Decía José Manuel Soria, allá por el lejano junio de 2008, que «perdía dinero con la política en relación a lo que ganaría ejerciendo su profesión privada». De hecho, fue capaz de «calcular» que había «perdido» un millón de euros en los trece años que llevaba «dedicado» a la política. Por entonces, ya había sido alcalde de Las Palmas de Gran Canaria y era vicepresidente del Gobierno de Canarias…
Este victimismo de los políticos no es nuevo. Cada cierto tiempo alguien decide usarlo para vaya usted a saber qué propósito: «caer» mejor a los votantes, «disculpar» una pésima gestión, «desviar» responsabilidades, etc. Depende de cada uno o una y de cada situación. Pero no. El victimismo no tiene cabida en política…
Viene esto a cuento porque me vino a la memoria lo del político pepero que llegó a ministro (a esas alturas ya no decía nada), tras ver las declaraciones del alcalde de la ciudad de Telde, Juan Antonio Peña, donde expresaba que «ser alcalde de Telde exige renunciar a muchas cosas personales». Se quejaba el actual regidor de la Ciudad de Los Faycanes de las muchas horas de trabajo que conlleva el cargo, de la pérdida de tiempo para con los amigos y familia, etc. Otro ejemplo de victimismo…
Para empezar, nadie que sea cargo público, nadie que se dedique a la política, lo hace porque le han esposado al sillón o le han obligado a ello. Lo habitual es que te dediques a la política por convicciones, por querer cambiar las cosas, por contribuir a mejorar la sociedad. Luego están también los que ven la política como una profesión y de ahí no se mueven ni aunque les arrojen un caldero de agua hirviendo. Entre estos últimos están los vividores que cambian de principios cuando les conviene, o que se mueven entre partidos buscando el mejor «echadero». De estos tenemos un buen puñado ahora mismo sin salir, no ya de Canarias, sino sin movernos de Gran Canaria: Primero ellos, y luego también ellos…
Pero repito: NADIE entra «obligado». Es más, cuando tienes un cargo, sea un ministerio, sea una consejería, sea una alcaldía, se te paga por tu dedicación. Y no, no se te paga el salario mínimo, sino un sueldo proporcional a tu cargo. Abundan en las redes sociales comentarios del tipo: «si los políticos cobraran el salario mínimo actuarían de modo diferente». Y no, nada más ilógico y alejado de la realidad: si los políticos no recibieran un salario digno y adecuado no estarían en política, estarían en el sector privado…
¿Qué ocurriría entonces? Que los cargos públicos estarían ocupados por incompetentes incapaces de lograr un sueldo digno por sí mismos. Y entonces sí que estaríamos mal. Si ahora mismo tenemos a nivel de todo el Estado un montón de ineficaces e ineptos que no se merecen el sueldo que cobran, cómo sería si no hubiese gente que sí sabe ejercer su cargo con dignidad y eficacia (que los hay y son mayoría)…
Por tanto, si te dedicas a la política bajo tu libre albedrío, si tienes un cargo público convenientemente remunerado, no caben victimismos. Estás mejor que la mayoría de los asalariados, seguro. Porque la mayoría no trabaja en lo que le gusta y quiere, sino en lo que puede. Victimismos no, gracias…
Por otra parte, como ya dije al principio, el victimismo, ese mostrarte como un cordero a punto de ser degollado intentando dar pena, que utilizan bastantes políticos en general, y cargos públicos en especial, no tiene cabida salvo que intentes alguno de los propósitos mencionados: «ocultar» tu incapacidad de gestión, «caer» bien buscando que se «apiaden» de ti, o «desviar» responsabilidades mostrando tu gran humanidad (humanidad incompetente pero humanidad al fin y al cabo)…
En el caso de José Manuel Soria, estoy convencido de que los que perdimos dinero fuimos los ciudadanos debido a más de una sentencia que, como siempre que se debe a un «error» ¡Ejem! de un político, acabamos pagando los vecinos y vecinas de a pie…
Sea como sea, el victimismo es el recurso que utilizan los (malos) políticos para evitar rendir cuentas y, de paso, culpar a «los otros». Un recurso que sirve también para conseguir (o al menos intentar) apoyo emocional y ahorrarse las explicaciones. El victimismo impide que los problemas reales de la ciudadanía se resuelvan al centrarse en las ofensas y los lloros…
El victimismo es el último recurso del político fracasado o que sabe que lleva camino de serlo. El erigirse como víctima les permite culpar de todos sus males a «los otros» y «justificar» sus malas acciones (se me ocurre cierto primer ministro israelí y cierto presidente muy yanqui como ejemplos clarísimos). En definitiva, cuando un político, un cargo público, recurre al victimismo, está claro que carece de argumentos objetivos para defender su gestión (o la carencia de ella). Carece de sentido de la responsabilidad y de liderazgo real. En definitiva, el victimismo no puede tener cabida en política…
Ángel Rivero García
Secretario de comunicación de Nueva Canarias Telde
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