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RELATO CORTO (15ª Y ÚLTIMA PARTE): «NUEVE VIDAS. UN MISTERIO» POR JAVIER MARTÍ

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«Una noche inolvidable»

Aquella noche fue especial… distinta a las demás. Fue una noche inolvidable porque fuimos testigos de algo inusual que nos llenó de paz, de tranquilidad y cariño mutuo entre los allí presentes… y… quienes nos visitaron…

Como cada noche, dispusimos nuestro dormitorio, frente a uno de los dos hallares.

Nuestros sacos de dormir estaban colocados en batería, los siete, unos juntos a los otros.

Los pies estaban cerca del hallar… como cada noche.

Las fundas de los sacos repletas de paja nos servían de almohadas para mejor apoyar las cabezas…

Apagando las velas y con el resplandor de la luz del fuego en el hallar, era más que suficiente para vernos y hacer, como se le ocurría a Pepe sombras de animales con sus manos: un conejo, una gaviota, un gato, un elefante…

Teníamos frente a nosotros, sobre el arco del hallar, un gran espejo donde podíamos vernos reflejados.

En un momento dado, el espejo se cubrió de una fina capa de vaho. Ese fenómeno era extraño… difícil de mantenerse por el calor que desprendía el hallar… pero siguió así durante un buen rato…

Todos quedamos sin saber qué decir ni qué hacer… Nadie se movía de su sitio. Era tal el frío repentino que había en el salón, que ni el calor del fuego desempañaba el espejo. Todos nos mirábamos sin decir nada… Todo eran expresiones de encoger hombros y hacer muecas de asombro…

Unas letras comenzaron a aparecer y poder leerse con claridad en el espejo.

Eran frases de agradecimiento, de cariño, de amor y de buenos sentimientos:

“Gracias por habernos hecho muy felices…” decía una de ellas…

“Sin vosotros no hubiéramos podido estar todos juntos, Gracias”

“Sois estupendos y unas buenas personas. Nunca os olvidaremos”

Otra decía: “Yerai es encantador y muy guapo” y parecía escrita con letra como de niña.

“Paco, que fuerte y valiente eres” era otra de las frases…

“No os olvidaremos nunca, sois nuestros ángeles custodios en la tierra” …

“Gracias por escucharme y hacer realidad mi deseo”: esa frase estaba dedicada a Yerai…

Sin saber por qué y de dónde, apareció ante nuestros ojos una brillante y plateada aureola donde fueron posándose sobre el pretil de la chimenea todos y cada uno de los miembros de la familia Guzmán, desde el más pequeño al mayor de los hijos: Lucas, Monserrat, Evaristo, Elena, Margarita y Luisito. Junto a ellos, sus Padres: Marga y Luis… y al final de todos apareció Verónica.

Estaban sonrientes, sus caras radiantes de felicidad…  Con sus miradas nos daban las gracias por todo cuanto habíamos hecho por ellos y por su querida tía Verónica.

Nadie dijo nada. Nos mirábamos sin saber qué hacer, qué decir… estábamos paralizados, emocionados y con lágrimas en los ojos por todo lo que estábamos viviendo en primera persona…

Desde lo alto del techo de salón, apareció una potente luz blanca que casi nos cegaba. Era una blanca y reluciente escalera que, al final, tenía una puerta abierta que parecía invitar a subir…

Con el “dong” de la última campanada que sólo sonaba en nuestros corazones, poco a poco fueron despidiéndose y desapareciendo de nuestra vista aquellos buenos espíritus camino de la eternidad…

La familia Guzmán junto con Verónica subía, peldaño tras peldaño, aquella escalera sin dejar de mirarnos al mismo tiempo, hasta que, en un momento inesperado, se extinguió el destello luminoso y desapareció sin dejar rastro.

El salón recobró la luz del hallar, aquella luz de un fuego casi apagado, revivió tan intensamente que no se apagó ya en toda la noche…

Nos quedamos sin poder decir nada: nuestras caras llenas de lágrimas lo decían todo. Habíamos cumplido nuestra promesa y el cielo nos lo había agradecido dándonos la oportunidad de ver feliz a una familia que, durante años, había estado errante sin el debido y merecido descanso espiritual.

Quedamos profundamente dormidos. Nadie tuvo pesadillas. Todos dormimos plácidamente y nuestros cuerpos descansaron como nunca lo habían hecho.

El despertar de aquella maravillosa noche llena de profundas emociones fue una inesperada sorpresa para todos…

Nadie podía haber imaginado y sospechado lo que verían nuestros ojos…

El fuego del hallar estaba apagado.

El hallar estaba limpio, sin rastro de cenizas ni de leños quemados.

Los leñeros estaban repletos de troncos… como el primer día.

Un reguero de pétalos de flores, -rosas, -claveles, -margaritas, -tulipanes nos trazaba un caminito que debíamos seguir hasta la cocina.

La cocina estaba preparada para el desayuno de siete personas. Siete tazas. Siete platos. Siete cubiertos y en la mesa, un espléndido manjar que jamás antes habíamos visto, dispuesto para saciar nuestros vacíos estómagos que ya reclamaban algo de comida.

