Hay preguntas que conviene hacerse incluso cuando las cosas parecen funcionar. Sobre todo cuando hablamos de cultura, de dinero público y de proyectos que forman parte de la identidad de un municipio. El Festival Internacional de Cine de Gáldar ha conseguido consolidar su nombre, crecer en participación y convertirse en una cita reconocible dentro del panorama cultural canario. Pero ese crecimiento también debería invitarnos a reflexionar sobre el rumbo que está tomando y sobre algo que considero fundamental: si estamos prestando suficiente atención a aquello que hizo especial al festival durante sus primeros años.
Porque el FIC Gáldar es, o al menos debería ser, mucho más que una alfombra roja. Mucho más que una gala, una fotografía junto a una personalidad conocida o una publicación en redes sociales mostrando quién asistió al acto de clausura. El cine no comienza cuando aparecen los flashes ni termina cuando se entrega el último premio. El cine es creación, educación, memoria, participación y una oportunidad para que personas que nunca han tenido acceso al mundo audiovisual descubran que también pueden contar sus propias historias.
Resulta positivo conocer que Gáldar Rueda ha alcanzado las 370 inscripciones, un treinta por ciento más que en la edición anterior. Son cifras que demuestran el atractivo de una iniciativa capaz de reunir a numerosos participantes alrededor de la creación cinematográfica. Pero las cifras, por sí solas, no explican todo lo que necesitamos saber. La pregunta es qué oportunidades reales genera esa participación y qué queda cuando finaliza el festival. Porque sumar inscritos es importante, pero todavía lo sería más conseguir que quienes participan encuentren posteriormente posibilidades de formación, colaboración y desarrollo creativo.
En los primeros años del FIC Gáldar existía una cercanía con el municipio que considero necesario reivindicar. El festival no debía entenderse exclusivamente como un acontecimiento destinado a quienes ya estaban vinculados al sector cinematográfico, sino como una oportunidad para que la ciudadanía se acercara a una manifestación cultural que muchas veces parece reservada a unos pocos. Iniciativas como Los Barrios Ruedan representaban precisamente esa voluntad de llevar el cine más allá de los espacios habituales y de abrir la participación a distintas realidades del municipio.
Y aquí surge una cuestión que no deberíamos pasar por alto: ¿dónde quedan nuestros barrios en la imagen que proyectamos del festival? ¿Qué protagonismo tienen sus vecinos, sus asociaciones, sus jóvenes, sus mayores y sus historias? Gáldar no es solamente el casco urbano donde se concentran buena parte de los grandes actos institucionales y culturales. Gáldar también es Sardina, Barrial, La Atalaya, San Isidro, Marmolejos, Caideros, Juncalillo, Saucillo, Fagajesto y tantos otros lugares que forman parte de nuestra identidad. Cada uno posee una riqueza humana, histórica y cultural que merece ser descubierta y compartida.
No creo que sea una aspiración desmesurada plantear que un festival internacional de cine reserve un espacio relevante para trabajar directamente con esos barrios. No hablo simplemente de desplazarse hasta ellos para realizar alguna actividad puntual o utilizar sus paisajes como escenarios de rodaje. Hablo de incorporar a sus vecinos al proceso creativo, ofrecer talleres, organizar proyecciones, recoger testimonios y convertir sus historias en obras audiovisuales que posteriormente puedan presentarse al público.
Sería interesante comprobar cómo un grupo de jóvenes realiza un documental sobre los pescadores de Sardina, cómo los mayores de Juncalillo cuentan sus vivencias ante una cámara o cómo una asociación vecinal participa en un cortometraje dedicado a las transformaciones de su barrio. Ese tipo de iniciativas permitiría conservar una memoria colectiva que muchas veces desaparece sin que nadie llegue a registrarla. Y supondría un legado cultural que trascendería ampliamente los días de celebración del festival.
