Hay una Canarias que hemos aprendido a fotografiar muy bien.
Tiene playas sin huellas, cielos imposibles, hoteles abiertos al Atlántico, montañas que parecen recién colocadas para la fotografía y puestas de sol capaces de acumular miles de corazones en una pantalla.
Esa Canarias existe.
Pero no es toda Canarias.
Hay otra que se despierta bastante antes de que salga el sol. Una Canarias que espera una guagua todavía de noche, que abre la persiana de un pequeño comercio sin saber cuántos meses más podrá mantenerla abierta, que sirve desayunos mientras otros comienzan sus vacaciones, que cuida a un padre enfermo antes de entrar a trabajar y vuelve a casa pensando qué factura puede dejar para el mes siguiente.
Esa Canarias no suele caber en las postales. Tampoco aparece demasiado en los discursos.
Nos hemos convertido en especialistas en explicar nuestras islas hacia fuera y, paradójicamente, cada vez nos cuesta más mirarlas hacia dentro. Sabemos presentar el archipiélago como destino, como clima, como paisaje, como experiencia. Sabemos vender la luz, el mar, la temperatura, la gastronomía, la hospitalidad y hasta esa sensación de tiempo detenido que tantas campañas publicitarias prometen.
Pero vivir aquí no es lo mismo que venir.
Quien visita una isla puede quedarse con la belleza. Quien la habita tiene que convivir también con sus contradicciones.
Sabemos decir cuántos visitantes llegaron. Cuántas plazas hoteleras se ocuparon. Cuánto aumentó una determinada estadística. Cuántos millones dejó una temporada. Qué aeropuerto batió un nuevo récord. Qué isla volvió a situarse entre los destinos preferidos.
Pero existen números que casi nunca aparecen.
¿Cuántos jóvenes miraron esta semana una página de alquiler y cerraron el teléfono porque no podían permitírselo? ¿Cuántos mayores pasaron ayer una tarde entera sin hablar con nadie? ¿Cuántas familias hicieron cuentas después de cenar intentando decidir de dónde recortar? ¿Cuántos trabajadores sostienen la imagen de una tierra paradisíaca mientras sienten que vivir en ella se vuelve cada día un poco más difícil?
También deberían ser cifras.
Pero esas son más incómodas.
Durante años hemos repetido que Canarias vive del turismo. La frase se ha pronunciado tantas veces que casi ha dejado de admitir preguntas. Quizá deberíamos empezar a hacernos una muy sencilla: ¿de qué vive quien trabaja para que el turismo funcione?
Porque detrás de cada habitación preparada hay unas manos. Detrás de cada terraza abierta hay alguien de pie. Detrás de cada desayuno servido existe una persona que probablemente se levantó cuando aún era de noche. Detrás de cada carretera que conduce hasta una playa hay trabajadores que la mantienen. Detrás de cada fotografía perfecta existe una isla real que continúa funcionando cuando el visitante guarda el teléfono.
No se trata de enfrentar turismo y ciudadanía. Sería una discusión demasiado simple y, además, injusta. El turismo forma parte decisiva de nuestra economía y de nuestra historia reciente. Ha generado empleo, oportunidades, conexiones y transformaciones que nadie puede negar.
La cuestión es otra: qué tipo de territorio queremos construir alrededor de esa actividad y quién puede permitirse vivir en él.
Un territorio no puede convertirse exclusivamente en escenario.
Antes de destino, Canarias es hogar.
Y un hogar debe poder ser habitado. Vivido. Construido. Soñado.
Parece una obviedad, pero quizá necesitamos repetirla porque hemos normalizado situaciones que hace algunos años habrían parecido absurdas: jóvenes con empleo que no pueden independizarse; adultos que regresan a casa de sus padres; familias que destinan una parte desproporcionada de sus ingresos a una vivienda; trabajadores que enlazan contratos mientras escuchan hablar continuamente de cifras récord; personas que nacieron aquí preguntándose si podrán continuar aquí.
