Para muchos deportistas, una competición comienza cuando el árbitro pita, cuando suena la salida o cuando pisan una cancha.
En Canarias puede comenzar mucho antes.
Puede empezar en un aeropuerto.
En un puerto.
Buscando un billete.
Pagando una maleta especial.
Transportando material.
Organizando alojamiento.
Intentando regresar a tiempo para volver al instituto, a la universidad o al trabajo.
La geografía forma parte del deporte canario aunque no aparezca en ningún marcador.
Este 21 de agosto se ha publicado la resolución correspondiente a una nueva fase de las subvenciones destinadas a sufragar desplazamientos deportivos, dentro de una convocatoria autonómica que moviliza cerca de 1,3 millones de euros.
La existencia de estas ayudas demuestra que el problema es conocido.
Pero también debería servirnos para hablar de algo que muchas veces permanece fuera de la fotografía del podio:
en Canarias, competir cuesta antes de empezar a competir.
Un joven que practica un deporte en territorio peninsular puede desplazarse cientos de kilómetros por carretera para participar en un campeonato.
Un deportista canario tiene delante una frontera inevitable.
El mar.
No existe una autopista que una Gran Canaria con Tenerife.
Ni Fuerteventura con Lanzarote.
Mucho menos Canarias con Madrid, Barcelona o cualquier otra ciudad donde se dispute una competición nacional.
Cada desplazamiento implica billetes.
Horarios.
Equipajes.
Traslados.
Alojamiento en algunos casos.
Comidas.
Y una logística que multiplica el esfuerzo de clubes y familias.
Para un equipo profesional puede formar parte de su presupuesto.
Para un club modesto puede decidir si participa o no.
Ahí aparece una desigualdad que pocas veces se observa desde fuera.
Dos deportistas con idéntico talento no siempre tienen las mismas posibilidades de desarrollarlo si uno necesita subirse a un avión cada vez que aumenta el nivel de competición.
Las familias deportivas canarias lo saben.
Hay fines de semana que comienzan antes del amanecer.
Padres que conducen hasta un aeropuerto.
Maletas preparadas de madrugada.
Regresos un domingo por la noche.
Niños que el lunes tienen clase.
Adultos que al día siguiente trabajan.
Y detrás de cada competición existe muchas veces una economía familiar que vuelve a hacer cálculos.
El deporte base se sostiene en buena medida gracias a sacrificios que rara vez aparecen en las ceremonias de entrega de trofeos.
Cuotas.
Equipaciones.
Material.
Fichas.
Desplazamientos.
Concentraciones.
Fisioterapia.
Alimentación.
Horas.
Muchísimas horas.
Cuando además añadimos la insularidad, la práctica competitiva puede terminar convirtiéndose en una actividad que no todas las familias pueden permitirse.
Ese debería ser nuestro principal motivo de preocupación.
El talento deportivo no tiene clase social.
Las oportunidades sí pueden tenerla.
Un niño puede ser extraordinario jugando al baloncesto, nadando, luchando, practicando atletismo o cualquier otra disciplina.
Pero si desarrollar ese talento exige una inversión continua que su hogar no puede soportar, llegará un momento en que el esfuerzo deportivo no será suficiente.
Y entonces perderemos a un deportista no porque fuera peor.
Sino porque competir resultaba demasiado caro.
Las ayudas públicas para los desplazamientos tienen precisamente ahí su sentido.
No son solamente una subvención al deporte.
Son una herramienta para compensar territorio.
Intentan reducir una desventaja que viene determinada por el lugar donde vivimos.
Y eso es importante.
Pero también necesitamos analizar si los sistemas de apoyo responden a los ritmos reales de clubes y deportistas.
Una competición no espera a que termine un expediente.
El billete hay que comprarlo.
El alojamiento reservarlo.
El gasto se produce primero.
En muchos casos, familias, clubes o federaciones tienen que adelantar cantidades que recuperarán después.
Para organizaciones con recursos limitados, esa diferencia temporal puede ser enorme.
Por eso debemos avanzar hacia modelos cada vez más sencillos, rápidos y previsibles.
Que un club pueda saber con antelación qué apoyo tendrá.
Que una familia no tenga que asumir riesgos económicos excesivos.
Que un deportista no se encuentre ante la posibilidad de renunciar porque el presupuesto no alcanza.
También conviene hablar del deporte femenino.
Y de las disciplinas minoritarias.
No todas tienen patrocinadores.
No todas generan ingresos por entradas.
No todas aparecen en televisión.
Pero el esfuerzo de sus deportistas es exactamente igual de real.
En determinados deportes, competir fuera de la isla es imprescindible simplemente porque dentro no existe un número suficiente de participantes o porque las fases superiores necesariamente se celebran en otro territorio.
La financiación pública debe ser especialmente sensible a esa realidad.
Lo mismo ocurre con el deporte adaptado.
Un desplazamiento puede requerir condiciones logísticas adicionales, acompañamiento o transporte específico.
La igualdad no significa conceder exactamente lo mismo a todos.
Significa ofrecer a cada persona aquello que necesita para poder participar en condiciones comparables.
Y después está la cantera.
Nos encanta celebrar a los deportistas canarios cuando triunfan.
Cuando consiguen una medalla.
Cuando fichan por un gran club.
Cuando compiten internacionalmente.
Entonces aparece el orgullo de las islas.
Pero el éxito deportivo no comienza el día de la medalla.
Comenzó probablemente muchos años antes.
En un pabellón municipal.
En una piscina.
En un terrero.
En una pista.
Con un entrenador.
Con una familia llevando y recogiendo.
Con un pequeño club intentando cuadrar presupuestos.
Si queremos campeones mañana, tenemos que sostener todo ese camino hoy.
Y también aceptar que el objetivo del deporte base no puede ser únicamente producir campeones.
La mayoría de los niños que practican deporte no llegarán a la élite.
No importa.
Habrán aprendido disciplina.
Trabajo en equipo.
Responsabilidad.
Hábitos saludables.
Afrontar derrotas.
Celebrar sin humillar.
Volver a intentar.
Todo eso tiene un valor social inmenso.
Por eso facilitar la práctica deportiva es mucho más que financiar competiciones.
Es política educativa.
Sanitaria.
Juvenil.
Inclusiva.
Pero Canarias necesita añadir inevitablemente una palabra más:
territorial.
Nuestra geografía condiciona.
No debería condenar.
El próximo fin de semana, probablemente cientos de deportistas canarios volverán a preparar una bolsa.
Algunos viajarán entre islas.
Otros hacia la Península.
Tal vez unos pocos rumbo a una competición internacional.
Nosotros veremos después el resultado.
Ganaron.
Perdieron.
Clasificaron.
Quedaron eliminados.
Pero antes de ese resultado habrá existido otro partido del que casi nunca hablamos.
El del billete.
El presupuesto.
Los horarios.
La familia.
El club.
La distancia.
Las ayudas a los desplazamientos son necesarias precisamente porque reconocen algo elemental: partir desde una isla no siempre significa partir desde el mismo punto.
Debemos procurar que ningún niño abandone una disciplina porque viajar resulte más difícil que entrenar.
Que ningún club tenga que elegir entre competir o sobrevivir económicamente.
Y que ningún talento encuentre en el océano una barrera imposible de atravesar.
Canarias ha demostrado muchas veces que puede producir deportistas capaces de competir con los mejores.
Nuestra responsabilidad es conseguir que lleguen a la línea de salida.
A partir de ahí, que hable el deporte.
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