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«LA OTRA ISLETA» (POR LUZ MARINA DELGADO HERNÁNDEZ, HISTORIADORA)

Todos los barrios y ciudades tienen una larga y entrañable historia, desde las primeras conquistas europeas de los territorios, hasta nuestra propia conquista de estas inigualables islas.

Como ya sabemos, las islas de realengo (aquellas que pertenecían a la Corona de Castilla: Gran Canaria, La Palma y Tenerife-por ese orden-), fueron de los últimos territorios conquistados por los Reyes Católicos. Todas ellas, enclaves para nuestro sentir y admirar a la par que estratégicas, cuando se adjuntaron las de El Hierro, La Gomera, Fuerteventura y Lanzarote (en aquellos momentos no se contempló La Graciosa porque estaba deshabitada).

En esta ocasión me quiero dirigir a la Isla de Gran Canaria, a su capital, Las Palmas de Gran Canaria, y dentro de ella a un lugar en el que se desarrollaron familias enteras, sumamente pobres, con niños criados en las calles, (tan bien plasmado en una hermosa canción de Mercedes Sosa, Canción para un niño en la calle, junto a Calle Trece); algunos de ellos no sabían lo que era una escuela. Aquel enclave que por entonces se llamaría Las Isletas, con sus calles de arena, tierra o picón, con niños a medio vestir y descalzos correteando y disfrutando del juego del palo con la rueda, o a los boliches, mientras que las niñas jugaban con sus muñecas de trapos las que más tenían y de cartón las menos pudientes. Aquel enclave que por dispar, sus casas eran numeradas y otras, solo tenían el nombre sin artículos, como: Lazareto, Faro, Fontanales, Malfú, Osorio, Umiaga… y tantas otras.

El punto geográfico de Las Palmas de Gran Canaria, Las Isletas, ha sido un lugar histórico y normalmente siempre está de moda, ya sea por su diversidad de comercios variopintos, por su fervor  henchido por Nuestra Señora del Carmen  y por su homónima De La Luz; también por esos comienzos históricos vividos desde que aquel Capitán, Juan Rejón, decidiera atracar sus naves conquistadoras en las orillas de sus costas, celebrar la primera misa Católica en sus arenas.  

Las Isletas o La Isleta, como la llamamos hoy, tiene una larga y trepidante trayectoria de eventos ocurridos en ella, por ser el lugar donde, los caballeros castellanos decidieron fundar su fortificación para defender a la Isla de otros brazos armados.

También, conmemoremos que Van Der Does hizo sus pinillos destruyendo la ciudad, convirtiéndose en el pirata más odiado de la Isla de Gran Canaria. Fue en esa refriega importante y masacrante, la que dejó múltiples cadáveres regados por el subsuelo de la Calle Rosarito y tampoco olvidamos el intento de exterminar La Isleta, el también pirata Drake, pero no pudo con las defensas de la capital y quiso probar suerte en Melenara… pero se topó con los hombres valientes grancanarios y huyó.

Vivimos también el dolor de los caídos por las guerras internas y los asesinados a sangre fría por sus ideales, como aquellos primeros cinco fusilados durante el Régimen franquista (Como ya adelantó el investigador, Víctor Martínez Perera, al que agradecemos su trabajo sobre el particular.

La historia de Las Isletas es algo que tenemos muy bien aprendida, puesto que se estudia en los colegios y universidades. Igualmente, se hace eco de la diversidad importantísima para su desarrollo y ser la ciudad que hoy es, plagada de cultura.

El Puerto de La Luz  fue un pequeño reducto que abastecía de trabajadores del puerto, pero, para que su mano de obra pudiera trasladarse y vivir en las inmediaciones de su trabajo, (trabajo que, por otro lado, iba a tardar en concluirse, ya que empezaron sus labores de construcción en 1883 y hoy se sigue ampliando y mejorando sus instalaciones para adaptarlas a las necesidades del tráfico marítimo y comercial actual).