Una sociedad empieza a tener un problema serio cuando permanecer en tu propia tierra comienza a convertirse en un privilegio.
Y no hablamos solamente de vivienda. Hablamos también de tiempo, de oportunidades, de salarios, de cuidados, de movilidad, de acceso a la cultura, de servicios públicos, de conciliación y de la posibilidad de imaginar un futuro sin tener que abandonar necesariamente el lugar donde están tus afectos.
Canarias ha conocido históricamente la emigración. Hay apellidos, fotografías y cartas familiares que todavía recuerdan Cuba, Venezuela, Uruguay o tantos otros lugares a los que se marcharon generaciones enteras buscando aquello que aquí no encontraban. Por eso debería dolernos especialmente que la palabra marcharse vuelva a aparecer con tanta naturalidad en las conversaciones de nuestros jóvenes.
No siempre se van por aventura. Algunos se marchan porque aquí no encuentran cómo empezar.
Y cada vez que alguien se va obligado por falta de oportunidades, la isla pierde algo más que población. Pierde talento, proyectos, hijos que quizá formarán sus familias lejos, ideas que podrían haber germinado aquí y una parte de la energía que necesitará para construir su futuro.
Frente a esa realidad, quizá necesitamos recuperar otra forma de contar Canarias.
Menos fotografía. Más conversación.
Menos nota de prensa. Más calle.
Menos despacho. Más barrio.
Menos cifra sin rostro. Más nombre propio.
Necesitamos volver a escuchar.
Sentarnos junto al comerciante que lleva cuarenta años viendo transformarse una avenida y preguntarle qué ha cambiado realmente. Hablar con quien cultiva y observa cómo cada temporada resulta un poco más difícil mantener la tierra. Escuchar a la camarera de piso que conoce el turismo desde una perspectiva que rara vez aparece en los folletos. Preguntar a los jóvenes por qué se marchan. Y, sobre todo, preguntarles a quienes quieren quedarse qué necesitan para hacerlo.
También habría que escuchar a quienes cuidan.
Canarias, como tantas sociedades, se sostiene sobre una enorme cantidad de trabajo invisible. Personas que acompañan a mayores, atienden a familiares dependientes, organizan hogares, llevan niños al colegio, esperan en consultas médicas y hacen malabares para que la vida continúe funcionando. Muchas veces ese trabajo no genera titulares, pero sin él se paralizaría media isla.
Existe una Canarias que casi nunca protagoniza portadas y, sin embargo, sostiene todas las demás.
La de los cuidadores.
La de los autónomos.
La de quienes trabajan por turnos.
La de las familias que improvisan soluciones.
La de quienes trabajan de madrugada.
La de quienes organizan una fiesta de barrio sin aparecer luego en la fotografía oficial.
La del pescador que conoce el mar de una manera que ningún folleto turístico podrá explicar.
La del agricultor que sigue pronunciando palabras que probablemente desaparecerán con su generación.
La del vecino que todavía pregunta por quien lleva tres días sin abrir la ventana.
Esa también es nuestra riqueza.
Tal vez la mayor.
Porque una sociedad no se mide únicamente por cuánto produce. También por cómo se cuida.
Y ahí aparece otro peligro: cuando un territorio se contempla demasiado tiempo a través de la mirada ajena termina olvidando cómo mirarse a sí mismo.
Empezamos entonces a valorar nuestros lugares según su capacidad para atraer visitantes. Nuestras fiestas por el número de personas que convocan. Nuestros paisajes por cuánto pueden promocionarse. Nuestra cultura por cómo puede venderse. Nuestros pueblos por su potencial para convertirse en escenario.
Y poco a poco puede instalarse una idea peligrosa: que aquello que no es rentable no merece ser protegido.
Pero un pueblo no necesita justificar permanentemente su existencia mediante la rentabilidad.
