El patrimonio histórico de una parroquia no pertenece a una persona concreta, ni siquiera al párroco que la dirige en un momento determinado. Pertenece a la Iglesia, sí, pero también a la memoria colectiva de un pueblo, a los miles de fieles que durante generaciones han donado joyas, imágenes, enseres y objetos litúrgicos movidos por la fe, el cariño y el deseo de perpetuar el recuerdo de sus seres queridos.
Precisamente por eso resulta tan inquietante el silencio que rodea la desaparición de unos pendientes de perlas donados hace más de quince años a la Virgen del Carmen de San Gregorio.
No hablamos de una simple pieza de joyería. Hablamos de una donación realizada en memoria de una madre fallecida, de un gesto cargado de simbolismo y de una muestra de devoción que ahora parece haberse evaporado sin que nadie ofrezca la más mínima explicación.
Lo verdaderamente preocupante no es solo que los pendientes ya no luzcan en la imagen. Lo grave es que quien tiene la responsabilidad de custodiar el patrimonio parroquial no haya considerado oportuno responder a quien legítimamente pregunta por ellos.
Cuando el silencio sustituye a las explicaciones, nace la desconfianza.
Y esa desconfianza podría evitarse con algo tan sencillo como abrir un inventario, consultar un registro y explicar dónde están esas joyas. Si fueron retiradas por motivos de seguridad, que se diga. Si están siendo restauradas, que se informe. Si se encuentran depositadas en otro lugar por razones de conservación, bastaría una aclaración. Lo que resulta difícil de comprender es que pasen los días sin que exista una respuesta oficial.
La Iglesia siempre ha defendido que el patrimonio religioso constituye un legado que debe protegerse y conservarse para las generaciones futuras. Esa protección no consiste únicamente en restaurar retablos o limpiar imágenes. También implica administrar con rigor, documentar cada pieza y responder cuando un bien desaparece de la vista pública.
No puede olvidarse que el párroco es el custodio directo de todos esos bienes. Así lo establece la organización de la propia Iglesia. Además, el Obispado, a través de su Delegación o Secretariado de Patrimonio Histórico, tiene igualmente funciones de supervisión sobre los bienes de especial valor artístico e histórico.
Por eso este asunto trasciende la simple desaparición de unos pendientes.
La cuestión de fondo es si existe un control efectivo del patrimonio parroquial. Si las piezas están correctamente inventariadas. Si cada movimiento queda documentado. Si las donaciones cuentan con el seguimiento que merecen. Y, sobre todo, si quienes realizan esos actos de generosidad pueden tener la tranquilidad de que aquello que entregan será conservado con el mismo respeto con el que fue ofrecido.
Porque si un feligrés dona una joya familiar y, años después, descubre que ha desaparecido sin explicación alguna, el problema deja de ser exclusivamente material. Se convierte en una cuestión de confianza.
La confianza es uno de los pilares sobre los que se sostiene cualquier institución. También la Iglesia. Y esa confianza no se fortalece con silencios, sino con transparencia.
Resulta incomprensible que una simple llamada telefónica o una reunión con el donante no haya servido para aclarar una situación que empieza a generar más preguntas que respuestas. El mutismo nunca ha sido una buena estrategia cuando está en juego el patrimonio común.
Nadie está acusando a nadie. Nadie está dictando sentencias. Lo único que se reclama es una explicación razonable y documentada sobre el destino de unas joyas que, hasta hace poco, formaban parte de la imagen de la Virgen del Carmen y hoy ya no están.
Cuando una institución guarda silencio ante una pregunta legítima, el espacio que deja vacío lo ocupan inevitablemente la sospecha, la incertidumbre y las especulaciones. Y eso perjudica tanto a quienes preguntan como a quienes tienen la obligación de responder.
La solución es extraordinariamente sencilla: transparencia absoluta
Porque custodiar el patrimonio no consiste únicamente en guardar las llaves de un museo o de una sacristía. Custodiar también significa rendir cuentas, informar y proteger la confianza de quienes, durante décadas, han enriquecido con sus donaciones el legado religioso de San Gregorio.
Y esa confianza, una vez perdida, cuesta mucho más recuperar que cualquier joya desaparecida.
Canarias Informativa
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