La declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional reconoce el valor de la celebración, pero su verdadera grandeza continúa estando en los peregrinos, las familias, los barrios, el folclore y una devoción que ninguna institución puede apropiarse.
Por Vidal Bolaños
Cada septiembre, los representantes públicos acuden a Teror, ocupan los lugares reservados, participan en las recepciones oficiales y aparecen en las fotografías junto a la Virgen del Pino.
Es parte del protocolo y no tendría por qué existir ningún problema. Las instituciones también representan a la sociedad y deben respaldar una celebración que pertenece a la historia de Gran Canaria.
El problema comienza cuando alguien confunde representación con propiedad.
La Virgen del Pino no pertenece a ningún partido, gobierno, ayuntamiento o autoridad. Tampoco pertenece exclusivamente a quienes ocupan las primeras filas durante la misa solemne. Pertenece al pueblo que ha mantenido viva su devoción durante siglos.
Pertenece a la mujer que camina con dificultad porque hizo una promesa. Al trabajador que termina su jornada y comienza de madrugada el camino hacia Teror. A los músicos que ensayan durante semanas. A quienes preparan las carretas y a los vecinos que entregan productos para la ofrenda.
También pertenece a quienes ya no creen de la misma manera, pero siguen reconociendo que alrededor del Pino se reúne una parte profunda de la identidad de Gran Canaria.
Este año la celebración estrena su declaración como Fiesta de Interés Turístico Nacional. El reconocimiento fue concedido mediante una resolución de la Secretaría de Estado de Turismo y publicado oficialmente en el Boletín Oficial del Estado.
Es una distinción importante. Reconoce la antigüedad, el arraigo, la diversidad, el valor cultural y la capacidad de atracción de una fiesta que cada año reúne a cientos de miles de personas.
Pero debemos evitar que el título termine convirtiendo una expresión popular y religiosa en un producto turístico diseñado únicamente para ser fotografiado y vendido.
El Pino no necesita perder su verdad para ganar visitantes.
Quien llegue a Teror debe encontrar una celebración viva, no un decorado. Debe conocer el significado de la peregrinación, comprender por qué los municipios realizan sus ofrendas y respetar que, detrás de la música y las vestimentas, existe una devoción real.
La historia tradicional sitúa en 1481 la aparición de la Virgen en lo alto de un gran pino. El relato ha pasado de generación en generación y ha formado parte de la construcción simbólica de Teror.
Podemos estudiar históricamente la tradición, formular preguntas sobre sus orígenes y diferenciar entre la leyenda y los hechos documentados. Investigar no destruye la devoción. Una tradición sólida no debería temer al conocimiento.
Lo indiscutible es que el culto a la Virgen del Pino marcó profundamente la evolución de Teror y su relación con el resto de Gran Canaria. Las peregrinaciones contribuyeron al crecimiento religioso, social y comercial de la Villa Mariana.
En 1905 la imagen fue coronada canónicamente. En 1914 fue declarada patrona de la Diócesis de Canarias. Mucho antes de que existieran las campañas turísticas, las redes sociales o las retransmisiones televisivas, el pueblo ya caminaba para encontrarse con ella.
La Romería-Ofrenda que conocemos actualmente comenzó el 7 de septiembre de 1952. Fue concebida por Néstor Álamo e impulsada por el Cabildo, el Ayuntamiento de Teror y la Basílica. Aquella iniciativa consiguió reunir la devoción religiosa con la cultura popular, el folclore y la representación de todos los municipios, como recuerda el propio Ayuntamiento de Teror en la historia de la Romería.
Este lunes 7 de septiembre, las carretas de los 21 municipios de Gran Canaria volverán a avanzar desde el Castañero Gordo hasta la plaza del Pino. También participarán representaciones de las ocho islas.
La imagen será hermosa. Los medios mostrarán los trajes, la música, los productos y las autoridades. Pero no deberíamos olvidar el sentido original de la ofrenda.
Los alimentos no son un elemento decorativo. Deben llegar a las personas que los necesitan. La solidaridad no puede quedar enterrada bajo flores, discursos y fotografías.