También deberíamos preguntarnos si estamos aprovechando suficientemente el potencial educativo de este acontecimiento. Un festival de cine puede convertirse en una magnífica escuela de creatividad para nuestros niños y jóvenes. Aprender a escribir un guion, utilizar una cámara, interpretar un personaje o editar una pequeña película son experiencias que pueden despertar vocaciones y desarrollar capacidades personales. No todo el mundo llegará a trabajar profesionalmente en la industria audiovisual, pero todos pueden beneficiarse de una educación que fomente la expresión, la imaginación y el pensamiento crítico.
Por eso considero que el FIC Gáldar debería aspirar a convertirse en un proyecto cultural con presencia durante todo el año. Las actividades formativas que se desarrollan en torno al festival son valiosas, pero podrían integrarse en una programación más amplia, coordinada con centros educativos, asociaciones, colectivos culturales y profesionales del sector. No tendría por qué ser una estructura desmesurada ni especialmente costosa. Bastaría con establecer objetivos claros, aprovechar recursos existentes y garantizar continuidad a las iniciativas que demuestren utilidad.
El crecimiento de Gáldar Rueda ofrece precisamente una oportunidad para impulsar esa idea. Si existe capacidad para movilizar a centenares de personas alrededor de la creación de cortometrajes, también debería estudiarse cómo mantener parte de ese entusiasmo una vez que concluye la competición. Un laboratorio audiovisual, encuentros periódicos, asesoramiento a proyectos y fórmulas de acceso compartido a equipos podrían ayudar a quienes desean seguir desarrollando sus capacidades.
Otra cuestión que merece atención es el espacio reservado al talento local. No podemos permitir que el atractivo de los invitados conocidos termine relegando a un segundo plano a quienes trabajan silenciosamente por abrirse camino en el mundo de la cultura. Gáldar y el conjunto del Norte de Gran Canaria cuentan con personas dedicadas a la interpretación, la escritura, la fotografía, la música, el teatro y la creación audiovisual. Sus conocimientos y experiencias podrían enriquecer enormemente el festival si existieran más espacios de colaboración y participación.
No tengo nada en contra de las galas ni de las alfombras rojas. Entiendo que forman parte de la promoción de un acontecimiento cinematográfico y que contribuyen a generar repercusión. Lo que cuestiono es que terminemos confundiendo esa repercusión con el verdadero impacto cultural. Una fotografía con un actor conocido puede circular durante unos días y conseguir miles de visualizaciones. Un taller que despierta la vocación cinematográfica de un joven puede cambiar su vida. Y un documental que recoge las experiencias de nuestros mayores puede conservar durante décadas una parte de nuestra historia.
Son formas distintas de entender el éxito, pero considero que las segundas deberían tener tanto protagonismo como las primeras.
También debemos ser capaces de hablar del papel de las instituciones sin convertir cualquier observación crítica en un enfrentamiento político. El FIC Gáldar cuenta con apoyo institucional y, precisamente por ello, es razonable que la ciudadanía pueda preguntarse por sus prioridades, su alcance territorial y sus resultados. No basta con conocer cuánto crece un festival o cuántas personas participan en sus actividades. También sería útil disponer de información sobre las oportunidades generadas, la presencia de creadores locales, la participación de los barrios y la continuidad de los proyectos que nacen a su alrededor.
La cultura sostenida con recursos públicos debe aspirar a generar beneficios sociales amplios y accesibles. Esto no significa que todas las actividades tengan que celebrarse en todos los barrios ni que cada programación deba responder a todas las demandas existentes. Significa que la distribución de oportunidades debería formar parte de la planificación y que ningún colectivo tendría que sentirse ajeno a un acontecimiento presentado como uno de los grandes referentes culturales del municipio.
Sería igualmente enriquecedor que la organización abriera canales de participación para escuchar propuestas de asociaciones vecinales, profesionales audiovisuales, centros educativos y colectivos culturales. Estoy convencido de que de ese diálogo podrían surgir iniciativas interesantes, algunas sencillas y otras más ambiciosas, capaces de fortalecer el festival sin renunciar a su dimensión internacional.
