Una reflexión sobre la memoria, las mujeres y la fragilidad de nuestras libertades.
Se acercan las elecciones del 29 de noviembre y, entre tantos discursos, promesas y confrontaciones, conviene detenerse en una certeza incómoda: la libertad puede perderse.
Quizá porque hemos nacido o crecido en una sociedad democrática, hemos terminado por considerar que determinados derechos nos pertenecen para siempre. Que nadie podrá arrebatarnos la posibilidad de estudiar, trabajar, votar, amar libremente o decidir sobre nuestros cuerpos.
Pero la historia nos recuerda que los derechos no son irreversibles.
Y pienso especialmente en las mujeres. En esa mitad de la población que, durante siglos, ha tenido que conquistar prácticamente cada espacio de libertad que hoy ocupa.
Algunos discursos actuales idealizan el regreso a los valores tradicionales y evocan una sociedad donde el destino de una mujer parecía escrito desde su nacimiento: casarse, tener hijos, cuidar de la familia y permanecer bajo la autoridad masculina.
Una sociedad donde muchas mujeres no podían desarrollar su vocación, disponer libremente de sus recursos o abandonar un matrimonio infeliz.
Recuperar determinados modelos familiares también implica decidir quién asumirá los cuidados, quién renunciará a su carrera profesional y quién perderá autonomía económica.
Cuando la maternidad se convierte en una cuestión patriótica, está en juego si se protege la libertad de ser madres o si se convierten nuestros cuerpos en instrumentos al servicio de una determinada idea de estado español.
Y cuando se cuestionan las políticas de igualdad, la existencia de la violencia machista o las desigualdades laborales, se corre el riesgo de borrar problemas que siguen afectando a millones de personas.
No se trata de enfrentar a mujeres y hombres. Se trata de comprender que una sociedad donde una parte de la población pierde libertad termina siendo menos libre para todas las personas.
La historia española contiene demasiadas respuestas.
El 1 de octubre de 1931, las Cortes de la Segunda República reconocieron el sufragio femenino. Clara Campoamor defendió entonces algo que hoy debería parecernos incuestionable: que las mujeres tenían derecho a participar en las decisiones políticas de su país.
El 19 de noviembre de 1933, las españolas votaron por primera vez en unas elecciones generales.
Después llegaron la Guerra Civil, la dictadura y décadas de ausencia de libertades democráticas. Las elecciones libres no regresarían hasta 1977, mientras las mujeres habían tenido que soportar, además, un sistema jurídico y social que restringía profundamente su autonomía.
Pienso también en las mujeres de la Generación del 27, nuestras Sin sombrero.
En Maruja Mallo, Margarita Manso, Concha Méndez, María Teresa León, Ernestina de Champourcín y en nuestra Josefina de la Torre.
Mujeres que quisieron pensar, crear y vivir sin pedir permiso.
Siempre me ha fascinado aquel gesto de Maruja Mallo y Margarita Manso, acompañadas por Federico García Lorca y Salvador Dalí, cuando se quitaron el sombrero en la Puerta del Sol de Madrid.
Un gesto pequeño, casi cotidiano para nuestra mirada actual, pero profundamente transgresor en aquella época.
Quitarse el sombrero era desafiar una convención social. Era mostrar públicamente que sus pensamientos les pertenecían, que sus ideas no necesitaban permanecer escondidas bajo las normas de una sociedad que pretendía decidir por ellas.
Casi un siglo después, aquel gesto conserva toda su fuerza simbólica.
Volver a quitarnos el sombrero.
Quitarnos los miedos, los silencios, las culpas y las obediencias heredadas.
Recordar que podemos ser madres o no serlo, vivir solas o acompañadas, amar a quien queramos, dedicarnos a la ciencia, al arte, al deporte, a la política o simplemente construir una vida que responda a nuestros propios deseos.
Porque la libertad no consiste únicamente en que la ley reconozca nuestros derechos. Consiste también en disponer de las condiciones necesarias para ejercerlos.
De poco sirve hablar de igualdad si una mujer tiene que abandonar su trabajo para cuidar a sus mayores, si teme regresar sola a casa, si soporta violencia en su relación o si encuentra obstáculos para ocupar espacios de decisión.
Y tampoco podemos olvidar que las desigualdades se agravan cuando a la condición de mujer se suman la pobreza, la discapacidad, el racismo, la situación migratoria u otras formas de discriminación.
Por eso el feminismo no debería entenderse como una lucha exclusiva de las mujeres, sino como una aspiración democrática compartida.
Una sociedad más igualitaria también necesita hombres capaces de cuestionar los privilegios heredados, compartir los cuidados y comprender que la libertad de las mujeres no supone una pérdida de la suya.
Se acercan las elecciones y pienso en Clara Campoamor, en las Sinsombrero, en nuestras madres y abuelas, pero, sobre todo, en las niñas que vienen detrás.
Me gustaría que nunca tuvieran que dudar de su derecho a decidir sobre sus cuerpos, amar libremente u ocupar cualquier espacio de nuestra sociedad.
Que sus sueños no tengan que permanecer guardados en sus cabezas como una utopía.
Que puedan vivir sin miedo, sin obediencias impuestas y sin tener que agradecer derechos que les pertenecen por el simple hecho de ser personas.
Quizá esa sea la verdadera responsabilidad de nuestra generación: no limitarnos a disfrutar de las libertades heredadas, sino garantizar que quienes vengan después encuentren una sociedad más justa, más pacífica y más igualitaria.
Tal vez solo necesitemos mirar hacia atrás para comprender cuánto costó conquistar la libertad.
Porque nuestros cuerpos son nuestros, nuestras vidas nos pertenecen y nuestra libertad no debería estar nunca en discusión.
Y si algún día vuelven a pedirnos que bajemos la cabeza, recordemos a aquellas mujeres que decidieron descubrirla para dejar volar sus pensamientos.
Como nos recuerda a Clara Campoamor:
«La libertad se aprende ejerciéndola».
Palmira Déniz Verona es secretaria de Igualdad, Feminismo y Diversidad de Nueva Canarias Telde.
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