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«DEL “ESCÁNDALO DEL EMÉRITO” AL SILENCIO SOBRE ZAPATERO: CUANDO LA INDIGNACIÓN POLÍTICA DEPENDE DEL PROTAGONISTA»

En España llevamos años asistiendo a una curiosa forma de entender la indignación pública. Dependiendo de quién sea el protagonista de los hechos, el volumen del escándalo cambia, las tertulias arden… o directamente miran hacia otro lado. Y eso es precisamente lo que muchos ciudadanos empiezan a preguntarse hoy al comparar el tratamiento político y mediático que recibió el rey emérito Juan Carlos I con las informaciones que en las últimas semanas rodean al expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero.

Porque conviene recordar algo importante: durante años, España vivió prácticamente en estado de escándalo permanente con todo lo relacionado con el rey emérito. Se habló de sus cuentas, de sus amistades, de sus viajes, de sus comisiones y de su patrimonio. Se escribieron libros, especiales de televisión, documentales y editoriales demoledores. Políticamente se convirtió en un símbolo constante de desgaste institucional. Sin embargo, pese a toda aquella presión pública, la realidad judicial terminó siendo muy distinta al relato político que se construyó durante años.

La Fiscalía archivó las investigaciones abiertas al rey emérito al considerar, entre otras cuestiones, la inviolabilidad constitucional durante su etapa como jefe del Estado, la prescripción de determinados hechos y la regularización fiscal efectuada posteriormente. Es decir: no terminó imputado ni sentado en un banquillo. Eso no impide el debate ético o político sobre determinadas conductas, pero jurídicamente la situación quedó clara.

Y ahí es donde muchos ciudadanos empiezan hoy a comparar escenarios.

Porque las informaciones que están apareciendo alrededor de Zapatero en distintos informes policiales y publicaciones periodísticas han provocado sorpresa incluso entre personas alejadas ideológicamente de la derecha política. Y aquí aparece otra reflexión política evidente: durante años, gran parte de la derecha española cerró filas en torno al rey emérito y evitó críticas contundentes hacia su figura, defendiendo la institución monárquica incluso en los momentos de mayor presión mediática. Ahora, según denuncian muchos ciudadanos, ocurre justo lo contrario en el otro lado del tablero político.

Porque mientras al emérito se le sometía a un juicio político y mediático constante sin llegar nunca a ser imputado judicialmente, hoy parte de la izquierda política guarda silencio o minimiza las informaciones que afectan al entorno de Zapatero, pese a que en este caso sí existen actuaciones judiciales y procedimientos donde su nombre aparece citado públicamente.

Conviene aclarar algo esencial por respeto a la verdad y a la presunción de inocencia: Zapatero no ha sido condenado por ningún tribunal. Y cualquier actuación judicial debe respetar las garantías legales como sucede con cualquier ciudadano. Pero precisamente por eso resulta inevitable que muchos españoles perciban un evidente doble rasero político y mediático según quién sea el afectado.

Porque cuando el protagonista era el rey emérito, determinadas fuerzas políticas exigían explicaciones inmediatas, comparecencias y responsabilidades públicas casi diarias. Hoy, sin embargo, muchos observan un silencio llamativo en sectores que antes hacían bandera de la ejemplaridad pública.

Y el problema de fondo quizá no sea únicamente Juan Carlos I o Zapatero. El verdadero problema es la sensación creciente de que en España la indignación política funciona demasiadas veces según el color ideológico del protagonista.

Porque una democracia sana necesita exactamente lo contrario: medir a todos con la misma vara. Sin blindajes automáticos. Sin silencios selectivos. Sin convertir la justicia en una herramienta partidista ni los medios en trincheras ideológicas.

Ni el rey emérito debía ser condenado mediáticamente antes de tiempo, ni Zapatero debería ser protegido políticamente si existen investigaciones o explicaciones pendientes ante la opinión pública. La obligación del periodismo serio no es fabricar héroes ni demonios. Es informar, contextualizar y permitir que los ciudadanos saquen sus propias conclusiones a partir de hechos contrastados.

Y quizá ahí esté hoy el verdadero debate que muchos españoles mantienen en la calle: no quién protagoniza el escándalo, sino por qué algunos escándalos generan terremotos políticos y otros parecen caminar rodeados de silencio.

Juan Santana, periodista y locutor de radio

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