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EL ‘PULSO’ DE JUAN SANTANA EN ONDA GUANCHE, ENTRE LA RAÍZ Y EL RUIDO: EMOCIÓN, MEMORIA… Y PROMESAS QUE NO ARRANCAN EN TELDE

El Programa El Pulso que se emite a través de la Radio Digital de la Plataforma de Onda Guanche lo tienen claro: aquí no se viene a decorar la realidad, se viene a contarla. Sin filtros. Sin permisos. Sin miedo.

Así arrancó una nueva entrega de El Pulso, el espacio dirigido por Juan Santana, con una doble cara que retrata perfectamente el momento actual de Telde: la emoción de nuestras raíces frente al cansancio de las promesas políticas que nunca terminan de materializarse.

La primera parte del programa fue un soplo de aire limpio. Cultura, identidad, memoria. La protagonista: Angélica Pérez Casañas.

Desde El Hierro —esa isla que parece vivir al margen del ruido—, la artista ofreció algo que no se puede fingir: autenticidad. Su proyecto Tierra, Mar y Alma no es un espectáculo más, es un viaje emocional donde la tradición no se exhibe… se respira.

Con la herencia de Valentina la de Sabinosa como guía, Angélica representa esa Canarias que no necesita artificios. Una Canarias que canta desde dentro, que mezcla pasado y presente sin perder el respeto por la raíz.

Y ahí está la clave: emoción real.

Porque cuando una artista logra que el público sienta, recuerde y se reconozca, no hace falta marketing. Hace falta verdad.

Y eso, en los tiempos que corren, ya es mucho decir.

Del aplauso al silencio: el parking que nunca llega

Pero El Pulso no se queda en lo bonito. Porque la realidad también existe. Y en Telde, la realidad tiene nombre propio: el parking de San Gregorio.

Un proyecto que fue presentado con entusiasmo, cámaras y discursos en cadena. Una promesa vendida como avance histórico. Una obra que, según dijeron, estaba a punto de arrancar.

En el escenario político aparecieron nombres conocidos: Carlos Ester, Mónica Muñoz, María González Calderín e Iván Sánchez.

Todos coincidían en el mismo guion: el parking era una realidad,
las obras empezaban ya, Telde avanzaba.

Un año después, la única obra visible es la naturaleza haciendo su trabajo.

Ni maquinaria, ni avances, ni rastro del progreso anunciado.

Solo abandono.

Y una pregunta en el aire: ¿en qué momento el titular sustituyó a la realidad?

Porque en Telde se ha instaurado una curiosa forma de gobernar: primero se inaugura el anuncio… y después, si eso, ya veremos la obra.

La política del aplauso… sin obra

Lo verdaderamente llamativo no es que se prometiera. Prometer es fácil.

Lo llamativo es el nivel alcanzado: felicitarse públicamente por un proyecto que aún no existe.

Eso ya no es optimismo político. Eso es narrativa creativa.

Mientras tanto, los vecinos siguen esperando.

Esperando obras.

Esperando soluciones.

Esperando licencias que parecen viajar a velocidad del siglo pasado.

Porque en Telde, reformar tu casa ya no es un trámite. Es casi una experiencia espiritual.

Dos velocidades… y una sola paciencia agotándose

El programa dejó una imagen muy clara: Telde vive en dos realidades paralelas.

Una, la de quienes construyen desde la cultura, el esfuerzo y la identidad.
La otra, la de quienes gobiernan a golpe de titular.

Y el problema no es solo la distancia entre ambas.
El problema es que cada vez se nota más.

Porque aquí ya no se trata de partidos.

Se trata de credibilidad.

Y cuando prometes, te aplaudes… y no cumples, lo que se rompe no es el proyecto.

Es la confianza de la gente.

El Pulso cerró como empezó: recordando que la verdad siempre está ahí, aunque algunos prefieran no mirarla.

Y mientras unos siguen repitiendo anuncios del pasado, los vecinos siguen viviendo el presente.

Un presente sin obras.

Sin avances.

Y con demasiadas promesas recicladas.

Porque en Telde ya no hay un problema de expectativas.

Hay un problema de memoria.

Y la memoria —a diferencia de algunos discursos— no se puede tapar con aplausos.

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