«Todas las noches a la misma hora»
– Verónica cayó al fondo de un acantilado, entre unos árboles, en una sima que hay cerca, junto a dos grandes rocas que a simple vista no se puede ver si no te acercas mucho. Y el otro hermano se golpeó la cabeza con las rocas y murió en el acto, quedando su cuerpo a la intemperie… –dijo Yerai.
-Y ¿cómo fue que se enteró la gente del pueblo que los hermanos Ronlasco Brosceau habían muerto? –preguntaron Paco y Pablo a la vez.
-Al ver el posadero que iban pasaban los días y que los hermanos no acudían a la posada, pues estaban hospedados allí, y le debían un dinero, avisó a la gente del pueblo y dieron una batida para su búsqueda y al final los localizaron: a uno de ellos en el viejo molino de agua, y al otro, en el fondo del acantilado -comentó Yerai.
-Y… de Verónica… ¿no le extrañó al posadero no encontrarla? –preguntó Pablo, que no salía de su asombro al ver con qué frialdad Yerai relataba lo sucedido.
-Verónica comentó que, como el posadero tenía fama de ser un hombre algo mentirosillo y de poco fiar, nadie en el pueblo creyó lo que él contó sobre ella y todos dieron por válido que hubo una pelea entre hermanos por cuestión de dinero, pues había unos billetes y monedas junto al que cayó por el acantilado.
– Uno mataría al otro clavándole en la cabeza aquel hierro, y el que quedó vivo, seguramente, se emborrachó y cayó por el acantilado, en un mal paso que diera… por lo que dieron por zanjada la cuestión, -comentó fríamente Yerai.
– ¿Y de los Guzmán?… ¿no les extrañó que no estuvieran en el pueblo? –preguntó Pablo.
-Por lo que comentó Verónica, ella misma dejó un escrito en el salón de la casa como si lo hubiera escrito la hermana, donde decía que la familia se había marchado al pueblo de Luis por un asunto familiar grave y que ya volverían –comentó Yerai.
-Nadie supuso nada y no se preocuparon de ellos hasta que, una noche de verano, una de las vecinas que sabía que la casa estaba vacía, se extrañó al ver que una luz recorrió el salón de parte a parte muy lentamente: la vieron desde la calle y se extrañaron… -comentó Yerai.
– ¿Quién pasó esa luz por el salón de los Guzmán? ¿Quién fue? –preguntó Juan muy intrigado.
-Era el espíritu de Verónica, -dijo Yerai. Todas las noches, a la misma hora, la lámpara hacía el mismo recorrido: se paseaba la luz de parte a parte del salón, pero nadie entraba, todos la veían, pero nadie se atrevía a entrar y ver qué era aquel fenómeno, los que la veían corrían asustados. Quien llegó a ser valiente y mirar por aquella ventana, pudo ver como una extraña sombra portaba un farol con luz y que éste estaba suspendido en el aire y recorría el salón, levitaba sin que nadie lo llevara de la mano.
– ¡Joder, Yerai! Tengo los pelos erizados y siento escalofríos, -dijo Paco.
– ¿Y qué quiere Verónica de nosotros?, -preguntó Pablo, a la vez que se frotaba con fuerza los brazos.
-Verónica nos pide un gran favor, -dijo Yerai. Que bajemos a la sima a recoger sus huesos y los enterremos junto a su hermana y su cuñado.
– ¡Eso está hecho! -exclamó Juan, dando un golpe con el puño sobre la mesa. Mañana mismo organizamos una expedición para rescatar su cuerpo, o lo que quede, y le daremos sepultura junto a sus familiares.
Yerai quedó en silencio, mirando fijamente un leño que ardía en la chimenea. Daba la impresión que estaba oyendo algo o a alguien, cuando de repente dijo:
– ¡Callad, callad!… Verónica me está diciendo algo que no puedo oír bien. ¡Callad!
– ¿Verónica está aquí?, -preguntaron todos con cara de asombro mirando a todas partes sin ver nada… sin ver que nada que se moviera.
-Sí, -dijo Yerai, callad para que pueda oír bien lo que me está diciendo… Creo que es algo muy importante.
Todos guardaron silencio, nadie movía ni una pestaña. Todos miraban a Yerai con cara de intriga. Yerai asentaba con su cabeza, era como si estuviera escuchando atentamente unas instrucciones de Verónica… lo que le indicaba debían hacer y cómo debían hacerlo.
