En política hay algo peor que perder unas elecciones: perderlas y después actuar como si no hubiera pasado nada. Y eso es exactamente lo que muchos ciudadanos de Telde piensan cada vez que escuchan a Diego Ojeda Ramos, exconcejal de Nueva Canarias en el Ayuntamiento de Telde, repartir ahora carnets de dignidad política y hablar del “ridículo” de otros dirigentes.
Resulta curioso escuchar a un exmiembro de un gobierno municipal que terminó desalojado por las urnas intentar dar lecciones sobre defensa institucional o sobre cómo debe actuar un presidente autonómico cuando Canarias siente que desde fuera intentan pasarle por encima.
Porque aquí, el único ridículo político evidente no lo hace quien defiende a Canarias, sino Nueva Canarias, un partido al que los ciudadanos pusieron en la oposición en Telde después de años de abandono, desgaste y desconexión con la calle. Un partido que ahora pretende señalar con el dedo a Fernando Clavijo mientras protagoniza una de las escenas más difíciles de explicar de la política grancanaria: seguir gobernando y apoyando en el Cabildo a quienes hasta hace poco eran sus compañeros de organización y hoy son señalados como tránsfugas de Nueva Canarias.
Eso sí que resulta difícil de defender.
Porque, por lo visto, para Nueva Canarias hay tránsfugas malos en los comunicados, pero compañeros perfectamente útiles cuando se trata de mantener gobiernos, sillones, áreas, asesores y sueldos públicos. En los titulares se rasgan las vestiduras; en los despachos, siguen gobernando todos juntos sin mayor problema. Una cosa es la épica del discurso y otra, mucho más práctica, la nómina a final de mes.
Y eso sí que avergüenza a la política.
Mientras tanto, se pretende presentar como “ridículo” que Fernando Clavijo levante la voz ante un Gobierno nacional que, una vez más, parece dispuesto a tratar a Canarias como un territorio al que se le informa tarde, mal y cuando ya no queda más remedio. Pero defender a los canarios no es hacer el ridículo. Hacer el ridículo es mirar para otro lado cuando conviene, montar discursos de pureza política y después compartir gobierno con quienes ayer eran compañeros y hoy son el gran problema interno del partido.
Porque una cosa es estar de acuerdo o no con Fernando Clavijo, y otra muy distinta es negar que, en determinadas cuestiones, el presidente canario ha salido públicamente a defender los intereses de Canarias frente a decisiones externas que afectan directamente al Archipiélago. Y eso, guste más o menos, es precisamente lo que esperan muchos ciudadanos de quien gobierna: que dé la cara.
De hecho, el paso de las horas ha terminado dando cierto respaldo a la preocupación expresada por el presidente canario. Porque hoy ya se sabe que el barco llegó a Tenerife sin que, según distintas informaciones conocidas públicamente, se hubieran realizado PCR a todos los pasajeros antes de su llegada, mientras desde el Gobierno central se transmitía un mensaje de absoluta tranquilidad asegurando que no existían contagios confirmados. Y ahora algunos pasajeros ya permanecen hospitalizados tras haber dado positivo en hantavirus, algo que inevitablemente ha generado inquietud social y ha llevado a muchos ciudadanos a preguntarse si Fernando Clavijo no tenía, al menos en parte, motivos suficientes para exigir más transparencia y más control desde el primer momento.
Porque una cosa es evitar alarmismos innecesarios y otra muy distinta pedir a la población que cierre los ojos y aplauda sin hacer preguntas. Y ahí, guste o no, Clavijo hizo lo que muchos esperaban: defender la posición de Canarias y exigir garantías.
Mientras tanto, muchos teldenses todavía recuerdan perfectamente lo que ocurrió durante los años de gobierno de Nueva Canarias en Telde. Una etapa marcada por el desgaste, la lentitud administrativa, los conflictos internos, las promesas eternamente pendientes y una sensación generalizada de agotamiento político que acabó explotando en las urnas.
Y las urnas hablaron claro.
Porque cuando un gobierno municipal pierde la confianza de la ciudadanía no suele deberse a una casualidad meteorológica ni a una alineación planetaria. Se debe, normalmente, a años de desconexión con la calle. Y eso fue exactamente lo que ocurrió en Telde.
Mientras los vecinos seguían esperando soluciones para los problemas cotidianos, muchos dirigentes de Nueva Canarias parecían más preocupados en la batalla política permanente y en mantener estructuras de poder que en resolver los asuntos reales del municipio.
Y en ese contexto, Diego Ojeda Ramos quizá debería medir mejor sus palabras antes de hablar del “ridículo” ajeno. Porque cuando los ciudadanos de Telde decidieron apartarlo políticamente de la vida municipal, no precisamente con una ovación en pie, su trayectoria no terminó en el silencio ni en una reflexión autocrítica. Terminó recolocado como asesor en el Cabildo de Gran Canaria, dentro de ese entramado institucional donde algunos dirigentes de Nueva Canarias, aunque estén divididos políticamente y se miren de reojo, siguen encontrando la manera de mantenerse juntos cuando se trata de conservar cargos, despachos y nóminas pagadas por los grancanarios.
Porque esa es otra paradoja curiosa: Nueva Canarias puede estar partida por dentro, enfrentada en discursos, rota en sensibilidades y llena de familias políticas que apenas se soportan, pero a la hora de gobernar y cobrar el sueldo mensual, ahí sí aparece una unidad admirable, casi religiosa, digna de estudio sociológico.
Por eso ahora sorprende ver a algunos antiguos responsables políticos intentando presentarse como grandes defensores de la dignidad institucional, cuando fue precisamente la ciudadanía quien decidió mandarlos a la oposición después de años de desgaste.
La política tiene memoria. Y Telde también.
Porque antes de señalar el supuesto “ridículo” ajeno, quizá convendría recordar cómo terminó aquella etapa política en el municipio: con un electorado cansado, un cambio de ciclo evidente y una pérdida de confianza que todavía hoy sigue pesando sobre Nueva Canarias en la ciudad.
Y es que a veces en política ocurre algo muy sencillo: quienes no supieron convencer en su propia casa tienen difícil explicar luego cómo deben gobernar los demás.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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