Los comisarios de la FIA (Federación Internacional de la Apañada) no daban crédito en el paddock de Teror. La prestigiosa escudería Telde Racing Team, con nada menos que 675 años de trayectoria en el automovilismo tradicional, protagonizó este lunes uno de los episodios más bochornosos que se recuerdan en el Gran Premio del Pino.
Nadie vio venir semejante hecatombe táctica, sobre todo teniendo en cuenta que la carrera lleva celebrándose exactamente el mismo día desde tiempos inmemoriales. Pero en el muro de boxes de Telde el tiempo corre a otra velocidad. A escasos minutos de ondear la bandera verde, los mecánicos aún estaban remachando piezas, pegando flores a toda prisa y ajustando la carrocería en un intento desesperado por justificar un presupuesto de desarrollo de 4.000 euros que, a ojos de cualquier perito de la competición, parecía haberse invertido en un paquete aerodinámico de saldo.
La debacle estratégica ya se intuía en la logística: prometieron una flota de 11 camiones de transporte para la afición y solo aparecieron cinco en el circuito. Pero lo peor estaba por llegar a la línea de salida.
Telde se presentó en la parrilla sin pasar las verificaciones técnicas básicas. La unidad de potencia —dos bueyes de tracción animal pura— no encajaba con el chasis de la carreta debido a una chapuza clamorosa en el sistema de acople.
Al no cumplir con las medidas mínimas de seguridad obligatorias, Dirección de Carrera aplicó el reglamento con mano de hierro: penalización inmediata de 10 puestos en la parrilla. Del flamante puesto número 7, Telde fue relegada de golpe a la posición 17 del pelotón.
El bochorno no acabó ahí. Ante el riesgo inminente de que el bólido perdiera el eje delantero en plena chicane romera, los oficiales tuvieron que desplegar el Safety Car. La carreta quedó totalmente neutralizada en medio del asfalto hasta que los comisarios consiguieron solventar la avería con la técnica más sofisticada de la ingeniería aeroespacial canaria: amarrar el enganche como buenamente se pudo para evitar que los bueyes cruzaran la meta en solitario.
Los aficionados, los agricultores y los componentes del coro folclórico, que habían viajado hasta Teror con la ilusión de pelear por el podio, asistieron atónitos al espectáculo desde la grada. Mientras tanto, en el garaje municipal de Telde, los directores de equipo todavía intentan descifrar la telemetría para entender cómo una cita que se prepara con 365 días de margen logró convertirse en la mayor parada en boxes fallida de la historia insular. Vergüenza, ridículo y una investigación abierta en boxes que promete cola.
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