En la entrevista recuperada por «El Pulso», el sacerdote atribuyó al presidente del Cabildo una petición para apartarlo de sus comunidades, pero aseguró que no le guardaba rencor.
El padre Fernando Báez habló con claridad de Antonio Morales en su entrevista con Juan Santana Hernández en «El Pulso», el programa de la radio digital de Onda Guanche. Sus palabras reunieron dos sentimientos que atravesaron toda la conversación: el dolor por haber perdido sus parroquias y su voluntad de perdonar a quienes consideraba responsables.
Según sostuvo el sacerdote, el presidente del Cabildo había pedido al obispo que lo retirara de sus destinos pastorales. «Le pidió al obispo que me quitara las parroquias; el obispo lo obedeció», afirmó. Báez vinculó así su salida de Lomo Magullo, Cazadores y La Breña con sus enfrentamientos públicos con Morales. Esta atribución corresponde a su testimonio en la entrevista.
Para él, aquellas comunidades eran sus «tres amores». Había dedicado años a atenderlas y no comprendía que sus discrepancias con el poder político terminaran afectando a su relación con los feligreses. Defendió que su labor parroquial no justificaba aquella separación y describió sus consecuencias con una imagen dolorosa: sentirse un pastor sin ovejas.
Las diferencias con Morales aparecieron también al hablar del campo grancanario. Báez recordó su oposición a la eliminación de cabras y defendió que se conservaran. Asimismo, criticó la plantación de pinos y reclamó más árboles capaces de producir alimentos. Puso como ejemplo Tejeda, donde aseguraba haber defendido desde hacía décadas la plantación de almendros.
El sacerdote cuestionó también el empleo de agua desalada para regar medianías y cumbres, al considerar que podía perjudicar las tierras agrícolas. Expuso esa preocupación como parte de su defensa del mundo rural y de la capacidad de la isla para producir comida.
Báez presentó esas intervenciones como una obligación de su sacerdocio: anunciar el Evangelio y denunciar lo que entendía injusto. Decía recoger las inquietudes de personas del campo y de vecinos que no se atrevían a expresarlas públicamente.
Sin embargo, cuando la conversación regresó a Antonio Morales, el tono pasó de la denuncia al perdón. «Yo veo a Antonio Morales, le doy un abrazo», aseguró. Lo llamó amigo y añadió que había actuado conforme a lo que creía.
Esa disposición convivía con una herida que seguía abierta. El sacerdote expresó su pesar porque, a su juicio, quienes habían intervenido en su apartamiento no reconocían errores ni pedían disculpas. También manifestó preocupación por las dificultades de los campesinos que reclamaban agua para sus tierras.
La entrevista recuperada por «El Pulso» deja constancia de esa doble posición: Fernando Báez señaló a Morales como una figura decisiva en su retirada de las parroquias, según su propia versión, y al mismo tiempo afirmó que estaba dispuesto a abrazarlo. Denunciaba lo que consideraba una injusticia, pero defendía que el dolor no debía convertirse en odio.
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