«Algo inimaginable»
De madrugada se escuchó el ruido de un coche. Era uno de los hijos de “La Trini” que venía a recogerla. Ya sólo faltaba que Roque sacara el rebaño y se alejara del pueblo para poder ir en busca de los perros y dormirlos.
Pablo y Pepe fueron en su búsqueda. Los trajeron hasta la casona y dándoles un trozo de carne a cada uno con la cantidad suficiente de tranquilizante para que se quedaran dormidos, se lo comieron todo rápidamente. Poco a poco entraron en profundo sueño y en horas, no despertarían.
Ya en la casa de los Guzmán, pasamos del salón a la cocina. Salimos al patio y, junto al pozo de agua, en el lugar donde Verónica dijo a Yerai, cavamos una fosa: estaba muy cerca de donde yacían los restos de su hermana y su cuñado. Depositamos el saco con sus restos con todo respeto, y antes de cubrirlo con tierra, Pepe dejó esparcido un compuesto químico para que los perros no pudieran descubrir lo allí enterrado.
Tapamos y aplastamos bien la fosa con la suficiente tierra, de tal forma que nadie sospecharía que se había cavado recientemente en el patio. La poca tierra sobrante se esparció por el patio. Todo estaba sellado, todo estaba como si nada hubiera pasado.
Nadie jamás podría suponer que en aquel patio descansaban los cuerpos de tres buenas personas y no dos, como decía la leyenda.
Verónica ya estaba junto a su hermana y cuñado. Ya descansaba en paz.
Saliendo de la casa de los Guzmán, Yerai recordó lo que le había dicho Verónica sobre el diario que estaba en el sótano…
– ¿Qué os parece si bajamos al sótano a buscar el diario que Verónica me comentó?, -preguntó Yerai, a la vez que miraba la escalera que daba al sótano.
Nos miramos y confirmamos con la cabeza que no era una buena idea.
-Dejemos descansar en paz a Verónica junto a los suyos, -dijo Juan. Que quede en el olvido. – ¿Y sus memorias? –preguntó Pepe.
-Sus memorias, si tienen que ver la luz algún día, que sea de manos de otras personas –dijo Juan. No sea que por querer saber algo que no debemos, nos llevemos una sorpresa que no esperamos y…
Dicho esto, estando ya en la calle, escuchamos un estruendo que provenía del sótano y girándonos para ver qué era ese potente ruido, pudimos ver como toda la casa se hundía totalmente quedando reducida a escombros a la vez que un fuego surgía de la escalera del sótano y quemaba todo cuanto pillaba a su paso… No pudimos rescatar nada: todo se quemó… todo quedó calcinado…
Nadie supo qué hacer ni qué decir, era algo que no se esperaba. Fue algo inesperado e inimaginable.
-Por lo que veo, los perros de Roque siguen dormidos, -dijo Pablo. Están en la casona, tumbados frente a una de las chimeneas, sino hubieran venido por aquí a olfatear.
-Vayamos a despertarlos, no sea que Roque llegue alertado por el ruido y el humo del incendio y nos pille, -comentó Pepe que, tomando en su mano una pequeña botella de amoniaco, caminaba rápidamente hacia la casona.
Roque, que no estaba muy lejos del pueblo, al escuchar el estruendo y ver el humo que salía por encima de los tejados, regresó apresuradamente encontrándose la casa de los Guzmán destrozada, hundida y en llamas.
– ¿Qué ha pasado?, -preguntó Roque con cara de asombro.
-No lo sabemos, -dijo Iñaki.
-Estábamos en la casona jugando con Sultán y Tara, cuando de pronto hemos escuchado el estruendo y hemos visto el derrumbe, -dijo Paco poniendo cara de sorpresa.
-Hemos venido para ver qué ha pasado, -comentó Anselmo, y nos hemos encontrado con la casa así, como tú la estás viendo.
Desde la casa de “La Trini” venía corriendo Pablo con unos cubos llenos de agua…
– ¿Qué ha sucedido?, -preguntó Pablo.
-No sabemos exactamente… -dijo Yerai, encogiéndose de hombros.
-Sabemos lo mismo que vosotros, -dijo Iñaki… poniendo cara de ignorar lo sucedido.
– ¡Menudo estropicio se ha formado!, -exclamó Anselmo, sin dejar de hacer fotos.
-Esto es obra de los espíritus de los Guzmán, -dijo Juan.
-Seguro, –exclamó Paco. Si no… ¡de qué!
-Sea lo que sea, la cuestión es que ahora sí que hay una nueva leyenda para contar, -dijo Pepe, señalando con su mano lo que quedaba de la casa de los Guzmán.
-Ahora sí que vamos a tener mucha gente en el pueblo queriendo conocerlo y saber lo ocurrido… -dijo Roque llevándose las manos a la cabeza.
-Cuando se entere “La Trini” de lo que ha pasado, no se lo va a poder creer, -dijo Yerai.
– ¡Lo que se ha perdido…! -comentó Pepe. Si lo llega a ver, seguro que dice que es obra de los espíritus de los Guzmán que han regresado.
-Menos mal que no estabais dentro de la casa cuando esto ha pasado, -comentó Roque. Si os llega a pillar dentro… no lo quiero ni pensar…
-Sí. Ha sido la providencia quien nos ha prevenido, -dijo Anselmo, mirando al cielo con un gesto como de agradecimiento.
