordar, además, que las mayorías cambian, los votos se mueven y las encuestas se equivocan. En un Congreso fragmentado, el último diputado puede convertirse en el primero de la lista de llamadas del candidato a presidente.
Hoy puede ser el diputado 176; mañana, el 175 o el 177, dependiendo de la votación. Las matemáticas parlamentarias tienen la mala costumbre de no obedecer los deseos de Manuel Domínguez ni las órdenes de la sede nacional del PP.
La historia política está llena de dirigentes que anunciaron mayorías absolutas, derrotas históricas y desapariciones de sus adversarios. Después llegó la noche electoral, comenzó el recuento y la bola de cristal terminó guardada en el mismo cajón que las encuestas equivocadas y los discursos triunfalistas.
Ser agorero en política siempre es peligroso. Hacerlo antes de que se convoquen las elecciones resulta todavía más arriesgado, porque las hemerotecas no olvidan y suelen disfrutar recordando aquellas profecías que terminaron estrellándose contra la realidad.
Quizá la bola de cristal de Manuel Domínguez sea muy moderna, tenga inteligencia artificial y haya sido homologada directamente en Génova. Pero presenta un pequeño defecto de fabricación: todavía no se ha inventado una tecnología capaz de sustituir el voto de los ciudadanos.
En democracia no deciden los videntes ni gobiernan las bolas de cristal, aunque también sean del Partido Popular. Deciden las urnas. Y serán los canarios quienes determinen si quieren un representante con capacidad para negociar directamente por Canarias o diputados que, llegado el momento, voten lo que les ordenen desde Madrid.
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