«Nadie se atrevió a decir nada»
El camino desde la casona hasta el sendero que nos llevaría a la sima no era largo, pero por la emoción contenida y sabiendo lo que íbamos a hacer, se nos hizo eterno.
Un camino de cabras nos conduciría hasta aquel riachuelo. Con gran fuerza bajan sus frías aguas que venían de lo alto de las montañas nevadas. El rumor de las aguas al chocar con las piedras y recodos del riachuelo nos animaba a componer alguna que otra cancioncilla que tarareábamos al son de la armónica de Anselmo, gran compositor de melodías innovadoras del momento.
Pasado el viejo molino de agua, el descenso por el sendero se hacía ver que no era difícil, pero tampoco debíamos dejarnos llevar por esa impresión: la prudencia debería estar por encima de los conocimientos de otras experiencias vividas. Este sendero era diferente. Muchos arbustos tapaban lo que más adelante tendríamos que cruzar: nadie sabía lo que había a tres o cuatro metros mal contados y toda precaución era poca.
Tal y como Roque nos indicó, ya en la ladera del riachuelo, entre unos arbustos vimos aquellas dos grandes rocas. En medio de aquellas estaba el viejo y oxidado cartel que con pintura roja algo descolorida nos avisaba de un posible peligro estaba cercano a nosotros. En el cartel se podía mal leer: ¡Peligro, SIMA!
Preparamos lo necesario para el descenso. Juan sería el primero en bajar e inspeccionar la entrada de la sima. Le seguiría Anselmo con sus cámaras de fotos y Paco, hombre de fuerza, para ayudar a bajar lo necesario y dar apoyo en caso de necesidad o peligro inminente.
Todos con los arneses puestos, los cascos, las linternas y las cuerdas, comenzaron el descenso por aquella agrietada entrada que, por su aspecto desde el exterior, bien pareciera la boca de una extraña criatura dispuesta a engullirnos. Todos en silencio: nadie hablaba más que lo justo. Todos atentos al sonido del retorno del sonar que Juan llevaba colgado a su cintura.
A unos veinte metros, más o menos, Juan dio la voz de aviso que todos esperaban exclamando: ¡Tierra firme!, ¡no hay problema alguno, podéis bajar sin ningún peligro!
Anselmo comenzó a bajar por la escalera, no sin antes descolgar su mochila con las cámaras de fotos y lo necesario para el reportaje interior. Le seguía Paco, con cautela y sujetando fuertemente la escalera para que ésta no se girara.
Una ligera brisa provenía del interior de la sima: era como si cruzaras por medio de un pinar donde el viento se convertía en un suave airecillo impulsado por un ventilador a poca intensidad. Se recibía bien y no era molesto.
Poco a poco fueron bajando todos menos Pepe que, en esta ocasión y como teníamos por costumbre, hacíamos que alguien se quedara en el exterior vigilando todo el material y ayudara a que en la salida fuera todo sin problemas.
-Ten mucho cuidado al bajar -dijo Pablo. No cometas ninguna imprudencia.
-Tranquilo Juan, -dijo Yerai. Verónica está esperándote para guiar tus pasos sin que sufras percance alguno. Así lo ha dicho… y así lo hará.
Nadie se atrevió a decir nada. Yerai estaba muy seguro de sus palabras y todos confiábamos en él.
Poco a poco fuimos bajando al interior de la sima quienes Verónica quería que bajáramos: Juan, Anselmo, Paco, Pepe y Yerai. Los demás aguardarían en el exterior.
La sima tenía varias cuevas en su interior. En la más pequeña de todas, se encontraban los restos de Verónica que, por lo que pudimos ver, al caer, se habría arrastrado hasta ese lugar.
Desde la boca de entrada hasta la base de la sima, el acceso era casi en vertical, lo que dificultaba el paso a quien por ella decidiera entrar sin el material apropiado para el descenso.
-Difícil lo hubiere tenido quien hubiera querido bajar, -comentó Juan.
– ¿Por qué dices eso?, -preguntó Anselmo.
-No tenéis más que ver cómo es esta sima, -dijo Juan. Está llena de cuevas y parece que no desde todas viene ese extraño aire frío que la hace aún más misteriosa.
-Si alguien hubiera bajado con una soga un candil encendido para ver lo que en ella hay, a los pocos metros se le hubiera apagado, -dijo Pepe. No hay más que ver el remolino que se forma en la base: es como si la misma sima no quisiera desvelar lo que en su interior oculta.