-Mejor así, -dijo Roque. Quede sepultado el misterio de la casa encantada… y la leyenda de los Guzmán sea sólo eso, una leyenda y no un misterio.
De nuevo la nieve hizo acto de presencia en el pueblo. Cayendo la tarde, una copiosa nevada presagiaba que la noche iba a ser muy dura y fría, y para evitar accidentes innecesarios para todos, Roque se retiró a su casa con su rebaño y nosotros nos fuimos a la casona.
Aquella noche se sintió en los huesos. Era una noche diferente a las demás. Nadie sospechaba que ya pudiera pasar algo más. Era, por así decirlo, una triste noche donde todos recordábamos lo sucedido, todos meditábamos y todos redactábamos en nuestros cuadernos lo vivido en esos intensos días. Todo lo que habíamos pasado, vivido, lo íbamos escribiendo para no olvidar nada.
El primero, Yerai, que era quien más intensamente había vivido el tema de Verónica.
Era quien más fresco tenía y recordaba todo lo sucedido… era como si lo estuviera volviendo a vivir.
Uno a uno fuimos escribiendo lo que Yerai recordaba y nos decía…
Paco, añadió en su cuaderno lo que vivió en la sima.
Pepe, nos pasaba las fórmulas químicas que había empleado.
Pablo, escribía lo que hizo en el corral cuando nació aquella oveja negra de dos cabezas.
Anselmo, el número de fotos, los lugares y donde se habían hecho las mejores.
Así, uno tras otro, todos completábamos nuestros escritos, nuestras memorias de esos días.
Aquella noche cenamos algo desganados. Echábamos de menos aquellas sopas calientes que “La Trini” nos preparaba con todo su cariño. Los trozos de queso y el pan recién hecho en el horno de piedra, y los buenos tragos de vino, mmmmm… un rico vino como no habíamos probado en años.
Paco recordaba el trabajo que hicimos en la ermita. Aquel ermitaño que, de no tener casi nada, había pasado a tener una hermosa ermita con su campanario y qué decir de su pequeña casita. Un corral para sus gallinas y conejos. Una cuadra para su asno, su vaca y cerdos. Aquella cueva convertida en granero.
Paco e Iñaki se encargaban de que los hallares estuvieran bien cargados de leña y caldear un poco las frías paredes de piedra de la casa.
Todos teníamos algo que hacer, algo que recordar, algo en qué pensar…
Anselmo seguía sacando fotos de la casona: no quería dejar nada sin fotografiar para que después, en su casa o en alguna exposición pudieran verse esas buenas fotografías.
Aquellos candelabros de hierro forjado con las viejas velas que, con el paso de los años, aún conservaban todo su esplendor y su buen olor a pura cera de abejas de no se sabe de qué próximo o lejano panal…
Los ventanales de nobles maderas con sus contraventanas y sus travesaños de hierro que le daban seguridad cuando éstas quedaban cerradas.
La gran puerta de la casona: una majestuosa puerta de madera de doble hoja que quedaba sujeta por cuatro pretiles a los muros que la enmarcaban.
Aquella ruda cerradura de hierro, donde una llave de afilados dientes la cerraba desde el exterior. El piso de piedra de fino granito…
Las vigas rectangulares que soportaban el techo con sus travesaños tallados con ricos adornos de estilo medieval.
La vieja escalera de piedra que ascendía suavemente, majestuosamente, hasta el piso superior.
La cocina: una gran cocina con una mesa tan grande como para dar de comer a más de doce personas a la vez.
El patio interior con aquellas cuadras y cobertizos que guardaban celosamente los aparejos de labranza y algunos viejos carros que, en años pasados, fueran tirados por domadas bestias o bueyes de labranza.
El pozo de piedra que albergaba, en su interior, unas ricas y cristalinas aguas, tan puras como las gotas de lluvia en las altas cumbres.
Todo quedaba grabado en el archivo de aquellas maravillosas cámaras de fotos.
– ¿Qué os parece si hacemos unos huevos revueltos con jamón?, -preguntó Pablo.
-Sí, bueno, vale, lo que tú veas, -dijo Juan. Lo que te sea más rápido y fácil.
Cenamos a la luz de las velas viendo como el fuego devoraba aquellos leños de olivo que perfumaban el ambiente.
El café con leche de aquella noche era diferente. Se notaba que las expertas manos de “La Trini” no estaban para darle forma a la nata que rebosaba sobre los vasos…
Poco a poco fuimos dejando toda la casona conforme nos la encontramos la primera noche:
La mesa de la cocina que sacamos al salón, volvía a su lugar de origen… y todo lo demás en su sitio y bien colocado.
Las sillas de mimbre que, en las primeras frías noches nos habían servido de improvisados camastros, regresaban a la fría cocina.
Los peroles y cazuelas de cobre, que se utilizaron para derretir la nieve o calentar agua para nuestro aseo personal, poco a poco ocupaban su lugar en la oscura despensa, a la espera de que alguien las pudiera volver a utilizar.
Las gavetas de hojalata, las jarras de cerámica y barro cocido… todo era colocado con sumo cuidado y delicadeza en su lugar, como el primer día estaban.
CONTINUARÁ
Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE
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