El centro Primero de Mayo, situado junto al Centro Comercial La Ballena, en Las Palmas de Gran Canaria, vuelve a ser ejemplo de una realidad incómoda: cuando un problema afecta al alumnado, pero no genera titulares institucionales cómodos, la solución se eterniza.
Las cosas siguen igual. El patio continúa sin estar en condiciones adecuadas y los jóvenes siguen viendo limitada su actividad diaria. No hablamos de un capricho ni de una mejora estética. Hablamos de un espacio esencial para la convivencia, la educación física, el descanso, la socialización y el normal desarrollo de la vida escolar.
Mientras tanto, el consejero de Educación del Gobierno de Canarias, Poli Suárez, permanece en silencio. Un silencio difícil de justificar cuando la situación afecta directamente a estudiantes que tienen derecho a unas instalaciones dignas, seguras y plenamente utilizables.
Las familias no necesitan más buenas palabras. El profesorado no necesita más paciencia. Y los jóvenes no necesitan más excusas. Necesitan hechos.
Porque cada día que pasa sin una solución es un día en el que el alumnado pierde oportunidades. Pierde actividades. Pierde normalidad. Pierde derechos.
Resulta especialmente grave que un problema conocido continúe enquistado sin que se traslade una fecha clara, una actuación concreta o una explicación pública convincente. La comunidad educativa merece saber qué ocurre, qué administración debe actuar, qué trámites faltan y cuándo se va a resolver.
La educación pública no se defiende solo con discursos, campañas o fotografías en centros educativos. Se defiende actuando cuando hay un problema real. Se defiende escuchando a las familias. Se defiende garantizando que ningún centro quede abandonado a su suerte.
Y en el Primero de Mayo la sensación es precisamente esa: abandono.
Abandono institucional.
Abandono administrativo.
Abandono político.
Mientras en los despachos se habla de excelencia educativa, innovación y futuro, en este centro los jóvenes siguen mirando a un patio que debería estar lleno de actividad y que, sin embargo, se ha convertido en símbolo de dejadez.
La pregunta es clara:
¿Hasta cuándo va a seguir callado Poli Suárez?
¿Hasta cuándo tendrá que esperar el alumnado del Primero de Mayo para poder realizar sus actividades con normalidad?
¿Hasta cuándo van a seguir pagando los jóvenes la lentitud, la indiferencia o la falta de coordinación de quienes tienen la obligación de resolver?
El Primero de Mayo no pide privilegios. Pide dignidad.
Y eso, en educación, debería ser lo mínimo.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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