Hay guerras familiares en las que los adultos creen estar defendiendo sus derechos mientras destruyen, poco a poco, la tranquilidad emocional de sus hijos.
Por Vidal Bolaños
Digámoslo sin rodeos: hay padres que hacen daño y hay madres que hacen daño.
No todos los hombres separados son irresponsables, ausentes o desentendidos. Tampoco todas las mujeres que tienen atribuida la custodia actúan siempre en beneficio de sus hijos. Existen padres admirables y madres extraordinarias, del mismo modo que existen progenitores de ambos sexos capaces de mentir, manipular, incumplir acuerdos, dificultar relaciones familiares o utilizar al menor para continuar una guerra que la pareja adulta nunca supo terminar.
Esta afirmación no debería resultar escandalosa.
Lo verdaderamente escandaloso es que todavía juzguemos la calidad de un progenitor por su sexo antes que por su comportamiento.
Ser madre no convierte automáticamente a una persona en dueña de todas las decisiones relacionadas con el hijo. Ser padre no significa limitarse a pagar una cantidad mensual y aparecer unos días señalados en el calendario. Tener la custodia no concede el derecho a borrar al otro. No tenerla tampoco libera de las responsabilidades cotidianas.
Los derechos y los deberes pertenecen a ambos.
Sin embargo, en demasiados conflictos familiares se ha instalado una lógica perversa: cada gesto se interpreta como una victoria o una derrota. Si el niño pasa una hora más con uno, el otro cree que ha perdido. Si disfruta durante el fin de semana paterno, alguien puede sentirlo como una deslealtad. Si abraza a su madre durante una actividad cuando está acompañado por el padre, parece que ha cambiado de bando.
¿En qué momento convertimos el cariño de un hijo en un marcador?
Un niño no es un territorio que deba conquistarse. No es una propiedad compartida al cincuenta por ciento. No es una factura, un calendario ni una herramienta con la que provocar dolor a la expareja.
Es una persona.
Tiene emociones, recuerdos, miedos y vínculos propios. No debería necesitar autorización emocional para querer a su padre, a su madre o a las familias de ambos. No tendría que mirar la cara del adulto que lo acompaña antes de decidir si puede saludar al otro. No debería bajar la voz para contar que se divirtió en la otra casa.
A veces la violencia más profunda no deja marcas visibles.
Está en el mensaje que llega treinta minutos antes de una actividad que afecta al tiempo del otro progenitor. En el cambio de horario comunicado cuando ya no existe posibilidad real de organizarse. En la decisión importante tomada sin consultar. En la frase pronunciada delante del menor para desacreditar a quien no está presente. En la llamada que se impide. En el abrazo que se corta. En el «ahora no te toca estar con tu padre» o «cuando estás conmigo no tienes que hablar con tu madre».
Todo puede parecer pequeño cuando se analiza de manera aislada.
El problema aparece cuando esas pequeñas acciones forman un patrón.
Un aviso tardío puede ser un descuido. Diez avisos tardíos que frustran sistemáticamente el tiempo de convivencia empiezan a revelar otra realidad. Una discusión puntual es humana. Convertir al niño de forma habitual en mensajero de reclamaciones económicas es irresponsable. Un desacuerdo sobre una actividad deportiva es comprensible. Decidirla unilateralmente y utilizarla después para alterar el contacto con el otro progenitor es muy diferente.
Las investigaciones que sustentan los programas públicos de reducción del conflicto parental advierten de que los enfrentamientos frecuentes, intensos y mal resueltos pueden afectar negativamente a la salud mental infantil y a las oportunidades futuras de los menores. No se trata de evitar cualquier discrepancia, algo imposible en la vida familiar, sino de impedir que el conflicto se vuelva permanente, destructivo y centrado en el niño. Así lo expone el programa institucional británico Reducing Parental Conflict.
Los hijos no necesitan que sus padres estén siempre de acuerdo.
Necesitan comprobar que los adultos saben discrepar sin destruirse.
Hay una diferencia enorme entre defender un derecho y utilizarlo como arma. Un progenitor puede exigir que se cumpla una sentencia sin insultar. Puede reclamar información sin descalificar. Puede negarse a asumir un gasto no consensuado sin convertir al menor en transmisor del conflicto. Puede pedir respeto hacia su tiempo de convivencia sin despreciar la importancia del otro progenitor.
