Para algunas personas una loseta levantada es una molestia.
Para otras puede ser una frontera.
Esa diferencia explica por qué hablar del estado de una acera no debería reducirse nunca a una discusión sobre estética urbana.
Este 21 de agosto, Onda Guanche ha vuelto a poner el foco en el deterioro de determinados tramos peatonales del casco de Telde, especialmente en zonas de San Gregorio y San Juan, donde los desniveles, hundimientos y piezas deterioradas afectan a espacios transitados diariamente por numerosos ciudadanos.
Puede parecer un asunto menor al lado de las grandes obras, los presupuestos millonarios y los proyectos que ocupan titulares.
Hasta que intentas caminar por allí con ochenta años.
O con unas muletas.
Una silla de ruedas.
Un carrito de bebé.
Una discapacidad visual.
Entonces una acera deja de ser una acera.
Se convierte en la diferencia entre poder desplazarte solo o necesitar ayuda.
Las ciudades suelen presumir de sus grandes transformaciones.
Nuevas plazas.
Avenidas.
Edificios.
Zonas comerciales.
Proyectos de renovación.
Todo eso puede mejorar un municipio.
Pero existe una infraestructura mucho más humilde que determina diariamente la calidad de vida de miles de personas.
La acera.
No inauguramos una acera cada mañana.
No suele haber discursos cuando se repara una loseta.
No aparecen autoridades fotografiándose junto a un bordillo correctamente rebajado.
Sin embargo, pocas inversiones públicas afectan de forma tan directa a nuestra autonomía cotidiana.
Porque todos somos peatones en algún momento.
Incluso quien utiliza el coche necesita salir de él.
La ciudad comienza exactamente donde ponemos el pie.
Y ahí debería empezar también la accesibilidad.
Hablar de accesibilidad no significa únicamente cumplir una normativa.
Significa preguntarnos qué experiencia tiene una persona cuando intenta moverse por su municipio.
Puede existir una rampa y seguir siendo imposible llegar hasta ella.
Puede haber un paso de peatones rebajado, pero una farola colocada en mitad del recorrido.
Puede instalarse una plaza reservada y encontrarse después un bordillo infranqueable.
Podemos cumplir formalmente muchas reglas y continuar construyendo espacios hostiles.
La accesibilidad verdadera se comprueba caminando.
O mejor todavía: intentando hacerlo desde la realidad de quienes encuentran barreras.
Imaginemos a una persona mayor que ha perdido estabilidad.
Un pequeño desnivel puede provocar una caída.
Y una caída a determinada edad puede significar mucho más que un golpe.
Puede traer una fractura.
Hospitalización.
Pérdida de autonomía.
Miedo a volver a salir.
Aislamiento.
Lo que comenzó como una loseta sin reparar puede terminar cambiando completamente la vida de alguien.
Por eso el mantenimiento urbano también es prevención.
Lo mismo ocurre con las personas con discapacidad.
Durante décadas hablamos de integración como si el problema estuviera en quien tenía alguna limitación.
Hoy sabemos que muchas discapacidades se agravan o reducen dependiendo del entorno.
Una persona en silla de ruedas no encuentra la mayor dificultad en su silla.
La encuentra en el escalón que alguien decidió no eliminar.
Una persona con discapacidad visual no necesita compasión.
Necesita un itinerario seguro.
Quien camina con muletas no necesita que le digamos que tenga cuidado.
Necesita un pavimento que no le obligue a jugarse el equilibrio cada veinte metros.
Las barreras arquitectónicas son también barreras sociales.
Determinan quién puede entrar.
Quién puede recorrer.
Quién necesita ayuda.
Quién termina quedándose en casa.
Y este asunto adquiere todavía más importancia en Canarias por una cuestión demográfica.
Nuestra población envejece.
Eso significa que el diseño y mantenimiento de los municipios tendrá que adaptarse a ciudadanos con necesidades diferentes.
No podemos seguir planificando las calles pensando únicamente en una persona joven, sana y completamente autónoma.
La ciudad del futuro tendrá más mayores.