Un hermoso corazón de blancas y perfumadas rosas adornaba el centro de la mesa.  Sobresalían siete rosas rojas sin espinas, una para cada uno de nosotros que, aun hoy en día, siguen conservando su textura y su perfume.

En silencio y sin poder contener las lágrimas, desayunamos aquellos ricos manjares que no volvimos a ver jamás en mesa alguna… ni del mejor restaurante que hayamos estado.

Cuando nos dispusimos a recoger y limpiar la vajilla y cubertería del desayuno, ésta desapareció ante nuestros ojos. La mesa de la cocina recobró su estado inicial… ni rastro de haber ocurrido allí un gran desayuno…

Dando las gracias al cielo, cada uno a su manera, recogimos nuestras mochilas, nuestros útiles de escalada y acampada y dejamos aquella casa que fue nuestro refugio durante unos inolvidables días en aquel misterioso pueblo que jamás olvidaríamos.

Como nos dijo el ermitaño, dejamos la llave de la casona en el mismo sitio donde la encontramos, junto a las otras llaves que no utilizamos, y tapadas con aquella triangular piedra iniciamos nuestro último paseo por las calles del pueblo. El camino a recorrer era el de todos los días.

 Trecientos metros y pasábamos por la esquina de la casona, camino de la calle principal… al girar a la derecha, de frente, y pasito a pasito, hasta las ruinas de la casa de los Guzmán, y de allí a la casa de “La Trini” y, frente a ésta, el corral de Roque donde guardaba sus cabras y ovejas que fielmente vigilaban sus hermosos perros, “Lax, Moisés, Tara y Sultán”.

-Pan comido, -dijo Paco. El camino de todos los días que vamos a recorrer por última vez.

-Sí, por última vez, -dijimos todos, con la mirada puesta en el suelo.

-Es una pena que nos tengamos que ir, -comentó Pepe. Le había cogido cariño a este misterioso pueblo que ya empezaba a formar parte de mi vida.

-Tenemos que volver ya a casa, -dijo Anselmo. Las vacaciones se terminan y hay que volver al trabajo.

Todos pensaban en qué hacer y qué decir cuando llegásemos a nuestro destino… pero nadie se podía imaginar lo que aún nos quedaba por ver…

Al paso por la calle principal, a unos escasos metros vimos a Roque que estaba parado, de pie y con las manos en la cabeza frente a las ruinas de la casa de los Guzmán.

-Buenos días Roque, ya marchamos, -dijo Pablo saludándolo con el pañuelo al aire.

-Buenos días, depende para quien, -gritó Roque al vernos llegar.

– ¿No son buenos días?, -preguntó Yerai con alegre cara.

-Lo serán para vosotros que os vais del pueblo, -dijo Roque con cara desencajada. Para mí es un día más… y un día muy raro…

– ¿Raro? –preguntamos todos, mirándonos unos a otros.

-Y tan raro que lo es, -dijo Roque levantando su cayado y señalando la que fue la casa de los Guzmán.

– ¿Ha pasado algo?, -preguntó Juan, acercándose a Roque para ver qué era lo que este señalaba.

– ¡Mirad vosotros y decidme qué es lo que veis!, -exclamó Roque.

Con una simple mirada que Juan hizo a los demás, corrimos hasta llegar a las ruinas de la casa de los Guzmán y quedamos asombrados y perplejos ante de lo que estábamos contemplando.

– ¿Qué ha pasado aquí?, -exclamó Iñaki, llevándose las manos a la cabeza.

– ¡No es posible!, -dijimos todos al ver que los escombros de la casa de los Guzmán no estaban.

– ¿Quién ha limpiado todo esto?, -preguntó Paco, sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

-Eso quisiera saber yo, -dijo Roque. Anoche estaban ahí, lo sé, lo vi cuando regresaba de pastorear y esta mañana, cuando me he levantado para ir a asearme al riachuelo, algo me ha llamado la atención y he visto, con asombro, que los escombros no estaban, que toda la casa era un huerto lleno de hermosas flores… y ni rastro de ninguna piedra, madera ni puerta quemada… Todo esto es muy raro.

Dicho esto, todos, sin saber por qué, alzaron sus miradas y vieron pasar una extraña, potente y fugaz luz, que dejando una brillante estela en el cielo, desaparecía entre las montañas.

Con un simple ¡Hasta siempre!, se despidieron de Roque.

– ¿Sabéis una cosa que me ronda la cabeza? -dijo Yerai.

-Como no nos la digas tú, difícilmente lo podemos saber, -dijo Anselmo mirando a los demás.

-Me he fijado en cómo ha quedado lo que fue la casa de los Guzmán, -comentó Yerai.

– ¡Venga, suéltalo ya!  No nos dejes con intriga, -dijeron todos a la vez.

-El huerto de flores ha tapado para siempre las tumbas, el diario de Verónica se ha perdido para siempre… -comentó Yerai mirando al cielo.

-Era lo mejor que podía ocurrir, -dijo Pablo. Así nadie podrá nunca saber nada…

-Sí, tienes razón Pablo, -dijo Yerai. Como siempre, tienes toda la razón…

Los siete amigos marcharon dejando atrás aquel misterioso pueblo que, a partir de ese día, lo sería aún más…                                 

                                                                       FIN.

Javier Martí, escritor y colaborador de ONDAGUANCHE

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