Vivimos en una sociedad que presume de estar cada vez más conectada, pero en la que, paradójicamente, parece que nos cuesta demasiado ponernos en el lugar de los demás.
La polémica de las llamadas cuentas «curis», utilizadas para compartir publicaciones relacionadas con profesores y estudiantes, nos enfrenta nuevamente a una realidad incómoda: estamos permitiendo que determinadas formas de humillación se disfracen de entretenimiento.
Y lo verdaderamente preocupante no es solamente que existan estas cuentas, sino la facilidad con la que una publicación ofensiva puede recibir comentarios, risas y cientos de interacciones.
¿En qué momento hemos empezado a confundir la libertad de expresión con el supuesto derecho a ridiculizar a otra persona?
¿Desde cuándo el sufrimiento ajeno se ha convertido en una manera de conseguir seguidores?
La Policía Nacional ha advertido de que determinadas publicaciones pueden tener consecuencias legales. Pero no deberíamos necesitar la amenaza de una sanción para entender algo tan elemental como que nadie merece convertirse en objeto de escarnio público.
La situación adquiere todavía mayor gravedad cuando hablamos de menores de edad, personas que se encuentran construyendo su identidad, su autoestima y su manera de relacionarse con el mundo.
Una caricatura ofensiva, un comentario sobre el físico o una insinuación malintencionada pueden parecer algo insignificante para quien los publica. Sin embargo, para quien recibe las burlas pueden representar vergüenza, angustia y miedo a regresar al instituto al día siguiente.
Y aquí debemos hacernos otra pregunta: ¿dónde estamos los adultos?
Porque resulta demasiado cómodo señalar exclusivamente a los adolescentes mientras observamos cómo las personas adultas reproducen comportamientos similares en las redes sociales, convirtiendo la descalificación personal en una práctica cotidiana.
Después pretendemos que nuestros hijos actúen de una manera diferente.
La educación no puede limitarse a transmitir conocimientos académicos. También implica enseñar a convivir, a discrepar sin humillar y a comprender que nuestras acciones tienen consecuencias.
Por eso considero imprescindible que las familias recuperen espacios de conversación, que los centros educativos dispongan de recursos suficientes para trabajar la convivencia digital y que las administraciones no reaccionen únicamente cuando un caso alcanza repercusión mediática.
El acoso no comienza necesariamente con una gran agresión. A veces empieza con una pequeña burla que nadie detiene.
Con un comentario que se comparte.
Con una risa que encuentra demasiados cómplices.
Y con el silencio de quienes prefieren mirar hacia otro lado.
Canarias necesita tomarse en serio la prevención del ciberacoso, no solamente a través de campañas puntuales, sino mediante una educación continuada y cercana a la realidad que viven nuestros jóvenes.
Porque el respeto no debería enseñarse después de que alguien haya resultado herido. Debería formar parte de nuestra manera de relacionarnos desde el primer día.
Y si tenemos que recordar constantemente que detrás de una pantalla existe una persona, quizá el problema sea bastante más profundo que una nueva tendencia de TikTok.
Vidal Bolaños, escritor y comunicador
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