Porque esta reflexión no pretende negar lo conseguido. El FIC Gáldar ha desarrollado actividades formativas, proyecciones y encuentros que merecen reconocimiento. Tampoco pretendo desmerecer a quienes trabajan para sacar adelante cada edición, porque organizar un acontecimiento de estas características exige esfuerzo, profesionalidad y compromiso. Pero el reconocimiento no debería impedirnos señalar que siempre existen posibilidades de mejora y que, en ocasiones, crecer también exige recuperar determinadas ideas que quedaron relegadas por el camino.
La esencia de un festival no se mide únicamente por su capacidad para atraer visitantes o conseguir repercusión mediática. También se mide por la relación que mantiene con la comunidad que lo acoge. Y ahí considero que Gáldar posee una oportunidad extraordinaria. Tenemos historia, patrimonio, barrios llenos de vivencias, profesionales culturales, jóvenes con inquietudes y personas mayores cuya memoria constituye una fuente inagotable de historias cinematográficas.
Disponemos, por tanto, de mucho más que un escenario para organizar una gala. Tenemos un municipio entero que puede convertirse en protagonista de un proyecto audiovisual con verdadera personalidad.
Quizá haya llegado el momento de recuperar con fuerza aquellas iniciativas que buscaban acercar el cine a la ciudadanía y darles una dimensión acorde con el crecimiento actual del festival. Quizá sea necesario revisar qué papel pueden desempeñar los barrios, cómo ampliar la participación de los centros educativos y de qué manera aprovechar el talento local. Y quizá también debamos preguntarnos si el recuerdo que queremos dejar de cada edición debe limitarse a una ceremonia de clausura o si aspiramos a construir algo que permanezca mucho después.
Personalmente, tengo clara mi respuesta. Quiero un FIC Gáldar que siga creciendo y que continúe atrayendo a profesionales de prestigio, pero que no olvide que su principal fortaleza está en el territorio que le da nombre. Un festival donde las estrellas invitadas compartan protagonismo con los jóvenes creadores, donde los vecinos tengan oportunidades para contar sus historias y donde la programación no se concentre exclusivamente en los espacios habituales.
No necesitamos renunciar a la alfombra roja. Necesitamos recordar que detrás de ella existe todo un municipio que también merece aparecer en pantalla.
Porque cuando termine el festival, desaparezcan las cámaras de los medios y se desmonten los escenarios, lo verdaderamente importante será comprobar qué ha quedado para Gáldar. Si hemos generado oportunidades, si hemos recuperado parte de nuestra memoria, si hemos despertado nuevas inquietudes culturales y si nuestros barrios se han sentido partícipes de un acontecimiento que también les pertenece.
El cine tiene una capacidad extraordinaria para iluminar realidades que normalmente permanecen fuera de foco. Sería una contradicción que un festival nacido en Gáldar perdiera la oportunidad de dirigir esa mirada hacia su propia gente.
El FIC Gáldar puede y debe ser un escaparate internacional, pero también una ventana abierta a nuestras calles, nuestros barrios, nuestras historias y nuestras inquietudes. Recuperar esa cercanía no sería retroceder, sino fortalecer su identidad y garantizar que su crecimiento tenga un significado más profundo.
Porque al final, el mejor festival no será necesariamente el que consiga reunir más famosos alrededor de una alfombra roja, sino aquel que permita que un joven de Caideros, una vecina de Sardina, un estudiante de Barrial o un creador de cualquier rincón del municipio descubra que su historia también merece ser contada.
Que el FIC Gáldar siga mirando al mundo, por supuesto, pero que nunca deje de mirar hacia Gáldar. Porque un festival que presume de llevar el nombre de nuestro municipio debe conseguir también que sus vecinos se reconozcan como auténticos protagonistas de su historia.
Vidal Bolaños, escritor y comunicador
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