En política municipal existe una distancia que el ciudadano conoce demasiado bien: la que separa anunciar que algo se va a hacer de poder utilizarlo finalmente. Entre ambos momentos caben expedientes, informes técnicos, licitaciones, modificaciones, retrasos, problemas inesperados y competencias administrativas. Todo eso existe y sería irresponsable negarlo. Sin embargo, cuando esa distancia se prolonga durante años, llega un momento en que la explicación técnica deja de ser suficiente.
El Mercado Municipal de Telde cerró sus puertas en 2018. Ocho años después, continúa siendo protagonista de anuncios relacionados con su futura recuperación. El Ayuntamiento informó este mes de nuevos pasos para adjudicar espacios gastronómicos, pero reconocía al mismo tiempo que seguían pendientes cuestiones esenciales, entre ellas la tramitación del suministro eléctrico, y que todavía no podía concretarse una fecha definitiva de reapertura.
No estoy planteando que una administración deba inventarse una fecha para satisfacer a quien pregunta. Sería todavía peor. Lo que planteo es que, después de ocho años, el debate debería cambiar. Ya no basta con informar de cada nuevo trámite como si estuviéramos ante la recta final. La ciudadanía necesita conocer qué queda realmente por hacer, qué obstáculos existen, quién debe resolverlos y cuál es el calendario razonable para que ese edificio vuelva a cumplir la función para la que fue rehabilitado.
Porque un procedimiento administrativo y una realidad ciudadana funcionan con relojes diferentes. Para la administración puede existir un expediente que avanza. Para quien tenía un puesto, para el comerciante que trabaja alrededor o para el ciudadano que contempla un mercado cerrado, lo que existe es simplemente una instalación que todavía no abre.
Y eso tiene consecuencias. Un mercado no es solamente un edificio donde se venden productos. Es movimiento comercial, relaciones entre vecinos, actividad económica, identidad urbana y capacidad para atraer personas hacia una zona. Cuando permanece cerrado durante años, la ciudad no pierde únicamente unos puestos de venta. Pierde una pieza de su estructura comercial.
Quizá uno de los grandes problemas de la comunicación política actual sea la enorme facilidad con la que confundimos etapas con resultados. Se anuncia una licitación y parece que la obra ya existe. Se aprueba un presupuesto y parece que el servicio ya está funcionando. Se publica una resolución y se presenta como si el problema hubiera desaparecido.
Pero una ciudad no vive de expedientes aprobados. Vive de servicios que funcionan.
Esto no significa despreciar el trabajo administrativo. Al contrario. Una administración responsable debe cumplir procedimientos, garantizar derechos y manejar con rigor el dinero público. Lo que significa es que deberíamos empezar a evaluar la política pública desde el punto de vista de quien la recibe.
Si hablamos de una biblioteca, importa cuándo abre.
Si hablamos de un aparcamiento, cuándo puede utilizarse.
Si hablamos de una carretera, cuándo deja de suponer un problema.
Y si hablamos del Mercado Municipal, el verdadero acontecimiento no será una nueva nota de prensa. Será la mañana en que los comerciantes puedan levantar la persiana y los vecinos volver a entrar.
También debemos acostumbrarnos a algo que parece revolucionario y no debería serlo: admitir los retrasos.
Un responsable público debería poder decir que un plazo no se cumplirá sin considerar que está confesando una derrota. Explicar por qué, señalar qué solución se está aplicando y proporcionar una nueva previsión realista genera mucha más confianza que anunciar continuamente que todo está «a punto».
Los ciudadanos entienden que gestionar es difícil.
Lo que cuesta mucho más entender es que una misma infraestructura pueda aparecer durante años en diferentes anuncios sin alcanzar el momento definitivo.
La credibilidad institucional se construye precisamente ahí. No prometiendo que nunca habrá dificultades, sino explicándolas y resolviéndolas.
Cuando el Mercado de Telde abra definitivamente habrá motivos para celebrarlo. Después de tantos años, comerciantes y ciudadanos se merecerán esa fotografía.
Pero la inauguración no debería servir para borrar la memoria de todo lo ocurrido hasta entonces. Debería servir también para aprender qué falló, por qué un proyecto de esta naturaleza tardó tanto y qué debemos cambiar para que otras infraestructuras municipales no recorran el mismo camino.
Telde necesita proyectos.
Necesita inversión.
Necesita recuperar espacios.
Pero sobre todo necesita que aquello que empieza termine.
Porque después de ocho años la pregunta ya no puede seguir siendo qué nuevo trámite se ha realizado.
La pregunta es muchísimo más sencilla:
¿Cuándo abre?
Vidal Bolaños, escritor y comunicador
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Un comentario
La concejal de Ciuca, Batista ni está ni se le espera porque no da soluciones solo hay que ver cómo tiene el mercadillo de Jinámar. Pero ha sabido cobrar un buen sueldo y lucir palmito.