Hay palabras que, cuando se repiten demasiado, dejan de tener significado. En el nacionalismo canario está ocurriendo con una de las más importantes: la unidad. Se habla de ella constantemente. Parece que todo se reduce a unir siglas, sumar organizaciones y hacerse una foto. Pero la pregunta que casi nadie se atreve a hacer es la más importante de todas: ¿unidad para qué?.
Porque no toda unidad representa lo mismo.
La llamada «unidad nacionalista» que hoy gobierna Canarias no nace de un proyecto de transformación social. Viene de la derecha de siempre, de la derecha política que ha dominado históricamente las principales instituciones de las islas y que durante décadas ha gobernado de la mano del Partido Popular. Esa es la realidad. Por mucho que se envuelva en la bandera de Canarias, sigue siendo una unidad al servicio de un modelo económico profundamente conservador.
Además, esa mayoría no puede explicarse sin determinadas operaciones políticas que terminaron reforzando a la derecha. La incorporación de dirigentes como Teodoro Sosa, junto a otros responsables políticos que facilitaron nuevas mayorías institucionales favorables a Coalición Canaria y al Partido Popular, constituye para muchos ciudadanos un ejemplo de cómo los intereses de poder han terminado imponiéndose sobre los compromisos adquiridos con el electorado. Cuando el mantenimiento de un gobierno depende de cambios de posición política que alteran la voluntad expresada en las urnas, la desafección ciudadana aumenta y la confianza en las instituciones se resiente.
No se trata únicamente de cambiar unas siglas por otras. Se trata de una forma de entender la política donde las mayorías pueden modificarse mediante acuerdos de despacho mientras los problemas reales de la ciudadanía permanecen intactos. Esa forma de actuar explica buena parte del descrédito que hoy sufre la política.
Por eso resulta un error presentar esa alianza como si representara a todo el nacionalismo canario. No lo representa. Es una opción política concreta, conservadora y defensora del actual modelo económico.
Esa nunca será la unidad de la clase trabajadora, de la juventud que no puede acceder a una vivienda, de quienes viven de su salario o de quienes defienden un cambio profundo del modelo económico y social de Canarias.
En esa unidad no estaremos.
Porque la unidad no puede convertirse en una religión civil. No puede ser un fin en sí mismo. No puede convertirse en una obsesión mientras Canarias sigue teniendo los mismos problemas de siempre y quienes hablan de unidad son incapaces de ofrecer respuestas reales.
La unidad es un instrumento. Y los instrumentos sirven para algo. Si no sirven para cambiar la realidad, no son más que una palabra bonita.
Y Canarias ya ha tenido demasiadas palabras bonitas.
Lo que necesita es un proyecto.
Un proyecto claro, valiente y capaz de responder a las preocupaciones de la mayoría social.
Porque la realidad de Canarias es tozuda. Tenemos cifras récord de turistas y, al mismo tiempo, miles de jóvenes que no pueden emanciparse. Tenemos una economía que crece y trabajadores que no llegan a fin de mes. Tenemos más visitantes que nunca y una sensación cada vez mayor de que vivir en nuestras islas es más difícil que hace diez o veinte años.
El problema no es el turismo. El problema es haber convertido el turismo en el único horizonte económico posible. Ningún país serio apuesta todo su futuro a un único sector productivo. Canarias tampoco debería hacerlo. La diversificación económica ya no es un eslogan; es una necesidad estratégica. Apostar por la economía del conocimiento, la industria vinculada a la innovación, las energías renovables, la soberanía alimentaria o la economía azul debería formar parte de cualquier proyecto nacionalista que piense en las próximas generaciones y no únicamente en las próximas elecciones.
El éxito de Canarias no debe medirse por cuántos turistas llegan cada año. Debe medirse por la calidad de vida de quienes viven aquí durante todo el año.
Por eso necesitamos un nacionalismo que no tenga miedo a cuestionar el modelo actual. Un nacionalismo que diga claramente que las islas tienen límites territoriales, ambientales y sociales. La sostenibilidad no puede seguir siendo un eslogan publicitario mientras aumenta la presión urbanística, se deterioran los espacios naturales y se expulsa a la población de sus propios municipios por el precio de la vivienda.
Pero si existe un problema que resume todas las contradicciones del actual modelo es precisamente la vivienda. Miles de jóvenes no pueden independizarse. Muchas familias destinan más de la mitad de su salario al alquiler. Trabajadores con empleo estable no pueden vivir donde trabajan. Eso no es progreso. Es la consecuencia directa de haber dejado un derecho fundamental en manos de la especulación.
La vivienda debe convertirse en una prioridad nacional.
Todo ello exige algo más difícil que una simple coalición electoral. Exige una profunda renovación política.
Porque también el nacionalismo progresista atraviesa una crisis de liderazgo, de proyecto y de credibilidad. Durante demasiado tiempo ha discutido sobre sus propias diferencias mientras la sociedad discutía sobre salarios, alquileres, sanidad, educación o pobreza.
No basta con reclamar unidad. Hace falta construir una alternativa reconocible.
Una alternativa que no aspire únicamente a ocupar instituciones, sino a transformar la realidad.
Canarias necesita un nacionalismo moderno, progresista, ecologista, feminista y profundamente democrático. Un nacionalismo que vuelva a conectar con la mayoría social, especialmente con una generación de jóvenes que apenas encuentra motivos para confiar en la política.
La ciudadanía no espera una nueva suma de siglas. Espera una fuerza política que vuelva a ilusionar, que diga la verdad aunque resulte incómoda y que sea capaz de enfrentarse a quienes se benefician del actual modelo de desarrollo.
Porque no basta con tener razón.
Hay que construir mayorías sociales.
Hay que ofrecer esperanza.
Y eso solo será posible si el nacionalismo deja de mirar hacia dentro y empieza a mirar hacia la sociedad.
La unidad sin proyecto es únicamente una fotografía.
La unidad sin principios acaba siendo una coartada.
La unidad sin transformación solo sirve para conservar el poder de quienes siempre lo han tenido.
La unidad que merece la pena no es la que protege gobiernos. Es la que mejora la vida de la gente.
Esa sigue siendo la tarea pendiente del nacionalismo progresista canario.
Fernando Álvarez Ruano. Funcionario de Correos (Jubilado)
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