Las Palmas de Gran Canaria vive una situación que para miles de ciudadanos ya ha dejado de ser una anécdota para convertirse en una rutina desesperante. Calles colapsadas, largas colas de vehículos, desplazamientos que duplican o triplican su duración habitual y una sensación generalizada de que la ciudad ha perdido la fluidez que un día tuvo.
Lo preocupante no es solo el caos circulatorio. Lo verdaderamente grave es la aparente normalización del problema. Como si fuera inevitable. Como si los ciudadanos tuvieran que resignarse a perder horas de su vida dentro de un coche mientras nadie asume responsabilidades.
Siempre aparece una explicación para justificar lo injustificable. Si hace calor, es el cambio climático. Si hay retenciones, cualquier excusa parece servir antes que reconocer errores de planificación, de gestión o de ejecución de las obras. Sin embargo, quienes pasan cada día horas al volante no buscan explicaciones sofisticadas; buscan soluciones.
Muchos ciudadanos no pueden evitar establecer una comparación con la etapa de Augusto Hidalgo al frente del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. Durante su mandato, la MetroGuagua transformó la ciudad en un auténtico laberinto de obras, con calles levantadas durante años y una movilidad seriamente afectada. Ahora, desde el Cabildo de Gran Canaria, vuelve a ser objeto de críticas por unas obras que han convertido importantes accesos de la capital en un auténtico túnel sin salida, incluso en pleno mes de agosto, cuando tradicionalmente el tráfico era más fluido.
La pregunta que se hacen miles de conductores es inevitable: ¿cómo es posible que una ciudad llegue a este nivel de saturación precisamente en agosto? La planificación de las obras públicas debe facilitar la vida de los ciudadanos, no convertir cada desplazamiento en una prueba de resistencia.
Cada minuto atrapado en una cola tiene un coste. No solo económico. También personal. Es tiempo robado a la familia, al descanso y a la calidad de vida.
Lo más indignante es la sensación de que quienes toman las decisiones apenas sufren las consecuencias. Mientras miles de personas soportan el caos diario, desde los despachos llegan discursos que muchas veces parecen desconectados de la realidad que se vive en la calle.
Cada vez son más los ciudadanos que expresan abiertamente su hartazgo. No porque exista una obra concreta, sino porque la sensación es que la improvisación se ha instalado como forma de gestionar la movilidad de la isla. Y cuando esa percepción se mantiene durante años, la confianza termina por agotarse.
Los gran canarios son un pueblo paciente y cívico. Pero la paciencia no es infinita. Gobernar exige escuchar, rectificar cuando es necesario y ofrecer respuestas eficaces. Lo contrario solo alimenta la sensación de que quienes dirigen las instituciones se están riendo de la paciencia de los ciudadanos.
Las Palmas de Gran Canaria merece mucho más que resignarse al atasco permanente. Merece una movilidad planificada, una ciudad funcional y unos responsables públicos que antepongan el interés general a cualquier otra consideración.
Porque cuando una ciudad se paraliza día tras día, no solo se colapsa el tráfico. También se deteriora la confianza de los ciudadanos en quienes tienen la obligación de gestionar lo público. Y esa confianza, una vez perdida, es mucho más difícil de recuperar que cualquier carretera.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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