La Isleta acogió a diferentes habitantes llegados desde Telde (Telde se sumó a la búsqueda de una mejor vida para sus proles aportando hasta 150 familias), que, con esfuerzo e ilusión comenzaban sus andares por la Historia de Canarias, España y Europa. Así mismo, se incluyó a esa diáspora: Gáldar, Lanzarote, Fuerteventura y algunos portugueses, y tantos otros de las Islas Canarias que arribaron algo más tarde. Cuando el Puerto de la Luz crece y se desarrolla de tal manera que, en los años 50, por las calles isleteras paseaban multitud de razas y culturas lejanas, como los indús, los árabes, chinos, ingleses, japoneses, rusos, coreanos y un largo etcétera. No en vano, Las Isletas contó con el primer restaurante japonés de España, el Fuji, que se abrió en 1967.

Las Isletas es todo lo que se ha contado, y también lo que no. Dado el nivel de tolerancia de su variopinta ciudadanía, más la lejanía del centro comercial capitalino que se extendía hacia Las Palmas, el barrio  tuvo que autoabastecerse durante buena parte de su existencia. Resultando de todas esas experiencias humanas, la mezcolanza, la tolerancia y la sencillez de sus gentes.

Una vez que el macro proyecto del puerto se asienta en la vida de los isleteros, es cuando unos pocos comienzan a crear unos pequeños negocios, muy modestos algunos, otros más desarrollados, comienza a vivir La Isleta.

A mediado del siglo XX, ya comienza el trasiego de modestas actividades comerciales como la vaquería en la calle Fontanales, donde se podía acceder tanto a la carne como a otros artículos derivados. Un matrimonio muy apreciado decidió crear una tienda de aceite y vinagre entre los años 50 y 60. Con el tiempo, la hija del anterior llegó a vender fruta al por mayor en la calle Tanausú, a pocos pasos.

En La Isleta todos conocieron el famoso estanco de La Gloria, en la calle Tecén esquina con Tanausú, donde, como era habitual, llamada también tiendita de aceite y vinagre. Este estanco tenía un cliente que mandaba a su perro con una nota en la boca para hacer la compra. Así mismo, sobre los años 70 -71, la tienda de Mari en la calle Tanausú con Fontanales, era de aceite y vinagre, algo más grande que la anterior, su dueña era una mujer  generosa y gran fiadora. Anterior a esta última, en la calle Fontanales estaba la tienda de los Almeidas, así como las leches de cabra de don Manuel diez Quintana que todos esperaban a que pasara por sus calles para rellenar su lebrillo o tazones para alimentar sus cuerpos junto con el gofio correspondiente. No todo el mundo podría permitírselo, pero a los niños mucho más desfavorecidos, por piedad y solidaridad de la gente unida, lograban que algún infante no se acostara sin alimento en sus estómagos.

En la también calle Tanausú,  en los años 40, aproximadamente, don David tenía una tienda de aceite y vinagre y frente a la misma tenía una habitación alquilada en donde vendía zapatos.

Recordamos la reconocida tienda quemá, que se llamaba así por haber sufrido un incendio. Era una tienda de aceite y vinagre bastante antigua, tanto es así que desde los años 30-40 podrías realizar trueque de artículos y no tanto compra-venta. Una de las que intercambiaba huevos por gofio fue Carmen Vera, de la Calle Tanausú, la cual tenía muchas bocas que alimentar.

Siguiendo en la calle Tanausú, una familia tenía una carbonería , donde vendían todos los artículos necesarios para los animales: alfalfa, millo, alpiste, etc.

Si nos vamos a la calle Romeral, don Bartolito tenía un bar, quizás fuese el primero de su género, donde jugaban al dominó los caballeros para su entretenimiento y disfrute. Además una de las figuras más entrañables de La Isleta, sin duda, fue la maestra Mariquita, que tenía instalado en su zaguán una escuela para que todos los niños pudieran conocer las primeras letras y las cuatro reglas mínimas para defenderse en el futuro. Todos la recordarán, en la calle Fontanales. Mariquita era una mujer muy culta y con mucha clase y le gustaba muchos los niños. Varias generaciones pasaron por sus manos, puesto que mi padre nacido en 1942 fue uno de ellos. Mariquita fue su maestra y hasta los 90, más o menos, seguía haciéndolo. Los que rozamos o ya hemos pisado el suelo de los 50 años, tenemos grabado el itinerario de salir de casa al colegio (en este caso me refiero al Colegio Público León y Castillo de la calle Osorio) parábamos en el estanco de Lady, para proveernos de golosinas varias para mantener los niveles de azúcar suficiente para llegar al final de nuestra jornada estudiantil.

