Una terrible desgracia.
Como cada tarde, a la llegada de Roque con el rebaño al corral, acudíamos a su encuentro y le ayudábamos en lo que podíamos… “La Trini” nos tenía preparado ese rico pan recién hecho, un buen queso, una ensalada de finas hierbas de su huerta y unos huevos fritos para la cena que, en la casona, todos compartíamos.
– ¿Qué tal esa excursión a la sima?, -preguntó “La Trini” con cara de intriga. ¿Habéis visto cosas bonitas dentro?
-La excursión ha sido todo un éxito, -dijo Pepe.
– ¡Éxito! –exclamó Iñaki con cara de pocos amigos.
– ¿Ha pasado algo que no nos hayáis dicho?, -preguntó Roque con cara de intriga y miedo a la vez.
– ¿Algo?… ¿Que si ha pasado algo?, -replicó Paco, haciéndose el interesante.
-Preguntadle a Anselmo si ha pasado algo… él mejor que nadie para responder, -dijo Iñaki.
Roque y “La Trini” quedaron con cara de asombro mirando a Anselmo que, intuyendo lo que querían decir sus compañeros referente a las fotos de la excursión, dijo con voz roncosa y mirada puesta al suelo: -Que soy un desastre. No sé qué me ha pasado hoy, lo tenía todo preparado y dispuesto, y cuando he llegado a la sima me he dado cuenta de que me había dejado en la casona el flash para poder grabar con luz en el interior.
– ¡Pedazo de alcornoque!, -dijo Pepe. Mira que te lo dije anoche: que revisaras bien todo el material y mira por dónde vas y te dejas el flash.
– ¡E a, no pasa nada!, -exclamó Roque. Un fallo lo tiene cualquiera. Más se perdió en la guerra de Cuba y mira… aquí estamos todos.
-Sí, pero lo que se ha visto en el interior, a la luz de las linternas, ni te lo imaginas, -dijo Pepe, poniendo cara de enfado y de pocos amigos.
-No pasa nada, otra vez será, -dijo “La Trini”. Seguro que en otra ocasión que vengáis no se le olvida….
-Difícil vemos que eso pueda ser, -dijo Yerai, mirando de reojo el lugar donde quedaba la sima.
– ¿Y eso por qué?, -preguntó Roque. ¿No pensáis volver por aquí?…
-Ha sucedido una terrible desgracia en el medio ambiente, -comentó Pablo.
-Desgracia… ¿qué desgracia ha pasado? –preguntó Roque.
-Bueno, desgracia, lo que se dice una desgracia, no ha sido… -dijo Anselmo.
-Desgracia sí, -replicó Pepe.
-Bueno, haya paz, -dijo “La Trini”, intentando que todos se calmasen.
– ¡Explíquense ya coño! –exclamó Roque, dando un puñetazo en la mesa.
-Pues verán… -dijo Pablo, poniendo cara de no haber roto un plato en su vida. Dentro de la sima, ha habido un pequeño temblor, nada de importancia. Pero a la salida, cuando ya estábamos regresando por el camino al pueblo, un fuerte temblor ha sacudido el terreno. Se han desprendido rocas y tierra y la entrada a la sima ha quedado sepultada para siempre.
– ¡Mejor!, -exclamó “La Trini”, así no tendremos problemas con la gente que viene buscando la sima y no sé qué otra historia, de que en ella hay enterrada una mujer. Muerto el perro, se acabó la rabia.
– ¡Mujer…! –dijo Roque. Así ya no vendrá nadie al pueblo. Si este pueblo ya era solitario, ahora, con la sima tapada y sin poderse visitar, menos gente vendrá.
– ¡Mejor, mejor!, -exclamó “La Trini”. Menos curiosos y menos problemas, que todos quieren sacar tajada del pastel y luego nadie nos da nada por enseñarles el lugar. Escarmentada estoy de ser la buena del pueblo y luego… si te he visto ni me acuerdo. Mejor ansina.
– ¿Qué les ha pasado?, -preguntó Pepe. De eso no nos han comentado nada.