También debe cumplir sus obligaciones.
Quien reclama puntualidad tiene que ser puntual. Quien exige información debe informar. Quien pide respeto no puede hablar mal del otro delante del niño. Quien reclama participar en decisiones escolares, sanitarias o deportivas debe implicarse realmente en ellas. Los derechos parentales no son privilegios aislados: caminan junto a los deberes.
No se es buen padre únicamente por pagar. Tampoco buena madre únicamente por cuidar diariamente. La paternidad y la maternidad responsables incluyen presencia, escucha, protección, límites, comunicación, estabilidad y capacidad para separar el resentimiento de pareja del vínculo del menor con el otro progenitor.
Hay personas que se presentan como víctimas absolutas mientras causan un daño que no quieren reconocer. Progenitores convencidos de que todo lo hacen «por el niño» cuando sus actos buscan controlar, excluir o castigar. A veces incluso obtienen el apoyo automático de su entorno: familiares y amistades que alimentan el conflicto, celebran cada enfrentamiento y olvidan que hay un menor en medio.
No todo el que afirma proteger está protegiendo.
No todo el que protesta está incumpliendo.
No todo progenitor custodio actúa correctamente.
No todo progenitor no custodio es una víctima.
Cada conducta debe examinarse por sus hechos, no por el relato más cómodo ni por el prejuicio más extendido.
También las instituciones deben abandonar automatismos. Los centros educativos, clubes deportivos, profesionales y servicios públicos necesitan escuchar sin partir de la idea de que uno de los progenitores siempre tiene razón por su condición. Proteger al menor exige verificar la información, conocer las resoluciones vigentes y evitar que las estructuras escolares, sanitarias o deportivas sean utilizadas para excluir a una de las partes.
Un club de fútbol no debería convertirse en la frontera de una guerra familiar. Una reunión escolar no puede ser un espacio de veto. Una consulta médica no debería ocultarse. Una celebración pública no tendría que obligar al niño a fingir que no ha visto a su padre o a su madre.
La infancia necesita adultos capaces de bajar las armas.
Eso no significa soportar maltrato, violencia o situaciones de riesgo. Cuando existe peligro para el menor o para alguno de los progenitores, deben intervenir los profesionales y las autoridades competentes. Proteger no consiste en imponer una falsa cordialidad donde existe violencia.
Pero tampoco se puede invocar la protección como excusa genérica para cortar relaciones, controlar afectos o incumplir medidas sin una causa acreditada.
El problema es que muchos daños emocionales tardan en ser visibles. El niño aprende a callar antes de que alguien descubra su angustia. Aprende a responder lo que cada adulto espera. Se convierte en experto en cambiar de versión según la casa. Sonríe para no preocupar. Dice que todo está bien porque comprende que la verdad puede provocar otra pelea.
Y un día alguien pregunta por qué está distante, por qué ha bajado su rendimiento, por qué se enfada, por qué no quiere ir, por qué siente ansiedad o por qué necesita aprobación constante.
Entonces todos miran al menor.
Quizá habría que mirar primero a los adultos.
Ser un buen progenitor no consiste en conseguir que el hijo rechace al otro. Eso no es una victoria; es una herida. Tampoco consiste en ganar todos los procedimientos o acumular mensajes para demostrar que la otra persona es peor. Ser un buen padre o una buena madre significa hacer posible que el hijo crezca sin cargar con una guerra ajena.
Al final, muchas separaciones producen dos versiones incompatibles de la misma historia. Cada adulto conserva sus razones, sus reproches y sus recuerdos. Pero el niño no debería estar obligado a decidir cuál es la verdadera para poder quererlos.
No hay ganador cuando un menor pierde la tranquilidad.
No hay justicia cuando la sentencia se cumple sobre el papel, pero se destruye emocionalmente su finalidad.
No hay protección cuando se prohíbe querer.
Los progenitores pueden continuar discutiendo durante años sobre quién tuvo la culpa de la ruptura. Mientras tanto, el hijo seguirá creciendo. Y el tiempo de su infancia no puede devolverse mediante una resolución judicial.
Quien utiliza a un hijo para castigar al otro quizá consiga hacer daño a su expareja.
Pero nunca podrá asegurar que la herida se detenga allí.
Vidal Bolaños, escritor y comunicador
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