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«CEUTA NO NECESITA SERMONES: NECESITA ESTADO»

Ceuta no necesita otro sermón pronunciado desde un despacho con aire acondicionado. Tampoco un mando único estrenado casi un mes después de la emergencia, como quien compra el extintor cuando ya solamente quedan las cenizas. Ceuta necesita Estado, seguridad, recursos y una respuesta política que no consista en pedir paciencia a quienes llevan semanas soportando lo que ningún ministro aceptaría delante de su propia casa.

Conviene empezar por algo elemental: agredir a un migrante, a un ceutí musulmán, a un voluntario de Cruz Roja o a un periodista es absolutamente inadmisible. El hartazgo puede explicar la indignación, pero nunca justificar la violencia.

Dicho esto, el Gobierno tampoco puede aprovechar los actos de unos pocos para descalificar a toda una ciudad ni convertir su fracaso político en un juicio moral contra los ceutíes. Es una maniobra demasiado conocida: primero se llega tarde, después se improvisa y, cuando la población estalla, aparece la cofradía del atril para impartir un cursillo acelerado de convivencia.

Ángel Víctor Torres ha pedido “no violencia”. Correcto. También ha dicho que no se puede devolver inmediatamente a todos los migrantes y ha reconocido que todavía quedan personas sin filiar y viviendo en las calles. Es decir, el responsable del mando único comparece para anunciar solemnemente que el mando existe, aunque la solución todavía está buscando aparcamiento.

Torres ha asegurado además: “Yo no he mentido”. Siempre resulta tranquilizador que un político tenga que aclararlo expresamente. Es como entrar en un restaurante y que el camarero anuncie, antes de servir la sopa, que nadie ha sido envenenado.

La credibilidad gubernamental tampoco mejora con el espectáculo ofrecido por sus propios ministros. Margarita Robles afirmó que el CNI había informado a las fuerzas de seguridad; Marlaska negó que existiera una alerta sobre una entrada masiva y Torres decidió respaldar la versión de Marlaska. Según EFE⁠, el ministro sostiene que no hubo ninguna comunicación que anticipara la llegada de decenas de miles de personas.

No sabemos si falló la inteligencia, la coordinación o la memoria. Lo indiscutible es que cada ministerio parece disponer de su propia edición de los hechos, con prólogo diferente y final todavía por escribir.

El precedente de las guaguas

Ceuta podría sentirse tentada a recordar lo que hizo Onalia Bueno durante la crisis de Arguineguín. El 17 de noviembre de 2020, después de que más de 220 migrantes salieran del campamento sin alojamiento, el Ayuntamiento de Mogán fletó tres guaguas. Unas 180 personas viajaron voluntariamente hasta la plaza de La Feria, cerca de la Delegación del Gobierno y del Consulado de Marruecos, según informó el propio Ayuntamiento de Mogán⁠.

La medida fue discutida y criticada, pero consiguió algo elemental: colocar el problema frente a la puerta de la Administración competente.

Aplicado ahora a Ceuta, el símil conduce inevitablemente al puerto. Si Madrid y Bruselas continúan tratando la frontera sur como un inconveniente municipal, algún ceutí terminará proponiendo fletar barcos para acercarles personalmente la crisis.

Naturalmente, las personas no son paquetes que puedan enviarse de una ciudad a otra. Pero la imagen contiene una verdad política demoledora: Europa es muy solidaria mientras la emergencia se quede lejos de sus despachos, y algunos gobiernos descubren la urgencia solamente cuando el problema les aparca debajo de la ventana.

La “experiencia” de Arguineguín

Torres presenta su paso por la crisis migratoria canaria como una experiencia que lo avala para dirigir ahora la situación de Ceuta. La ironía se escribe sola.

Conviene ser rigurosos: no es cierto que permaneciera completamente callado. Reclamó derivaciones, exigió responsabilidades al Estado y participó en distintos operativos. Pero Arguineguín terminó convertido en el llamado “muelle de la vergüenza”, hasta el punto de que el Defensor del Pueblo exigió su clausura inmediata⁠.

La experiencia no puede consistir únicamente en haber estado presente cuando todo salió mal. Un bombero no incorpora a su currículum cada casa que vio arder.

Preguntar cuántos migrantes ha acogido Torres en su vivienda puede funcionar como provocación, pero la pregunta verdaderamente importante es otra: ¿cuántas plazas dignas, efectivos, expedientes, traslados, acuerdos con Marruecos y compromisos europeos ha puesto sobre la mesa? La solidaridad pública no debe depender del sofá particular de un ministro, sino de su capacidad para movilizar al Estado.

Y sobre la fama de “gafe”, dejémosla en el terreno del humor. Torres no provocó la pandemia, no encendió los incendios ni despertó volcanes. No hace falta recurrir a la astrología política para criticarlo. Lo preocupante no es que las catástrofes lo persigan, sino que buena parte de su trayectoria parezca una colección de ruedas de prensa celebradas después de que estas hayan ocurrido.

Ceuta debe ser defendida en dos direcciones: frente a una entrada irregular que desbordó su capacidad y frente al odio y la violencia que pueden nacer del abandono. Ambas obligaciones son compatibles. Lo indecente es obligar a elegir entre seguridad y humanidad mientras el Gobierno se reserva las dos cosas para sus discursos.

La ética sin gestión es un sermón dominical. La gestión sin verdad es propaganda. Y Ceuta no puede seguir viviendo de homilías, promesas ni mandos únicos llegados a destiempo.

Onalia utilizó guaguas para que la Administración contemplara de cerca el problema. Ceuta tiene puerto. Más vale que Madrid y Europa reaccionen antes de que alguien convierta esa comparación en el símbolo definitivo de su desesperación.

Juan Santana, periodista y locutor de radio

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