Dicen que quien nada debe, nada teme. Por eso resulta tan revelador que, tras señalar las prácticas del periodismo de alcantarilla sin citar siglas ni nombres, el “periodista” de la mala praxis, en un ejercicio de auténtica cobardía, recurra a sus colaboradores más “cercanos” para la “vendetta” y hayan saltado como resortes.
Excusa no pedida, culpabilidad manifiesta. Llama la atención que, sin que nadie les pida explicaciones, se han dado por aludidos.
Han salido a la palestra no para rectificar, sino para posicionarse de parte y tratar de sostener el andamio de una mentira que ya se les cae encima.
No hay mejor confesión que darse por aludido cuando se habla de deshonestidad. Al intentar «justificar» una resolución judicial que no existe, estos mercenarios han abandonado cualquier pretensión de objetividad para construir su propia «verdad de diseño». Han decidido que, si la realidad judicial no les da la razón, peor para la realidad.
Es un espectáculo grotesco que, supuestos profesionales de la información —o al menos poseedores de un carné que así lo acredita o no— estén intentando explicar cómo una mentira puede ser verdad si se repite con suficiente cinismo.
No es un error de buena fe; es la reafirmación del daño. Al no pedir disculpas y reincidir en el relato falso sobre Artiles, están sellando su propio destino en los tribunales.
La estrategia es clara, si reconocen que el auto judicial de archivo y sobreseimiento de la causa fue un invento, el negocio del «enfangamiento» se les va por la proa. Por eso necesitan que su “audiencia” y quien les paga crea en esa realidad paralela donde los juzgados dictan lo que ellos dictaminan en sus reuniones de cartera.
Pero Telde ya no es territorio de sombras. La sentencia absolutoria está en el papel, y el auto que ellos pregonaron sigue siendo un fantasma en sus propias mentes oscuras y turbulentas.
Esa huida hacia adelante, intentando dar lecciones de “periodismo” mientras abrazan la calumnia, es el último refugio del que se sabe perdido. Al darse por aludidos, han admitido que el traje de «periodista de alcantarilla» le queda a la medida.
«La mentira necesita cómplices; la verdad solo necesita tiempo. Al intentar justificar lo inexistente e injustificable, no solo han faltado al respeto a un cargo público y a la justicia; han insultado la inteligencia de todo un pueblo.»
Ya no cabe el beneficio de la duda. Quien, ante la evidencia de la verdad, decide reafirmarse en la ficción, deja de ser un informador para ser un agitador de cloaca.
El anuncio de acciones judiciales ya no es una opción, es un deber cívico para que este tipo de «verdades a la carta» tengan, por fin, un precio que no puedan pagar.
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