Cuando el avión papal no pudo despegar, más de uno se acordó del supuesto gafe. No hizo falta decir nombres. Bastaba con mirar alrededor y comprobar si cerca había algún ex presidente canario con cara de “yo pasaba por aquí”.
León XIV acabó haciendo lo que predican los Evangelios: caminar entre la gente, sin privilegios especiales y sin grandes ceremonias.
La visita de Su Santidad León XIV a Canarias había transcurrido según el guion previsto. Sonrisas, bendiciones, discursos solemnes, autoridades perfectamente colocadas según el protocolo y una cobertura mediática tan dulce que amenazaba con provocar una epidemia de diabetes institucional.
Todo parecía perfecto. Demasiado perfecto.
Y ya se sabe que cuando algo parece perfecto en Canarias, siempre aparece una turbina para recordarnos que vivimos en el archipiélago de la improvisación permanente.
Porque el gran final de la histórica visita papal no llegó en forma de bendición celestial ni de paloma blanca cruzando el cielo atlántico. Llegó en forma de avería mecánica.
El avión de Iberia que debía devolver al Santo Padre a la Península decidió protagonizar su propio acto litúrgico y quedarse en silencio, como si estuviera haciendo una profunda reflexión espiritual sobre el sentido de la vida, del combustible y del mantenimiento aeronáutico.
La escena fue memorable.
León XIV tuvo que bajarse del avión y regresar caminando a la terminal sin alfombra roja, sin himnos y sin banda de música. Un paseo humilde que, visto desde fuera, parecía más propio de San Francisco de Asís que del jefe de la Iglesia Católica.
Mientras tanto, dentro del aparato permanecían el resto de pasajeros observando cómo técnicos, operarios y responsables varios intentaban averiguar si aquello tenía solución terrenal o si era necesario recurrir directamente a la intervención divina.
Y me cuentan que, en medio del desconcierto, muchos miraban de reojo hacia un ministro que fue presidente de la comunidad autónoma canaria y que, según las malas lenguas —que en Canarias no vuelan, planean—, se ha ganado ya con esfuerzo el título popular de gafe oficial del archipiélago.
Porque hay biografías políticas que parecen escritas por un guionista con mala leche.
Nada más ser nombrado presidente del Gobierno de Canarias, llegó aquel incendio que hizo historia y dejó al archipiélago con el alma encogida. Poco después, apareció la epidemia del coronavirus, que comenzó en España precisamente en Canarias, en la isla de La Gomera. Y así, una detrás de otra, hasta que el hombre aterrizó en el Gobierno nacional y, visto el panorama, hay quien ya no sabe si mirar al BOE o al parte meteorológico de emergencias.
Por eso, cuando el avión papal no pudo despegar, más de uno se acordó del supuesto gafe. No hizo falta decir nombres. Bastaba con mirar alrededor y comprobar si cerca había algún ex presidente canario con cara de “yo pasaba por aquí”.
Según las imágenes difundidas, otros aviones seguían despegando con absoluta normalidad.
Y entonces la pregunta cayó por su propio peso:
—¿Y si el único avión que no podía volar era precisamente el del Papa?
A estas alturas, algunos fieles ya estaban repasando el catecismo para comprobar si existe algún patrón celestial de las turbinas averiadas.
Desde Gran Canaria, algunos observadores seguramente ya estaban preparando su propia explicación científica del incidente.
—Eso pasa por no irse desde Gran Canaria.
La frase comenzó a circular a la velocidad de la fibra óptica, acompañada de teorías aeronáuticas tan rigurosas como la astrología de sobremesa.
Porque en el eterno derbi insular siempre existe una explicación alternativa para todo.
Si llueve demasiado, es culpa de la isla de enfrente.
Si no llueve, también.
Si gana un equipo, es suerte.
Y si el avión del Papa no despega, evidentemente es porque no salió desde Gran Canaria.
Mientras tanto, desde la isla vecina la respuesta tampoco se hizo esperar:
—Claro, hombre. Si llega a salir de Gran Canaria le ponen cuatro motores, dos ángeles custodios, una estampita de la Virgen del Pino y una escolta de querubines hasta Madrid.
La rivalidad insular, una vez más, demostraba que es capaz de sobrevivir incluso a una avería aeronáutica papal.
La realidad es que el episodio ha provocado una imagen que ningún responsable de protocolo habría querido ver jamás.
Después de días de cobertura impecable, recepciones solemnes, saludos institucionales y fotografías perfectamente calculadas, la fotografía que ha dado la vuelta al mundo es la del Papa bajándose de un avión averiado.
Es como organizar una boda de cuento durante meses y que el protagonista llegue al banquete en una guagua porque el coche nupcial no arranca.
Los asesores de imagen seguramente siguen buscando agua bendita para rebajar el susto.
Y, sin embargo, hay que reconocer que la escena tiene algo profundamente evangélico.
Mientras políticos, cargos públicos y asesores se esfuerzan por rodear cada acto de solemnidad, León XIV acabó haciendo lo que predican los Evangelios: caminar entre la gente, sin privilegios especiales y sin grandes ceremonias.
Quizás el verdadero milagro de la visita no estaba previsto en la agenda oficial.
Quizás consistía en demostrar que, al final, incluso el Papa puede quedarse tirado por una avería de Iberia.
Porque ante una turbina rebelde somos todos iguales.
Creyentes, ateos, ministros, presidentes, alcaldes, periodistas, pasajeros resignados y hasta cardenales.
Y si no, que se lo pregunten a quienes seguían sentados dentro del avión esperando un milagro mecánico mientras el Santo Padre ya había regresado tranquilamente a la terminal.
Amén… y que arranque.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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