Acudimos ojipláticos a una precampaña electoral insólita: precoz, desproporcionada y, sobre todo, llena de imposturas. Resulta llamativo ver a determinados partidos anunciar ahora visitas a los barrios a los que dieron la espalda durante años mientras gobernaban; barrios cuyos vecinos fueron ignorados, cuando no despreciados, desde la prepotencia y la altanería institucional.
Ahora dicen querer escuchar a la ciudadanía y conocer de cerca la realidad de los barrios, como si acabaran de aterrizar de otro planeta y no hubiesen gobernado durante décadas “manu militari”, con absoluto desdén hacia aquello que hoy pretenden reivindicar.
Hablan de necesidades vecinales, de participación y de proyectos de futuro; aseguran que ningún municipio puede construirse sin mirar a sus barrios. Sin embargo, cuando tuvieron responsabilidad de gobierno hicieron exactamente lo contrario.
El histórico ombliguismo político que todos practican, especialmente en este Norte grancanario, resulta tremendamente enfermizo. En pocas partes de Canarias se ha visto un abandono tan evidente de los barrios mientras las quejas vecinales eran recibidas con arrogancia, indiferencia y desdén.
Ahora intentan rellenar con discursos grandilocuentes lo que no supieron —o no quisieron
— hacer cuando tuvieron poder. Descubren de repente que “los barrios tienen identidad, historia y sentimiento de pertenencia”; que merecen “respeto, cercanía y compromiso”; que “los vecinos deben formar parte de las decisiones que marquen el futuro”. Cuesta escuchar semejantes proclamas sin pensar en la enorme dosis de hipocresía que contienen.
Porque la realidad ha sido otra: servicios públicos deficientes, abandono cotidiano y precariedad permanente en muchos barrios. Eso sí, para recaudar impuestos nunca hubo diferencias ni olvidos.
Ahora prometen cercanía, escucha y compromiso. Dicen querer convertir las preocupaciones vecinales en propuestas útiles y realistas para que los ciudadanos vuelvan a sentirse tenidos en cuenta. ¿De verdad pretenden que olvidemos tan fácilmente?
Se creyeron intocables hasta que las urnas los devolvieron a la vulnerabilidad y, finalmente, a la oposición. Y ahora regresan con el viejo manual de promesas recicladas.
Incluso en asuntos especialmente graves para el futuro de todos, solo han actuado a base de la presión de los vecinos, nunca por iniciativa propia. Ninguno.
La triste realidad es que el refranero, a veces, termina cumpliéndose con una crudeza implacable: más vale malo conocido que bueno por conocer.
Aunque, sinceramente, dan ganas de mandarlos a todos a la gran puñeta.
Paco Vega
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