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«COMIDOS POR EL JACO»

Mi barrio está comido por el jaco, el boliche, el caballo, el crack.

De camino al trabajo, bien temprano, me encuentro a muchas personas durmiendo en la calle. Cada día son más. Se acuerpan en portales, entradas de iglesias, bancos, vericuetos. Los cartones, mantas, bolsas y mochilas haciéndoles de cobijo. Muchos se agrupan en redes de apoyo informal. Otras, que ya están despiertas, te abordan con el mono encima, buscando unos euros para mandarse una dosis. “¿Me dejas dinero para coger la guagua?” Cada día son más.

Después de unos cuantos años viviendo aquí, a la gran mayoría ya la reconozco. De algunos y algunas me sé sus nombres. Casi todos son canarios, aunque también los hay de otras partes del mundo. Me pregunto cómo acabaron así. Problemas familiares, malas condiciones laborales, círculos de pobreza y precariedad, abandonos, rupturas, violencia en casa y en la calle. Seguramente habrá una mestura de todo. Demasiadas historias de vida rotas.

El caso es que mi barrio no es el único de Las Palmas de Gran Canaria que tiene una epidemia de jaco. Es otro más. Cierto es que aquí se concentran muchos fumaderos, casas de apuestas, puntos de venta, menudeo y bares de encuentro que cierran muy tarde y abren muy pronto. También es zona de mucha prostitución. Y de abandono institucional. De poca limpieza y sin apenas parques, que son dos grandes sellos de nuestro consistorio. Con mucha desigualdad, pobreza y precariedad.

El caso es que Las Palmas de Gran Canaria no es el único municipio que tiene una epidemia de jaco. Si eres del norte, conocerás a muchas personas enganchadas en Guía, Arucas, Gáldar y Agaete. Si eres del sureste, sabrás de la situación en que se encuentran Telde, Cruce de Sardina o Vecindario. Si eres del sur, sabrás lo que se cuece por las zonas turísticas, pero también en El Tablero o San Fernando.

Si la misma historia se repite barrio a barrio, pueblo a pueblo y cruza la Isla de norte a sur, ¿cómo coño llegamos a esta situación?

Para entenderlo, tenemos que retroceder cuarenta años, hasta los 80. La heroína marcó a toda una generación. Irrumpió en unas Islas atravesadas por la transición política, la apertura democrática, el reconocimiento de derechos y libertades, la expansión del turismo de masas, el éxodo rural, el abandono del sector primario, el desmantelamiento de las industrias manufactureras, el crecimiento de los grandes barrios populares, enormes bolsas de pobreza, desempleo juvenil, movimientos sociales y luchas vecinales históricas, delincuencia con represión policial, prisiones, VIH y sobredosis.

Todo el mundo sabe que la heroína golpeó con virulencia al conjunto del Estado español, pero no lo hizo de igual manera. En 1993, Canarias tenía 300 admisiones a tratamiento por consumo de opiáceos y cocaína por cada 100.000 habitantes. Era la segunda tasa más elevada de todo el Estado, después de Ceuta. Gran Canaria estaba en 380. Una barbaridad.

30 años más tarde el jaco no desapareció y la droga menos aún. En 2022 Canarias tenía tasas muy superiores a la media estatal en cuanto a admisiones a tratamientos. Estamos hablando de 50 puntos más en el caso de los hombres y de casi 80 en el de las mujeres. Son más de 4400 las personas atendidas por la Red Canaria de Adicciones, teniendo a los opiáceos como principal adicción.

Por eso, entre otros tantos motivos, a mí me cuesta entender el triunfalismo con el que hablan todo tipo de fuerzas progresistas, conservadoras, estatales, nacionales, sobre lo bien que marcha la economía del Estado español y de Canarias. Si tanto récord en visitantes y gasto turístico tenemos, si tanto están subiendo los salarios, si tanto está creciendo el PIB y el IBEX 35, ¿por qué carajo cada vez hay más gente botada en la calle y enganchada a la droga?

Me da mucho coraje la desconexión en la que viven gran parte de nuestros dirigentes políticos. El modelo, simplemente, no funciona. Pero supongo que a ellos sí. A sus amigos de la patronal turística y de la construcción me imagino que también. Es a la gente trabajadora a la que no.

Pero hay algo todavía más difícil de digerir. Llevamos esperando medio siglo a que el turismo solucione un problema que el propio modelo de masificación que tenemos a día de hoy contribuye a sostener.

Son numerosos los estudios que correlacionan grandes concentraciones turísticas, con un consumo abundante de alcohol y drogas, junto con la aparición de mercados destinados a satisfacer esa demanda y el aumento de la criminalidad. La explicación es “sencilla”: millones de personas desplazándose, zonas de ocio nocturno, una población flotante enorme, consumo recreativo, grandes cantidades de dinero circulando y una intensa actividad inmobiliaria, hostelera y comercial generan un caldo de cultivo idóneo para el negocio criminal.

Canarias reúne todos esos ingredientes. Siendo el 4,5 % de la población del Estado español, en 2023 concentramos casi el 20 % de toda la cocaína incautada. Más de 22 toneladas en un solo año. Pero esperen, que hay más. En los dos grandes municipios turísticos de Gran Canaria, los delitos de tráfico de drogas se dispararon durante el último año. En San Bartolomé de Tirajana casi se duplicaron, pasando de 38 a 71. En Mogán, más que se duplicaron, pasando de 12 a 26.

¿En qué momento nos convertimos en un nodo logístico geoestratégico internacional del tráfico de drogas?

Párate un segundo a pensar en esta escena: una villa de lujo. Sur de Gran Canaria. El Salobre. Una mujer y su hijo secuestrados. Un ajuste de cuentas relacionado con el robo de un cargamento de dos toneladas de cocaína. Veinticinco millones de euros en juego. Da para película de Netflix, pero sucedió el año pasado, aquí, a un palmo de nuestras narices.

Durante muchos años, nos enseñaron a mirar al último eslabón de la cadena como el causante de su propia desdicha. Al jaco. Al aparcacoches. Al señor de los jacosos de Mundo Ayaki. Lo vivimos durante gran parte de nuestra juventud. Hicimos hasta burla con ello. Convertimos una tragedia social en folclore urbano.

Era un intento desesperado para desviar la atención.

Pero eso se acabó. Llegó el momento de mirar hacia arriba y apuntar hacia el verdadero origen de la epidemia. A quienes se benefician de esta lacra. A quienes destruyen nuestros barrios con la droga y las apuestas. A quienes se lucran con el modelo de la masificación turística, haciendo negocio con el blanqueo de capitales, la especulación inmobiliaria, el tráfico de personas, la explotación laboral, la prostitución infantil y las redes criminales. Y a quienes tienen responsabilidades políticas y empresariales directas e indirectas en que esto siga sucediendo, por acción u omisión.

En Drago Gran Canaria no vamos a normalizar las consecuencias de un modelo de masificación turística que está dando como resultado una sociedad fracturada, con barrios y pueblos fracturados. La impunidad se tiene que acabar. Muchos querrán que nuestra Isla siga comida por el jaco, porque les beneficia, pero nosotras no. Y por eso vamos a bregar hasta el final.

Luis de la Barrera, portavoz de Drago Gran Canaria

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