-Bueno, dejemos de especular y vayamos a lo que hemos venido, -dijo Yerai indicando, con la luz de su linterna, el lugar donde Verónica le había indicado que estaba su cuerpo.
La entrada a la pequeña cueva era algo estrecha, pero en su interior se podía ver un esqueleto: el de Verónica… que, por la humedad y el poco aire que había, se había conservado bastante bien. El esqueleto estaba completo, no faltaba hueso alguno. Sus ropas casi lo tapaban y la posición reclinada y algo ladeada daba el aspecto de estar dormida.
Con todo el respeto que se merecía Verónica, entre Pepe y Juan fueron introduciendo en el saco, uno a uno, todos sus huesos hasta completar su esqueleto.
Con sumo cuidado fueron sacados de aquella cueva: se introdujeron en una mochila y a la indicación de Juan, los que afuera esperaban, comenzamos a izar aquella mochila con cuidado y respeto.
El último en salir fue Yerai por expreso deseo de Verónica.
Cuando Yerai comenzó a subir, a escasos metros del fondo de la sima, se produjo un pequeño temblor y un fuerte torbellino de aire hizo que la escalera comenzara a girar. Yerai pudo ver, con asombro, como en el interior de la sima todo se removía y, en pocos segundos, todo volvía a la normalidad: todo quedaba sin ninguna huella… como si no hubiera entrado jamás nadie en ella.
Al ruido producido por el temblor en el interior, todos aunaron sus fuerzas y sacaron rápidamente a Yerai de la sima. Tenían miedo a que un derrumbe lo dejara sepultado en el interior.
Comprobaron todo el material: todo estaba perfecto. Todo lo introducido estaba en el exterior.
Portaba Yerai la mochila que llevaba los restos de Verónica en su interior. Juan encabezaba la marcha dejando tras de sí aquel lugar que pocos habían visto tan de cerca. Nadie decía nada. Todos, en completo silencio, caminábamos sin volver la vista atrás hasta que, de repente, y sin saber por qué, un fuerte temblor sacudió el lugar. De la montaña comenzaron a desprenderse algunas rocas y tierra a gran velocidad, que cayeron justo en la boca de la sima dejándola totalmente tapada. Era imposible saber exactamente dónde había quedado la entrada.
Todo estaba cambiado. Entre las dos grandes rocas cayó otra que, por su tamaño y peso, bloqueó totalmente la entrada, encajando perfectamente en ese hueco.
Asustados por el rugir de la ladera de la montaña, y viendo caer aquella lluvia de tierra y piedras, nos quedamos sin saber qué decir ni qué hacer. Pasados unos minutos, los justos para que Anselmo pudiera tomar unas instantáneas con su cámara de lo que allí había sucedido, retomamos el camino de ascenso hasta el viejo molino de agua, y continuamos hasta el pueblo.
Para que “La Trini” y Roque no sospecharan nada, acordamos dejar esa tarde la mochila con los restos de Verónica en la casona…
A la mañana del siguiente día, como de costumbre, Roque saldría de pastoreo con el rebaño y nadie debía saber de nuestras intenciones.
-Y si nos descubre “La Trini”, ¿qué haremos? –preguntó Iñaki.
-Eso no va a pasar, -comentó Pablo. Ayer nos dijo “La Trini” que precisamente mañana tenía que ir a la ciudad a ver a una de sus hijas que había dado a luz en el Hospital.
– ¡Qué gran noticia, y qué contenta estará “La Trini”! -dijo Paco, un nuevo nieto para ella.
– ¡Veis como todo tiene solución!, -exclamó Pablo. Roque y “La Trini” no estarán en el pueblo y podremos terminar nuestro trabajo sin que nadie sospeche nada.
– ¡Perfecto! Mejor no podría ser, -dijo Yerai.
-Lo que no debemos es dar la impresión de que queremos que se vayan, -dijo Juan, debemos comportarnos con total normalidad para que no sospechen nada.
-Así lo haremos, -dijo Iñaki. Actuemos como si no hubiera pasado nada y que dé la impresión de que nuestra excursión ha sido como esperábamos, que estamos cansados y…
-Tú, Anselmo, prepara unas fotos en las que no aparezca nada que se pueda relacionar con Verónica ni con la cueva donde ha estado todo este tiempo, y se las enseñamos a Roque y “La Trini” y seguro que quedarán encantados, -dijo Yerai.
-Voy a hacer una composición con las mejores, -dijo Anselmo, correspondientes a la bajada y a la entrada de la cueva.
CONTINUARÁ
Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE
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