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«LA ESTAFA YA NO LLAMA A LA PUERTA: ENTRA POR EL MÓVIL»

El teléfono vibra.

Un mensaje.

«Se ha detectado una operación sospechosa».

Hay un número al que llamar.

Una advertencia.

Urgencia.

Quizá incluso el nombre de nuestro banco.

Y entonces aparece el miedo.

No hace falta que alguien fuerce una puerta, robe una cartera o espere en una esquina.

El delincuente puede estar a cientos de kilómetros.

La víctima puede encontrarse tranquilamente sentada en el sofá de su casa.

Hoy, 18 de agosto, se ha conocido una nueva investigación relacionada con una estafa bancaria mediante el denominado método del falso gestor. El mecanismo vuelve a recordarnos hasta qué punto la delincuencia ha aprendido a utilizar nuestras herramientas cotidianas y, especialmente, algo profundamente humano: el miedo a perder aquello que tenemos.

La cuestión ya no es simplemente saber utilizar un teléfono móvil.

El nuevo desafío consiste en aprender a desconfiar de él cuando aparentemente todo parece verdad.

Durante años relacionamos la brecha digital con no saber manejar nuevas tecnologías.

Pensábamos en personas que tenían dificultades para utilizar internet, pedir una cita, descargar una aplicación o realizar una gestión administrativa.

Ese problema continúa existiendo.

Pero ha surgido otro.

Ahora hay que enseñar también a defenderse.

Porque los delincuentes digitales no necesitan que una víctima sea ingenua.

Necesitan que tenga miedo durante treinta segundos.

Ese es el verdadero mecanismo de muchos fraudes.

La urgencia.

«Su cuenta será bloqueada».

«Se está realizando una transferencia».

«Confirme inmediatamente».

«Hemos detectado un acceso».

El objetivo es evitar que pensemos.

Conseguir que reaccionemos.

La tecnología permite crear escenarios cada vez más convincentes. Un mensaje puede parecer legítimo. Una llamada puede sonar profesional. Quien está al otro lado puede conocer nuestro nombre o algún dato personal.

Y cuanto más digitalizamos nuestra vida, mayores son las consecuencias cuando alguien consigue acceder a ella.

Dentro del teléfono ya no guardamos únicamente fotografías.

Tenemos correo electrónico.

Contactos.

Aplicaciones bancarias.

Documentos.

Conversaciones.

Contraseñas.

Acceso a servicios.

Parte de nuestra identidad cabe en un dispositivo que llevamos permanentemente en el bolsillo.

Por eso la ciberseguridad ha dejado de ser una cuestión reservada a informáticos.

Es educación ciudadana.

Deberíamos enseñarla en colegios.

En institutos.

En asociaciones vecinales.

En centros de mayores.

En administraciones.

En empresas.

Una charla puntual una vez al año no es suficiente.

Los fraudes evolucionan demasiado rápido.

Y existe una parte especialmente importante de este problema: dejar de ridiculizar a las víctimas.

Todavía ocurre.

Cuando alguien explica que fue engañado aparecen comentarios del tipo:

«¿Cómo pudo caer?»

«Era evidente».

«Yo nunca haría eso».

Esa seguridad puede convertirse precisamente en nuestra mayor debilidad.

Porque el engaño moderno no siempre parece un engaño.

Los delincuentes estudian comportamientos.

Conocen cómo se comunica una empresa.

Imitan diseños.

Generan urgencia.

Utilizan ingeniería social.

Y esperan el momento exacto en que alguien está cansado, preocupado, distraído o simplemente asustado.

Cualquiera puede equivocarse.

La protección comienza precisamente cuando abandonamos la idea de que solamente les ocurre a otros.

También necesitamos revisar la forma en que administraciones y empresas comunican mensajes legítimos.

Si acostumbramos a la ciudadanía a recibir permanentemente enlaces, códigos, avisos y gestiones digitales, debemos acompañar ese proceso con normas extremadamente claras.

Una persona debería saber qué cosas nunca le pedirá su banco.

Qué procedimiento utilizar ante una sospecha.

Dónde comprobar una comunicación.

A quién llamar.

Qué hacer durante los primeros minutos después de detectar un posible fraude.

La alfabetización digital del siglo XXI no consiste simplemente en enseñar a abrir una aplicación.

Consiste en comprender el riesgo.

Y aquí los mayores merecen especial atención, aunque sería un error considerar que son las únicas víctimas posibles.

Hay personas que durante toda su vida aprendieron que una llamada del banco era una comunicación seria.

Que cuando alguien se presentaba como profesional existían determinados códigos de confianza.

Ahora deben desenvolverse en un entorno donde la voz al otro lado del teléfono puede no ser quien dice ser.

No podemos pedirles simplemente que «tengan cuidado».

Tenemos que proporcionar herramientas.

Una de ellas debería convertirse casi en una costumbre colectiva:

cuando alguien te meta prisa con tu dinero, detente.

Cuelga.

No utilices el teléfono que aparece en el mensaje.

Busca por otro medio el contacto oficial.

Consulta con alguien.

Comprueba.

Cinco minutos pueden marcar la diferencia entre una alarma falsa y una pérdida económica considerable.

INCIBE ha advertido precisamente de campañas que utilizan SMS para provocar que la víctima llame a un supuesto teléfono de su banco, así como de llamadas en las que falsos agentes generan miedo alegando cargos o problemas urgentes en la cuenta.

Pero además de enseñar prevención necesitamos crear confianza para denunciar.

Quien ha sufrido una estafa puede sentir vergüenza.

Y esa vergüenza beneficia únicamente al delincuente.

Hablar permite advertir a otros.

Denunciar permite investigar.

Compartir el método utilizado ayuda a reconocerlo la próxima vez.

La mejor defensa colectiva frente al fraude es que sus mecanismos dejen de ser secretos.

Probablemente nunca conseguiremos eliminar todos los engaños digitales.

Cada avance tecnológico trae oportunidades y también nuevas formas de abuso.

Pero sí podemos construir una sociedad mucho más difícil de engañar.

No mediante miedo a la tecnología.

Mediante conocimiento.

El futuro no puede consistir en recomendar a nuestros mayores que no utilicen banca digital, ni en desconfiar de cada herramienta nueva.

Tiene que consistir en ofrecer educación suficiente para utilizarlas con autonomía y seguridad.

Quizá necesitemos recuperar una vieja costumbre adaptada al mundo moderno.

Antes, cuando aparecía un desconocido en la puerta, preguntábamos quién era antes de abrir.

Hoy el desconocido puede llegar dentro de un SMS.

La puerta ha cambiado.

La prudencia no debería hacerlo.

Porque protegernos digitalmente empieza por recordar algo sorprendentemente sencillo:

ninguna urgencia bancaria debería ser más urgente que detenernos unos segundos a pensar.

Vidal Bolaños, escritor y comunicador
 
 
 

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