Agosto todavía no ha terminado y en muchas casas canarias septiembre ya ha comenzado.

Ha empezado sobre una mesa.

Con una lista de libros.

Una mochila que hay que sustituir.

Cuadernos.

Material escolar.

Ropa.

Calzado.

Comedor.

Transporte.

Y una calculadora.

Porque para miles de familias la vuelta al colegio no comienza cuando un niño cruza nuevamente la puerta del aula. Empieza varias semanas antes, cuando padres y madres intentan averiguar cómo encajar otro gasto importante dentro de una economía doméstica que lleva todo el año haciendo equilibrios.

Este curso vuelve a recordarnos algo que quizá hemos terminado normalizando demasiado: aunque hablemos de educación pública, educar continúa teniendo un coste considerable para muchas familias.

Los datos difundidos estos días sitúan en torno a los 643 euros el desembolso medio por alumno en la enseñanza pública canaria durante la vuelta al cole de 2026.

Una cifra puede parecer fría.

Hasta que la multiplicamos por dos hijos.

O por tres.

Hasta que la colocamos junto al alquiler, la hipoteca, la compra, la electricidad y el resto de gastos de una familia.

Entonces deja de ser estadística.

Se convierte en preocupación.

La educación pública descansa sobre un principio extraordinariamente importante: las oportunidades de un niño no deberían depender exclusivamente del dinero que tenga su familia.

Ese principio ha permitido avanzar enormemente como sociedad.

Sin embargo, alrededor de la escolarización se han ido acumulando gastos que pueden convertir septiembre en uno de los meses más difíciles del año.

No hablamos de caprichos.

Un cuaderno no es un lujo.

Un libro de texto tampoco.

Ni el transporte para llegar al centro.

Ni el comedor cuando los padres trabajan.

Ni una mochila que debe aguantar todo un curso.

Cada elemento aislado puede parecer asumible.

El problema aparece cuando llegan todos juntos.

Y las familias lo saben bien.

Durante agosto empiezan las estrategias.

Buscar ofertas.

Comparar precios.

Reutilizar aquello que todavía sirve.

Heredar ropa entre hermanos.

Esperar determinados descuentos.

Comprar primero lo imprescindible y dejar lo demás para la siguiente nómina.

Hay hogares que pueden asumir el gasto sin grandes dificultades.

Otros necesitan planificarlo durante meses.

Y algunos sencillamente no pueden.

Ahí es donde la educación debe volver a mirar con especial atención.

Porque un niño nunca debería entrar en un aula sintiendo que tiene menos derecho a aprender porque su familia dispone de menos recursos.

La igualdad educativa comienza mucho antes del examen.

Empieza cuando todos pueden sentarse ante una mesa con el material necesario.

También deberíamos reflexionar sobre el uso de los libros.

Cada año muchas familias reciben nuevas listas que obligan a adquirir materiales difícilmente reutilizables.

Si queremos avanzar hacia una educación más accesible, los bancos de libros, los sistemas de préstamo y el aprovechamiento de materiales deberían dejar de entenderse exclusivamente como medidas asistenciales.

Son también sostenibilidad.

Tiene poco sentido hablar de educación ambiental mientras miles de libros perfectamente válidos pierden su utilidad después de un solo curso porque el modelo editorial obliga a escribir directamente en ellos o porque pequeños cambios convierten una edición reciente en aparentemente inservible.

Una buena política de reutilización beneficia a todos.

Reduce gasto familiar.

Evita desperdicio.

Enseña responsabilidad.

Y ayuda a romper una idea que hemos incorporado casi sin discutir: que cada septiembre debemos comprarlo prácticamente todo otra vez.

También necesitamos revisar la relación entre educación y desigualdad.

Dos alumnos pueden sentarse en la misma clase y vivir realidades completamente diferentes cuando salen de ella.

Uno tiene ordenador propio.

Internet de alta velocidad.

Academia.

Material.

Espacio para estudiar.

Otro comparte dispositivo.

Quizá comparte habitación.

Puede que necesite transporte durante bastante tiempo para llegar al instituto.

Puede que sus padres no tengan posibilidad de pagar refuerzo académico.

La escuela no puede resolver por sí sola toda la desigualdad social.