– ¿Qué te está diciendo? -preguntó Juan con voz baja para no distraer a Yerai.
-Así lo haremos, -dijo Yerai, a la vez que sus ojos cambiaban ya de posición.
Su mirada seguía a la sombra que solo él veía hasta la ventana que, sin que nadie la moviera se abrió y cerró suavemente ante la mirada incrédula de todos los allí presentes.
– ¡Coño, no me lo puedo creer! -exclamó Pepe. ¡La ventana se ha abierto y cerrado sola…!
-Realmente tengo que reconocer que Verónica estaba entre nosotros, -dijo Anselmo, sujetando fuertemente su cámara de fotos.
– ¡Qué fuerte!, -exclamó Pablo. Cuando se lo contemos a “La Trini” y a Roque, no se lo van a creer…
– ¡No!… -exclamó Yerai. No les diremos nada. Así me lo ha pedido expresamente Verónica. No quiere que nadie más sepa lo sucedido. Daría pie a que se supiera todo y este pueblo perdería su misterio. La gente vendría solo para curiosear, se abrirían las fosas y… Mejor no decir nada y actuar con cautela sin levantar sospechas… Hacemos el trabajo y callamos.
-Pero… ¿por qué no podemos contarlo… y decirlo para que se sepa? -preguntó Iñaki.
-Porque si no se hace como Verónica nos dice, -dijo Yerai, el problema lo tendremos todos nosotros. Nosotros seremos los perjudicados y los espíritus de Luis, Marga, y sus hijos, y el de Verónica no nos dejaran vivir en paz mientras vivamos… Dice que nos puede pasar lo peor y lo que ahora se hace por bien, se convertiría en un mal de imprevisibles consecuencias.
-Mejor no tentar a la suerte… -dijo Pablo con cara de duda. Hagamos lo que nos pide Verónica y dejemos descansar en paz a los espíritus. Es mejor tenerlos de nuestro lado que en contra. Verónica podrá reunirse con su familia y nosotros con las nuestras y todos felices y contentos.
Durante un buen rato nadie dijo nada. Todos se miraban y bajando la cabeza daban su consentimiento a las palabras de Pablo.
Minuciosamente y en silencio prepararon el plan a seguir. Como si de una excursión más se tratara, prepararon lo necesario para realizarla. Sólo tendrían que preguntar a Roque el lugar donde estaba la sima, pero sin darle mayores explicaciones.
Era una excursión que les gustaría hacer, y el Ermitaño les había comentado la existencia de una sima cercana que, lo que en su interior había era de gran valor para los espeleólogos, y no deberían irse del lugar sin visitarla. Así lo acordaron y así debían hacerlo.
Comentaron con Roque lo que el ermitaño les había dicho: la existencia de la sima.
Roque les trazó un pequeño croquis para poder llegar sin necesidad de tener que hacer escalada alguna. Era un sendero que, saliendo del pueblo y pasando por el viejo molino de agua, los llevaría hasta la misma entrada de la sima. Esta estaba bien señalizada con un viejo cartel de chapa metálica que lo indicaba. También les dijo que era una sima misteriosa donde nadie se había atrevido a entrar nunca.
-Siento no poder acompañaros, -comentó Roque. Con todos estos días de frío y lluvia que hemos tenido, el rebaño está muy alterado en el corral y me es imposible perder otro día más, que si no…
-Tranquilo, -dijo Pepe. Tú a lo tuyo que nosotros sabemos cuidarnos. Con el croquis que nos has hecho no nos será difícil hacer el camino y llegar hasta la sima.
-No te preocupes, iremos con cuidado, -dijo Anselmo. Tenemos a Juan que es un buen espeleólogo y sabrá llevarnos sin problema alguno.
-Y, ¿cuándo iréis?, -preguntó Roque.
-Saldremos mañana mismo, -dijo Juan. Queremos que sea lo antes posible. Tenemos que proseguir nuestro camino de regreso a casa y no queremos dejar pasar esta oportunidad ahora que estamos aquí.
-Me hubiera gustado ver la sima por dentro, -comentó Roque. Debe ser hermosa.
