La tragedia de Urda obliga a exigir garantías verificables de seguridad y responsabilidades que vayan más allá de las condolencias.
Uno compra un billete de tren para llegar a su destino. Para trabajar, abrazar a sus hijos, acudir a una consulta o disfrutar de unos días de descanso. Ese gesto cotidiano descansa sobre una confianza elemental: que existen personas, procedimientos y sistemas capaces de proteger su vida.
La tragedia de Urda, en Toledo, ha golpeado esa confianza. El balance publicado este jueves eleva a 69 las personas fallecidas tras la colisión entre un AVE de Renfe y un tren de Iryo. Una cifra provisional detrás de la cual hay familias cuya vida ha cambiado para siempre.
Sería irresponsable afirmar, sin datos que lo acrediten, que todos los trenes españoles son inseguros. Pero también lo sería pretender que una declaración tranquilizadora basta para responder a lo ocurrido. La seguridad necesita pruebas, controles y explicaciones que los ciudadanos puedan comprender.
Según la explicación ofrecida por el ministro de Transportes, Óscar Puente, el choque se produjo después de una caída del sistema de seguridad y de una autorización para que el AVE reanudara la marcha mientras el otro convoy permanecía detenido. Las investigaciones deberán establecer las causas y responsabilidades definitivas.
La pregunta resulta inevitable: ¿qué protecciones debían impedir que esa sucesión de incidencias terminara en una catástrofe? Si hubo un error humano, habrá que esclarecer también por qué los controles restantes no evitaron sus consecuencias. Investigar al trabajador que tomó una decisión debe formar parte de una investigación que examine igualmente la supervisión, la formación, el mantenimiento y la organización.
Puente ha descartado una dimisión inmediata mientras se esclarece lo sucedido. Es legítimo exigirle explicaciones sobre su continuidad y su gestión. Pedir responsabilidad política no equivale a atribuirle una culpabilidad penal que corresponde determinar a la justicia.
A mi juicio, la respuesta debe incluir una revisión independiente de las garantías de seguridad, medidas correctoras con plazos públicos y atención continuada a las víctimas. Las familias necesitarán apoyo cuando desaparezcan las cámaras y el país vuelva a hablar de otra cosa.
Mientras tanto, habrá viajeros que miren su próximo billete con inquietud. No necesitan conocer cada sigla ferroviaria. Necesitan saber qué ocurre cuando falla un sistema y qué mecanismos impiden que ese fallo les cueste la vida.
La confianza no se recupera pidiéndole al pasajero que deje de tener miedo. Se recupera demostrando que se han identificado los fallos, que se han corregido y que quienes deban responder lo harán.
Llegar a destino es la promesa esencial de cualquier billete. Cumplirla debe estar por encima de cualquier cargo.
Mis más sinceras condolencias a todas las familias y seres queridos de las personas fallecidas, y mi deseo de una pronta recuperación para los heridos. Que reciban todo el apoyo que necesitan para afrontar tanto las lesiones como el dolor que deja esta tragedia.
Y una petición que nace del corazón: que no tengamos que lamentar una tercera tragedia semejante. Que se esclarezca lo ocurrido, se asuman las responsabilidades y se tomen las medidas necesarias para que no vuelva a suceder.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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