Una de las empresarias más conocida de La Isleta, en años tempranos de su vida, iba con un carrito por las calles vendiendo artículos para el pelo: brillantina, horquillas, aseo personal, etc., y  le fue tan bien, que en los años sesenta adquiere un local en la calle Benartemi. Más tarde, ya con las modernidades de los años 50, Eusebia Bravo -Para los isleteros Eusebita Bravo-, levantó un imperio de electrodomésticos y colchones, mobiliario… entre tantas otras cosas más, aunque para ello, tuvo que empezar vendiendo colonias y brillantinas en la calle natal de Umiaga. Algunos vecinos ya mayores, recuerdan la tienda de Bienve. Bienvenido, vivía en la calle Tauro, su madre era comadrona y tenía una mercería en la calle Tecén.

De nuevo en la calle Tanausú, allá por los años ochenta, estaba Pepito el zapatero. En la misma calle, esquina con Fontanales, recordarán a don Pepito Rodríguez y su esposa, Paquita Guerra, que vendían fruta al por mayor, negocio que tuvo sus comienzos en tiempos de los padres de Pepito. La tienda de Cili, tenía sus principios como vendedora de flores, luego añadió ropa, al hacerse con más artículos, se hizo pequeño el local y se muda a la calle Fontanales esquina con Tanausú añadiendo al comercio, también,  juguetes.

Irenita, la reconocida panadera, trabajaba anteriormente vendiendo frutas,  en el local de los padres del anteriormente mentado y Pepito. Cuando se jubilan los padres del anterior, el esposo e Irenita traslada a la calle Tecén, su nuevo negocio, una panadería-pastelería y sus suegros abrieron un bar en la calle donde tenía la entrada el cuartel de Infantería Canarias 50.

La única farmacia que, en los años 40 existía en esa zona del barrio costero, estaba situada en la calle Andamana esquina con Tecén.

La figura de Mariquita la del piquillo, por su amor a bordar en piquillos, era comadrona en la clínica Santa Catalina, desde los años  tempranos del siglo XX. Toda la Isleta recurría a ella para asistir a partos en casas, así como heridas ocasionadas o accidentes imprevistos en el barrio. Figura entrañable que todos conocían y que no queremos que quede en el olvido su trabajo hecho con amor y desinterés. Recordemos al personajes como: Mingole, que le encantaba dar o no, paso a los vehículos en las calles; a su amiga Petra, de la calle Osorio: a Policarpo, que tenía un carrito de venta de golosinas en la esquina de la calle Umiaga…

La Isleta vio nacer a muchas personas, incluso las que hoy son públicas, que dejan y dejaron su impronta, como por ejemplo: María Dolores Rivero Hernández, (la entrañable Lolita Pluma), el presentador televisivo Roberto Herrera, El gran Manolo Vieira, el internacional cómico; la magnífica actriz Antonia Sanjuán; el pionero del transformismo, Paco España o el sempiterno artista Pepe Dámaso, que aunque no nació en La Isleta, sino en Agaete, los isleteros sienten al artista uno de los suyos, como si de un hermano se tratara. Tanto es así que un joven Centro Cultural lleva su nombre y se le puede ver paseando por sus cercanas calles.

Esto es solo un pequeño esbozo de sus comerciantes y gentes de bien, puesto que dejo a muchísimas personas atrás. Todas esas mismas gentes, tenderos y clientes, vecinos y residentes, eran los mismos que, desde los primeros días de Julio hasta finales de ese mismo mes, se remangaban sus pantalones o las enaguas para vestir sus calles de serrín, sal, flores, colorantes, arena, etc., para celebrar los días gloriosos, con multitud de voladores por las procesiones de Nuestra Señora del Carmen de Las Isletas y de Nuestra Señora de La Luz.

No todos los barrios pueden decir lo mismo.

Luz Marina Delgado Hernández (Historiadora)

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