-Que te lo cuente Roque. Yo ya paso de contar, -dijo “La Trini” con aires de enfado.
-Pos na, ¡qué va a pasar!, lo de siempre… -exclamó Roque, como quien no quiere contar más cosas…
-Cuente, cuente, -dijo Iñaki. Estas historias nos gustan a todos saberlas y conocerlas.
-Sí, sí, cuente, -dijeron todos prestando atención a lo que Roque pudiera contar.
-Pues… ¡na!, lo de siempre, lo que ya sabéis y se os ha dicho, -replicó Roque.
– ¿Y qué es lo que sabemos y nos ha dicho?, -preguntó Juan, como quien sabe, pero no quiere darse por enterado.
-Pues lo sucedido en el pueblo con la leyenda de la familia de los Guzmán, -dijo Roque, encogiéndose de hombros. Lo que ya sabéis porque lo hemos hablado y vivido.
-Pero eso lo sabe poca gente, -dijo Pablo, según Usted, sólo lo recuerdan unas pocas personas.
– ¡Ya, si lo sé!, -exclamó Roque. Pero esas pocas personas lo han ido contando y la gente se acercaba al pueblo y con la curiosidad de ver y saber, “La Trini” vendía sus quesos y yo, algún que otro cabritillo o corderillo… Ahora, sin la leyenda de la sima, nos quedaremos sin vender nada ni sacar un real para sobrevivir.
-Ya verá como todo tiene arreglo, -dijo Pablo. Nos encargaremos de publicar lo que pasó en el pueblo y seguro que vendrán con más ganas de saber. La leyenda cobrará aún más intriga…
-Esperemos que así sea, -dijo Roque.
-Mañana no vamos a estar en el pueblo, -dijo “La Trini”. Yo tengo que ir al hospital, que una de mis hijas ha parido una hembrita y quieren que la conozca y seguro que me quedo unos días en casa de mi hija.
-Yo, como siempre, con el rebaño de pastoreo, -dijo Roque.
-No se preocupen, -dijo Pepe, nos hacemos cargo de sus obligaciones. Ustedes a lo suyo, y no padezcan por nosotros que sabemos arreglarnos solos.
-Cuidaremos del pueblo en su ausencia, -dijo Yerai. Vayan tranquilos que les esperamos.
-Yo vendré por la tarde, -dijo Roque. Sultán y Tara se quedan en el pueblo. Los dejaré sueltos para que vigilen las casas. Son buenos y mansos con quien conocen. A vosotros no os harán nada, ya os conocen y saben que sois de fiar.
-Por nosotros no lo haga, -dijo Iñaki.
-Me quedo más tranquilo dejándolos sueltos, -comentó Roque.
Dándose las buenas tardes y despidiéndose de “La Trini” que marcharía a primera hora de la mañana cuando vinieran a buscarla, los siete amigos se marcharon a la casona con la intención de planificar qué hacer al día siguiente y sobre todo, lo esencial, cómo despistar a los perros para que no olfatearan en la casa de los Guzmán y descubrieran la nueva sepultura de los restos de Verónica.
Durante la cena pensaron una posible solución: que dos de ellos entretuvieran a los perros lejos de la casa, y así, Yerai, Pepe y Pablo podrían enterrar los restos de Verónica sin que los perros se percataran.
-Yo os dejaré una pócima para que los perros no puedan olfatear nada, -dijo Pablo. Se la dais a oler a los perros y se desorientarán… pero eso sí, lo tenéis que hacer cuando estéis lejos del pueblo.
-Y si los anestesiamos… ¿no sería mejor solución?, -dijo Iñaki. Imagino que todos querréis estar presentes cuando enterremos a Verónica, ¡digo yo!
-Sería lo que procedería, -dijo Yerai. Todos estamos en esto y por unos perros, tener que dejar a unos fuera como que no lo veo muy lógico.
– ¡Así sea! –dijo Pablo. Los dejaremos un buen rato dormidos y no nos molestarán
CONTINUARÁ
Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE
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