-Por eso no te preocupes, -dijo Anselmo. Yo bajaré para hacer fotos y cuando regreses las podrás ver en mi cámara, de eso no te quepa la menor duda.
-Si es así, vale. Está bien, conforme, -dijo Roque. Pero me vais a permitir que os acompañe el principio del camino, por lo menos hasta el molino de agua. Y ya desde ahí, es cosa vuestra.
Después de almorzar, Roque llevó a los amigos hasta el viejo molino de agua y les indicó el sendero por el que debían bajar. Ciertamente no era peligroso, pero sí un poco de respeto daba al pasar por allí y saber todo lo ocurrido en ese lugar unos años antes. Pensar en que Verónica podría estar allí, en ese momento, nos daba escalofríos…
Aquella tarde la pasamos preparando todo el material: cuerdas, mosquetones, linternas, escala de aluminio de treinta metros, cantimploras, toallas, pasamontañas, guantes… todo lo necesario… y ¡cómo no!, un saco donde pondríamos los huesos o los restos del cuerpo de Verónica.
Cenamos más pronto de lo habitual y con las chimeneas a punto nos dispusimos a conciliar el sueño.
Aquella noche no montamos guardia alguna, todos contábamos con el buen espíritu de Verónica que seguro estaba entre nosotros y nos protegía.
Anselmo y Paco no dejaban de mirar a su alrededor: eso de saber que el espíritu de Verónica podía estar allí, les incomodaba un poco.
Pasando ya estos pensamientos y con el calor del fuego se quedaron todos dormidos.
Los fuertes y profundos ronquidos de Yerai eran presagio de que Verónica estaba entre nosotros y no había que tener miedo a nada ni a nadie.
Bien entrada la noche ya todos dormían profundamente. Sólo estaba despierto y velando el espíritu de Verónica que contemplaba a todos desde lo alto del salón: estaba frente a la chimenea pendiente de nuestros sueños y de que el fuego no se apagara.
En el exterior, la noche era muy fría y nevaba.
A las seis treinta sonó la alarma de Pablo que, como de costumbre, nos daba los buenos días con aquella melodía de saxofón que tanto resentía nuestros oídos a tan temprana hora.
Nos fuimos despertando y mirándonos sin decir nada…
Todos teníamos la misma cara. Todos habíamos estado en el mismo sueño. Todos sentíamos lo mismo… Todos sabíamos lo que habíamos visto y vivido en el sueño. Lo sucedido en nuestro común sueño era la pura verdad y nadie nos la podría arrebatar jamás.
Nadie de los allí presentes había preparado lo necesario para el desayuno del día siguiente y, misteriosamente teníamos todo dispuesto para desayunar: el café recién hecho, las tostadas preparadas, la mesa dispuesta, todo estaba como de costumbre. Nadie decía nada… Todos sabíamos quién…
– ¿Quién ha preparado el desayuno, el café, las tostadas?, -preguntó Iñaki echándose las manos a la cabeza al contemplar aquella mesa minuciosamente dispuesta.
– ¿Quién crees tú que ha podido ser?, -dijo Yerai, alzando su mirada al cielo.
– ¡Verónica!, -exclamó Pablo. ¿Quién si no…?
Nos miramos con cara de curiosidad y asombro, y sin decir nada, sonreímos todos a la vez mirando al cielo… Hubo quien alzaba su dedo pulgar en señal de agradecimiento.
Desayunamos como de costumbre. Dejamos todo arreglado y con una cierta tensión y emoción en el cuerpo, salimos todos juntos camino de la que sería una aventura única e inolvidable: jamás hemos vuelto a vivir algo igual.
En completo silencio y recordando cada uno lo que tenía que hacer, marchamos por aquella calle del pueblo camino del viejo molino de agua, que era por así decirlo, el inicio de la gran y misteriosa aventura que todos deseábamos ya comenzar.
Al pasar por delante de la casa de los Guzmán, sin saber por qué, todos miramos a la ventana de la cocina y seguro que más de uno pensó que, en breve, volveríamos para entrar por última vez a ella y hacer realidad el deseo de Verónica.
“La Trini” nos vio pasar por la calle, y desde la ventana de su casa nos saludó con la mano. Sabía dónde íbamos, pero no sabía qué era lo que íbamos a hacer, lo que íbamos a encontrar…
CONTINUARÁ
Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE
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