Más personas con dificultades de movilidad.
Más necesidad de espacios de descanso.
Más demanda de transporte accesible.
Más necesidad de sombra, seguridad y recorridos cómodos.
Prepararnos para esa realidad no es gastar dinero para una minoría.
Es invertir en el futuro de todos.
Porque, si tenemos suerte, algún día seremos nosotros quienes caminemos más despacio.
Existe además una relación directa entre accesibilidad y comercio.
Una calle cómoda invita a caminar.
Una calle deteriorada invita a evitarla.
Cuando una persona mayor deja de acudir a determinada zona porque teme tropezar, también deja de entrar en sus tiendas.
Cuando una familia con carrito encuentra obstáculos continuamente, busca otro recorrido.
Cuando un ciudadano con movilidad reducida no puede acceder con facilidad, directamente desaparece como usuario potencial de ese espacio.
Por eso rehabilitar un casco histórico no consiste únicamente en pintar fachadas o organizar actividades.
La verdadera dinamización comienza consiguiendo que las personas puedan recorrerlo.
Con seguridad.
Con comodidad.
Con dignidad.
También hay una cuestión de prioridades.
Las administraciones funcionan muchas veces atraídas por la gran obra.
Es comprensible.
Una gran actuación se ve.
Tiene presupuesto.
Proyecto.
Render.
Inauguración.
El mantenimiento produce menos titulares.
Pero una ciudad no se deteriora de golpe.
Lo hace poco a poco.
Una loseta hoy.
Una luminaria mañana.
Un banco roto.
Una papelera.
Un árbol sin cuidar.
Un paso de peatones desgastado.
Y cuando dejamos acumular pequeños abandonos terminamos necesitando una gran intervención para resolver aquello que habría podido mantenerse con actuaciones constantes.
Gobernar una ciudad también significa cuidar lo pequeño.
Quizá especialmente lo pequeño.
Porque es lo que utiliza la ciudadanía cada día.
El problema del mantenimiento no debería abordarse únicamente después de una denuncia.
Los municipios necesitan sistemas permanentes de revisión.
Mapear incidencias.
Priorizar aquellas que impliquen riesgo.
Facilitar que los vecinos puedan comunicar problemas.
Dar respuesta.
Informar de los plazos.
Y comprobar después que la reparación realmente funcionó.
La tecnología puede ayudar.
Pero ninguna aplicación sustituirá algo tan sencillo como caminar las calles.
Hay responsables públicos que deberían recorrer periódicamente los barrios sin comitiva.
Sin fotografía.
Sin itinerario preparado.
Caminar.
Mirar.
Intentar cruzar.
Sentarse.
Y quizá descubrirían problemas que desde un despacho parecen demasiado pequeños para entrar en una agenda.
La calidad de una ciudad no se mide únicamente por aquello que construye.
También por aquello que mantiene.
Y sobre todo por quién puede utilizarlo.
Una ciudad puede tener grandes edificios públicos y seguir siendo inaccesible.
Puede organizar cientos de actividades y dejar fuera a quien no consigue llegar hasta ellas.
Puede hablar de inclusión mientras una persona en silla de ruedas encuentra un obstáculo en cada esquina.
La inclusión comienza mucho antes de cualquier discurso.
Comienza en el suelo.
Por eso una acera rota no es únicamente cemento deteriorado.
Puede ser una caída esperando.
Una persona que decide no salir.
Un comercio que pierde un cliente.
Una autonomía que se reduce.
Una ciudad que, sin darse cuenta, selecciona quién puede recorrerla cómodamente y quién debe pedir ayuda.
Repararla puede parecer pequeño.
Pero para quien vuelve a caminar por ese lugar sin miedo es enorme.
Tal vez necesitemos aprender a valorar la política municipal desde otra escala.
No solamente por las grandes obras que podemos fotografiar desde lejos.
También por las pequeñas cosas que funcionan cuando miramos hacia abajo.
Porque una ciudad verdaderamente moderna no es la que construye más alto.
Es aquella en la que todos podemos caminar.
Vidal Bolaños, escritor y comunicador
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