Pero sí debe intentar que esa desigualdad no se multiplique dentro del sistema educativo.

Por eso las ayudas de material escolar son necesarias.

También los comedores.

El transporte.

Las becas.

Los programas de préstamo.

Y cualquier medida que consiga que la situación económica familiar pese lo menos posible sobre las oportunidades académicas de un menor.

Pero existe otro riesgo.

Convertir las ayudas en un recorrido burocrático tan complicado que algunas familias terminen renunciando.

Cuando una persona necesita apoyo, no debería tener que convertirse además en experta administrativa.

Formularios.

Certificados.

Plazos.

Documentos.

Subsanaciones.

Citas.

La administración necesita controles, naturalmente.

El dinero público exige garantías.

Pero garantizar no debería significar dificultar.

Las políticas sociales funcionan realmente cuando alcanzan a quien las necesita.

No cuando únicamente quedan correctamente justificadas dentro de un expediente.

La vuelta al colegio también nos obliga a hablar del consumo.

La presión comercial alrededor de septiembre es enorme.

Mochilas de moda.

Estuches.

Zapatillas.

Dispositivos electrónicos.

Ropa determinada.

Existe una diferencia entre aquello que un estudiante necesita y aquello que el mercado consigue convencerle de que necesita.

Y esa presión entra también en las aulas.

Los niños comparan.

Observan.

Conocen marcas.

Saben quién estrena y quién reutiliza.

Ahí existe una tarea educativa importante.

Reutilizar no debería dar vergüenza.

Heredar un libro tampoco.

Una mochila del curso anterior no convierte a nadie en peor estudiante.

Quizá educar también consiste en enseñar que el valor de una persona jamás debería medirse por aquello que lleva puesto o por el precio del material colocado encima de su mesa.

Otro elemento que muchas veces olvidamos es el impacto emocional de septiembre en los adultos.

Se habla de la ilusión infantil por volver a encontrarse con compañeros.

Pero detrás puede haber padres haciendo cuentas de madrugada.

Madres retrasando una compra personal.

Abuelos ayudando con material escolar.

Familias utilizando una tarjeta de crédito para afrontar gastos educativos.

Eso también forma parte de la vuelta al cole.

Y merece ser contado.

Canarias arrastra además una realidad económica que hace especialmente necesario proteger a los hogares con menos ingresos.

Cuando el presupuesto familiar es limitado, cualquier gasto extraordinario obliga a renunciar a otra cosa.

No existe dinero invisible.

Si aumentamos doscientos euros en una partida, esos doscientos euros salen de alguna otra.

Quizá de ocio.

Quizá de ahorro.

Quizá de alimentación.

Quizá de algo que también era necesario.

Por eso no podemos evaluar el coste educativo únicamente preguntando cuánto gastan las familias.

Tenemos que preguntar qué sacrifican para poder gastarlo.

La educación debe servir precisamente para reducir las desigualdades de origen.

Sería una contradicción que acceder a ella contribuyera a aumentarlas.

Dentro de pocas semanas veremos las imágenes habituales.

Patios nuevamente llenos.

Niños cargando mochilas.

Profesores recibiendo alumnos.

Familias despidiéndose en las puertas de los centros.

Comenzará un nuevo curso.

Y probablemente volveremos a hablar de contenidos, ratios, infraestructuras, resultados académicos y nuevas metodologías.

Todo eso importa.

Pero antes existe una pregunta más elemental:

¿hemos conseguido que todos puedan empezar en condiciones dignas?

La educación pública no puede significar solamente que entrar al aula sea gratuito.

Tiene que intentar también que permanecer dentro de ella no dependa de cuánto dinero exista en casa.

Ayudar con libros, material, transporte o comedor no es regalar nada.

Es invertir en igualdad de oportunidades.

Porque detrás de cada lista de material no debería existir una familia preguntándose qué factura dejará para después.

Septiembre tendría que ser el comienzo de un nuevo curso.

No una cuesta económica más.

Y si queremos que la escuela enseñe a nuestros niños que todos merecen las mismas oportunidades, debemos procurar que esa igualdad empiece incluso antes de que suene el primer timbre.

Vidal Bolaños, escritor y comunicador