Hablar con Julio González Padrón es embarcarse en una travesía por la memoria de Telde, por la mar, por la literatura y por una vida contada sin anestesia. Marino de profesión, escritor prolífico y voz incómoda para el poder, repasa en esta conversación su trayectoria vital, su profundo vínculo con la ciudad y su desencanto con una clase política a la que acusa, sin rodeos, de haberle fallado.
Julio se define a sí mismo como un “marinero de muchas aguas”, una expresión que resume bien una existencia marcada por el oficio en la mar. De hecho, aún conserva intacto el recuerdo de uno de los episodios más duros de su juventud, cuando siendo tercer oficial en un barco inglés, rumbo a América, se vio atrapado por un violento temporal. “Aquel día creí en Dios de verdad”, recuerda, evocando el miedo que pasó con apenas 26 o 27 años.
Su verdadera carrera profesional la desarrolló en Naviera Pinillos, empresa a la que sigue sintiendo como propia pese a su posterior absorción por el Grupo Boluda. De hecho, deja clara esa fidelidad emocional con una frase que repite con convicción: “Yo no trabajaba en Boluda, yo trabajaba en Pinillos. A mí me compró el Grupo Boluda, pero yo soy pinillero total”. En Pinillos, explica, vivió todas las etapas, desde el trabajo en el mar hasta su nombramiento como delegado en Canarias, primero a nivel provincial y después en Las Palmas.
Pero Julio González Padrón no es solo marino. Su apellido remite además a una familia profundamente ligada a la historia sentimental de Telde. Hermano del cronista oficial Antonio María González Padrón e hijo de Don Luis, reivindica con orgullo el peso de una saga muy conocida en la ciudad. Al recordar a su padre, se le ilumina la memoria con anécdotas que retratan el cariño popular que despertaba. No en vano, en Telde no se hablaba del Banco Central, sino del “Banco Don Luis”, porque la gente identificaba la entidad con la figura cercana de su progenitor.
Ese recuerdo da pie a algunas historias tan entrañables como reveladoras. Una de ellas es la de un amigo del instituto que, buscando la casa familiar, preguntó por la calle Tomás Morales y recibió como respuesta que aquello “estaba en Las Palmas”, hasta que aclaró que iba a la casa del hijo de Don Luis. Entonces sí: “¡Ah, Don Luis, el de la tienda!”. También rememora cómo, tras caer un premio gordo de lotería en Telde, desde la central bancaria en Las Palmas no entendían por qué nadie identificaba al Banco Central, hasta descubrir que en la ciudad todos seguían llamándolo por el nombre de su padre.
La figura de Don Luis aparece además ligada a un modo de entender la banca muy distinto al actual, más humano y próximo al vecino humilde. Julio lo recuerda como el “banco de los pobres”, alguien que daba confianza y crédito cuando más falta hacía. Incluso rememora un episodio en el que su padre se jugó su prestigio y su tranquilidad defendiendo a agricultores arruinados tras un devastador temporal que arrasó invernaderos. Frente a la frialdad de los despachos, Don Luis salió a la calle para tranquilizar a la gente y mantenerles el apoyo financiero. Aquella defensa le costó una enorme tensión personal, pero también consolidó la huella que dejó en la ciudad.
Esa mezcla de memoria, identidad y compromiso explica también el orgullo con el que Julio habla siempre de Telde. “Cuando navegaba nunca decía que era español; decía que era de Telde”, asegura. Cuenta incluso una anécdota vivida en Inglaterra, cuando un práctico reconoció de inmediato el nombre de la ciudad porque de niño había visitado Gran Canaria con su familia. Por eso le duele especialmente, dice, el deterioro y el abandono que observa en algunos espacios emblemáticos del municipio, como Los Picachos, cuyo desplome asegura haber denunciado días antes de que se produjera. Décadas después, lamenta que las promesas políticas hayan quedado en nada.
A esa biografía marinera se suma una intensa faceta literaria. Julio revela que tiene 15 libros publicados y que trabaja ya en el número 16, vinculado a una trilogía protagonizada por el capitán Smith. Sin embargo, ni siquiera en el mundo editorial se ha librado de la decepción. Relata que descubrió por casualidad que una de sus novelas, La maldición del negro, había vendido más de 4.000 ejemplares en Sudamérica sin que él percibiera ingresos por ello. “No le voy a reclamar nada, pero Julio González no te vuelve a oler en tu vida”, afirma que le dijo al editor, dando por rota cualquier relación futura.
Si en lo literario habla de engaño, en el plano político utiliza directamente la palabra desencanto. Su enfado tiene nombres, apellidos y una factura económica concreta: cerca de 13.000 euros que asegura haber asumido de su bolsillo entre operación, pruebas médicas, abogado y juicio, después de un accidente que atribuye al mal estado de la vía pública. Denuncia que el seguro del Ayuntamiento no actuó y apunta incluso a que pudo deberse a impagos de las primas durante años. Más allá del dinero, lo que le duele es haberse sentido abandonado por quienes, dice, le prometieron ayuda. “No me pagaron. Se los regalo al pueblo de Telde, pero esto lo van a pagar políticamente”, advierte.
Ese malestar ha derivado en una enmienda a la totalidad contra los partidos. Julio no oculta su decepción con unos y con otros, hasta el punto de anunciar que, de cara a futuras elecciones, hará campaña pública para defender el voto en blanco. “No me merece respeto ninguno”, sentencia al referirse a la clase política. Aclara que no dejará de votar porque considera que abstenerse sería una cobardía, pero sí quiere que conste su rechazo activo a todos los bloques ideológicos: “No me fío ni de la izquierda ni de la derecha, porque para mí todos son iguales”.
Su mirada crítica se extiende también al debate sobre la llamada memoria histórica, terreno en el que se ha significado especialmente al pedir la retirada del busto de Ernesto Che Guevara en Telde. Explica que de joven admiró al revolucionario argentino, pero que con el tiempo, al conocer aspectos de su biografía y algunas de sus declaraciones, cambió radicalmente de opinión. Hoy sostiene que no puede entender que en un espacio público se rinda homenaje a alguien a quien considera un “criminal” y un referente incompatible con los valores democráticos.
Pese a su vehemencia, Julio insiste en que habla con libertad porque no depende económicamente de nadie. Asegura que nunca ha querido cobrar por sus colaboraciones en medios de comunicación, precisamente para preservar su independencia. “Yo quiero hablar con la libertad de los condenados, y desde el momento que cobre me convierto en un esclavo”, afirma. Salvo una vieja desavenencia personal que mantiene vetado un medio concreto, sostiene que en general se ha sentido escuchado y valorado en las emisoras y espacios en los que participa.
A sus años, Julio González Padrón sigue siendo una voz inconfundible: apasionada, indomable y profundamente. Marino, escritor, polemista y memorialista de una ciudad que lleva por el mundo como una bandera, no parece dispuesto a callarse. Al contrario: reivindica su derecho a opinar, a denunciar y a incomodar. Y lo hace con la misma firmeza con la que ha atravesado temporales, escrito libros y defendido el nombre de Telde dentro y fuera de la isla.
Manuel Ramón Santana
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