La visita de León XIV a Gran Canaria dejó imágenes para el recuerdo, momentos solemnes y también alguna escena que, vista con perspectiva, parece sacada de una comedia política de producción local.
Uno de los protagonistas involuntarios de la jornada fue Rafael Miguel de Juan Miñón, concejal de VOX en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, que asistió al acto desde el lugar que le correspondía como miembro de la oposición: una discreta esquina del dispositivo protocolario, lejos de las primeras filas y todavía más lejos del protagonista de la jornada.
Mientras la alcaldesa realizaba la entrega oficial de la llave de la ciudad al Santo Padre, Rafael observaba atentamente la escena. Y fue entonces cuando pareció aparecer la oportunidad de oro.
Según comentaban algunos asistentes, el concejal llevaba consigo una bolsa de un conocido centro comercial cuyo contenido despertaba más incógnitas que una moción de censura anunciada por sorpresa. Todo apuntaba a que el objetivo era hacer llegar algún detalle al Pontífice y, de paso, lograr la ansiada fotografía para inmortalizar el momento.
El problema era que entre Rafael y el Papa existía un pequeño obstáculo.
Bueno, varios.
Las vallas.
La seguridad.
Los ayudantes del Vaticano.
El protocolo.
Y aproximadamente medio universo institucional.
Cuando concluyó el acto de entrega de la llave de la ciudad, pareció abrirse una pequeña ventana de esperanza. Rafael inició una maniobra que algunos describen como una mezcla entre peregrinación, carrera de fondo y acto de fe.
Durante unos segundos parecía posible.
El Papa estaba allí.
La bolsa también.
La foto parecía al alcance.
Pero entonces apareció el auténtico guardián del evento: el protocolo.
Y el protocolo, como saben todos los que frecuentan los actos oficiales, es una especie de fuerza sobrenatural que detecta cualquier movimiento espontáneo a varios kilómetros de distancia.
La aproximación terminó donde suelen terminar estas cosas: antes de empezar.
León XIV continuó saludando a las autoridades previstas.
La alcaldesa completó su cometido institucional.
Los fotógrafos oficiales siguieron trabajando.
Y Rafael descubrió que, a veces, la distancia más larga del mundo no es la que separa Canarias de Roma, sino la que existe entre una esquina del protocolo y una foto con el Papa.
Y es que algunos observadores presentes interpretaban que aquella fotografía tenía un valor que iba mucho más allá del simple recuerdo institucional. La imagen junto a Su Santidad habría servido, según comentaban en los corrillos del acto, para transmitir a la ciudadanía un mensaje muy concreto: que las discrepancias que puedan existir entre VOX y algunas de las posiciones expresadas por León XIV en determinados asuntos no significan necesariamente una enemistad con la figura del Pontífice.
Dicho de otra manera, una fotografía con el Papa habría sido una magnífica oportunidad para demostrar que una cosa es discrepar en determinadas cuestiones políticas o sociales y otra muy distinta no respetar al Santo Padre. La teoría era buena. El planteamiento también. El único inconveniente era que faltaba un pequeño detalle: la fotografía.
Y sin fotografía, el mensaje quedó guardado en la misma bolsa donde viajaba el misterioso regalo.
Al finalizar la jornada, la bolsa regresó a casa sana y salva, posiblemente más fotografiada por los curiosos que por los medios oficiales.
La instantánea soñada no llegó.
El regalo no encontró destinatario.
Y el concejal regresó con una valiosa lección aprendida: cuando se trata de actos papales, los milagros existen, pero conseguir una foto improvisada no suele estar entre ellos.
Porque una cosa es tener fe.
Y otra muy distinta intentar ganarle una carrera al protocolo.
Al menos queda el consuelo de que Rafael podrá contar durante años que estuvo cerca del Papa. No tan cerca como para salir en la foto, ni tan cerca como para entregarle el regalo, pero sí lo suficientemente cerca como para comprobar en primera persona que el protocolo vaticano tiene menos fisuras que la muralla de una fortaleza medieval.
Y quién sabe. Quizá en la próxima visita papal aparezca con una bolsa más grande, más tiempo de maniobra y algún santo de confianza echándole una mano. Porque la fe mueve montañas, pero aquella tarde no logró mover ni un metro el cordón de seguridad.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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