Hay cosas que merecen conservarse simplemente porque nos explican.
Una tradición.
Una palabra.
Una esquina.
Una venta.
Una asociación.
Una receta.
Un topónimo.
Una conversación delante de una puerta.
Una forma determinada de ayudarnos.
Un paisaje que quizá no aparezca en ninguna guía, pero que forma parte de la memoria de quienes crecieron mirándolo.
No todo lo valioso puede contabilizarse.
Hay una riqueza que no figura en los balances: la pertenencia.
Sentir que reconoces el lugar donde vives. Que sabes cómo se llama una montaña. Que conoces la historia de una plaza. Que todavía puedes entrar en un comercio y que quien está detrás del mostrador sepa quién eres. Que determinadas palabras sigan teniendo sentido. Que una fiesta conserve algo más que un escenario y un programa. Que el paisaje no sea solo una mercancía visual.
Eso también es calidad de vida.
Y quizá una de las grandes preguntas que Canarias tendrá que responder en los próximos años sea precisamente esa: ¿queremos seguir siendo únicamente un lugar extraordinario para venir o estamos dispuestos a conseguir que siga siendo también un lugar posible para quedarse?
La pregunta no es retórica.
Está detrás del acceso a la vivienda. De la planificación territorial. De los salarios. Del modelo económico. De la movilidad entre islas y dentro de ellas. De la protección del suelo. De la conservación del patrimonio. De la relación entre turismo y ciudadanía. Del apoyo al comercio local. De la supervivencia del sector primario. De la educación que ofrecemos y de las oportunidades que generamos.
Está, en definitiva, detrás de la manera en que imaginamos el futuro.
Porque una isla puede recibir millones de personas y sentirse cada vez más vacía.
Puede llenarse de edificios y perder comunidad.
Puede batir récords mientras parte de su población siente que se está quedando atrás.
Puede multiplicar sus escaparates y cerrar sus pequeños comercios.
Puede tener aeropuertos llenos y pueblos envejecidos.
Puede aparecer en todas las revistas de viajes del mundo y dejar de reconocerse cuando se mira al espejo.
Y puede ocurrir algo todavía más doloroso: que quienes llegan admiren profundamente la isla mientras quienes nacieron en ella empiecen a sentir que ya no les pertenece.
No deberíamos permitir que esa distancia crezca.
Canarias necesita desarrollo, claro. Necesita empleo. Necesita inversión. Necesita conectividad y oportunidades. Pero necesita también límites, equilibrio, planificación y una pregunta previa a cualquier gran decisión: ¿mejora esto la vida de quienes viven aquí?
Si esa pregunta desaparece, corremos el riesgo de construir una tierra cada vez más atractiva para ser contemplada y cada vez más difícil para ser habitada.
Y quizá por eso el periodismo también tiene una responsabilidad.
No basta con repetir cifras oficiales. No basta con acudir a inauguraciones. No basta con reproducir declaraciones cruzadas. El periodismo local y canario debería recuperar una de sus funciones más sencillas y más poderosas: mirar donde normalmente nadie mira.
Entrar en los barrios.
Escuchar a quienes no tienen gabinete de prensa.
Preguntar por las historias que se están perdiendo.
Contar qué ocurre después de la fotografía.
Explicar cómo aterrizan las grandes decisiones en una familia concreta, en un comercio, en una finca, en una asociación, en una persona mayor o en un joven que intenta empezar su vida.
Porque las políticas públicas terminan siempre en algún lugar pequeño.
En una cocina.
En una nómina.
En un recibo.
En una parada de guaguas.
En la puerta de un centro de salud.
En una familia mirando el precio de un alquiler.
Ahí es donde una noticia deja de ser abstracta.
También necesitamos contar la Canarias que resiste sin convertir la resistencia en romanticismo.
Durante demasiado tiempo hemos celebrado nuestra capacidad para salir adelante con muy poco. Y sí, existe algo admirable en esa fortaleza. