Existe una amplia repercusión mediática de una supuesta alerta de la CIA sobre un posible ataque ruso mediante drones “Gerbera” lanzados desde buques rusos mercantes en el Mediterráneo contra objetivos en España, Francia o Italia.
Diversos medios se han hecho eco de la información inicialmente adelantada por el Mundo.infodefensa y algún que otro más.
Sin embargo, también es importante señalar que algunos dirigentes europeos han pedido cautela; El presidente francés, Emmanuel Macron, afirmó que los servicios franceses no habían recibido esa alerta específica de la CIA, mientras que el ministro de Defensa italiano consideró que no existían confirmaciones suficientes para alimentar la alarma.
Con estos antecedentes, creo que un artículo de opinión sólido debe centrarse menos en si el ataque ocurrirá o no, y más en la obligación de cualquier gobierno responsable de prepararse ante amenazas plausibles, especialmente en un contexto de guerra híbrida.
¿Tomarnos en serio las advertencias o esperar al primer impacto?
Europa vive tiempos extraños. Tiempos en los que las guerras ya no siempre llegan precedidas por el rugido de los bombarderos o el avance de divisiones acorazadas. Hoy pueden llegar disfrazadas de ciberataque, de sabotaje a una infraestructura estratégica o, incluso, de un pequeño dron lanzado desde la cubierta anónima de un mercante perdido en la inmensidad del mar.
Durante los últimos días diversos medios de comunicación han difundido la existencia de una advertencia de la CIA a varios países europeos sobre un posible ataque ruso con drones lanzados desde buques situados en aguas internacionales del Mediterráneo. España, Francia e Italia figurarían entre los posibles objetivos.
No sabemos si esa amenaza llegará a materializarse. Tal vez nunca ocurra. Ojalá sea así.
Pero la cuestión verdaderamente importante no es si el ataque se producirá mañana, dentro de seis meses o jamás. La cuestión es otra mucho más sencilla: ¿Qué debe hacer un gobierno responsable cuando recibe una advertencia de ese calibre?
En la mar existe una vieja máxima conocida por cualquier marino: “es mejor prevenir una tormenta que lamentar un naufragio”.
Ningún capitán espera a ver el agua entrando por las escotillas para ordenar el cierre de puertas estancas. Ningún oficial sensato ignora un parte meteorológico porque el cielo todavía aparezca despejado. La prudencia siempre ha sido la mejor compañera de navegación.
Por eso sorprende escuchar a algunos analistas militares afirmar en TV, que España habría reaccionado con una tranquilidad excesiva ante esta información mientras otros países europeos aceleran medidas de vigilancia y protección de infraestructuras críticas.
Naturalmente, los gobiernos no pueden revelar todos sus movimientos. Es posible que se estén adoptando medidas discretas que la opinión pública desconozca. La seguridad nacional no suele desarrollarse bajo los focos de los platós televisivos.
Pero precisamente por eso resulta imprescindible transmitir a los ciudadanos una sensación de vigilancia activa y preparación permanente.
La amenaza de los drones baratos constituye una de las grandes revoluciones militares de nuestro tiempo; aparatos por otra parte, que cuestan una fracción de un misil convencional, pero pueden provocar cierres de aeropuertos, incendios en instalaciones sensibles o importantes perturbaciones económicas.
El objetivo ya no es destruir una ciudad. Basta con sembrar incertidumbre, miedo y desconfianza, y ahí radica el verdadero peligro.
“La guerra híbrida” persigue ganar terreno en la mente de las sociedades antes que en el campo de batalla. Busca debilitar la voluntad política de los países democráticos y erosionar el apoyo a determinadas decisiones estratégicas.
Por ello, aunque la alerta resulte exagerada o incluso termine siendo errónea, la respuesta adecuada nunca debería ser la indiferencia y, sobre todo, cuando los servicios de inteligencia de una potencia aliada como es la CIA de USA, emiten una advertencia, lo razonable es analizarla, contrastarla y prepararse.
“Sin alarmismo, pero sin ingenuidad”.
La historia europea está llena de ejemplos en los que las señales de peligro fueron menospreciadas porque parecían improbables. También está llena de ejemplos en los que la preparación evitó tragedias que jamás llegaron a producirse.
Y, al final, nadie critica a los bomberos por acudir a una llamada que termina siendo una falsa alarma.
Quizá la amenaza de esos drones ocultos en mercantes rusos nunca pase de ser una hipótesis. O quizá constituya el anticipo de una nueva forma de agresión contra Europa por parte del lunático con sueños de nuevo “Zar imperialistas” que es Vladimir Putin.
Lo que sí sabemos es que un Estado serio no puede permitirse el lujo de descubrirlo cuando el primer artefacto ya está sobrevolando su territorio.
En cuestiones de seguridad nacional, como en la navegación oceánica, la prudencia nunca sobra. Lo que sobra, casi siempre, es la confianza excesiva en que nada va a ocurrir.
Porque cuando el vigía avista un posible escollo en el horizonte, el buen capitán no se ríe del aviso. Ordena comprobar el rumbo y permanece alerta.
¿A ver si nos va a ocurrir como con el asalto a Ceuta por parte de Marruecos, el “amigo fiable” de Pedro Sánchez?
Los mauros de mi pueblo, de Telde, que lo serán y mucho, no te lo voy a negar a estas alturas, en estos casos de advertencia dicen… “Vigílame bien el bujero compadre, que, a conejo huido, palos a la madriguera. Y no te engaño si te digo que… ¡Casos se han dado!
¡Qué cosas!
Julio César González Padrón
Marino Mercante y escritor
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