Una ofrenda religiosa pierde parte de su significado si al terminar la fiesta seguimos ignorando a las familias que no pueden llenar la nevera, a las personas mayores que viven solas o a quienes esperan durante meses una ayuda social.
No basta con colocar productos ante la Virgen. La verdadera ofrenda comienza cuando esos productos encuentran un destino y cuando las instituciones convierten la solidaridad de un día en políticas capaces de proteger durante todo el año.
La celebración del Pino también debe servir para defender nuestra cultura sin reducirla a una indumentaria. El folclore no es ponerse un traje tradicional una tarde de septiembre y guardarlo después en un armario.
Es conocer el origen de la música, respetar las distintas formas de vestir de cada época y municipio, apoyar a las agrupaciones y garantizar que los niños aprendan aquello que otros conservaron antes que ellos.
No todo vale en nombre de la tradición. Vestirse de manera supuestamente típica sin rigor, utilizar símbolos como simple atrezo o convertir las carretas en escaparates institucionales termina vaciando la fiesta de contenido.
La cultura popular necesita investigación, cuidado y respeto.
También debemos hablar del comportamiento de quienes acuden a la víspera. La peregrinación no puede convertirse en una excusa para el consumo descontrolado de alcohol, el abandono de residuos o los comportamientos que ponen en peligro a otras personas.
Caminar al Pino es una expresión de libertad y convivencia. Esa libertad incluye la obligación de respetar los caminos, las propiedades, el entorno y el trabajo de quienes integran el dispositivo de seguridad.
Este año más de 600 profesionales velarán por la celebración. Se desplegarán servicios sanitarios, controles, vigilancia aérea y transporte especial. Todo ello supone recursos públicos y el esfuerzo de personas que quizá no puedan celebrar porque están trabajando para que los demás regresen a sus casas.
La mejor forma de agradecerlo es actuar con responsabilidad.
El Pino también debe ser una fiesta abierta. Nadie debería sentirse excluido por no compartir la misma intensidad religiosa. Gran Canaria es una sociedad plural. Existen creyentes, personas alejadas de la Iglesia y ciudadanos que interpretan la celebración únicamente desde su dimensión cultural o familiar.
Todos pueden encontrar un lugar si existe respeto.
Defender el carácter religioso de la festividad no exige imponer la fe. Reconocer su valor cultural tampoco significa borrar a la Virgen para convertir la fiesta en un festival musical sin raíces.
Ambas dimensiones pueden convivir. De hecho, llevan siglos haciéndolo.
Lo que debemos rechazar es la apropiación política. La Virgen no puede utilizarse para dividir entre buenos y malos canarios ni para otorgar una falsa superioridad moral a quienes se muestran públicamente más devotos.
La fe no se mide por la cercanía a una autoridad durante la procesión. Se demuestra en la forma de tratar a los demás, especialmente a quienes sufren.
Quien sale de la Basílica después de rezar, pero desprecia al pobre, al migrante, al diferente o a quien piensa de otra manera, quizá ha contemplado la imagen, pero no ha comprendido su mensaje.
La declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional puede ayudar a divulgar la celebración, atraer visitantes y fortalecer la economía de Teror. Debe aprovecharse con inteligencia, evitando que la promoción desplace a los vecinos o transforme el centro histórico en un escenario pensado exclusivamente para el visitante.
Teror debe continuar siendo un pueblo y no convertirse en un parque temático de la tradición.
El Pino pertenece a quienes creen y a quienes recuerdan. A quienes caminan, cantan, cargan una carreta, ofrecen una papa, tocan un timple o guardan silencio delante de la Virgen.
Las autoridades pasarán. Los cargos cambiarán. Las fotografías terminarán archivadas.
El pueblo volverá a caminar.
Y mientras exista alguien dispuesto a recorrer el camino llevando consigo una promesa, un recuerdo o el nombre de una persona querida, la verdadera Fiesta del Pino seguirá estando lejos de los despachos y muy cerca del corazón de Canarias.
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