Hay quien sigue empeñado en vender que el mundo gira alrededor de un micrófono. Como si los tiempos no hubieran cambiado. Como si los oyentes siguieran esperando cada mañana el sermón de siempre, las batallas de siempre y los enemigos de siempre.
Pero la realidad es mucho más sencilla: la radio ha cambiado. Y quien no lo quiera ver terminará hablando solo delante del espejo de su propia nostalgia.
Hoy la audiencia decide qué escuchar, cuándo escucharlo y desde dónde hacerlo. Ya no existen monopolios de la palabra. Las redes sociales, las plataformas digitales y los nuevos formatos han democratizado la información. El micrófono ya no pertenece a unos pocos; pertenece a quien tenga algo interesante que contar.
Por eso resulta curioso comprobar cómo algunos siguen instalados en la política del “si no vienes a mi programa, estás contra mí”. Nada más lejos de la realidad. Los políticos acuden donde les invitan y donde consideran oportuno explicar su gestión. Así de simple. Lo dijo recientemente el propio alcalde de Telde: va a los medios que le llaman. Y punto. No hay más misterio.
Lo que sí resulta llamativo es convertir una ausencia en una tragedia radiofónica. Pretender hacer creer que en la calle no se habla de otra cosa, cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos está preocupada por la limpieza, el tráfico, el empleo, la vivienda o el estado de los barrios.
La radio sigue siendo un medio extraordinario cuando informa, pregunta y escucha. Deja de serlo cuando se convierte en un púlpito desde el que se reparten certificados de buenos y malos o cuando algunos creen que siguen teniendo la exclusiva de la verdad.
Los tiempos han cambiado. La influencia ya no se mide por el volumen de la voz, sino por la credibilidad. Y la credibilidad se gana con información, con pluralidad y con respeto a la inteligencia de los oyentes.
El siglo XXI no entiende de coronas mediáticas ni de reinos imaginarios. Entiende de libertad para elegir, de competencia sana y de periodismo que aporte valor.
Porque la radio de este siglo no necesita vivir de viejas glorias. Necesita abrir las ventanas, dejar entrar aire nuevo y recordar que los protagonistas nunca son los locutores, sino los ciudadanos.
Y esa es, precisamente, la diferencia entre quedarse anclado en el siglo pasado o hacer, de verdad, la radio de este siglo.
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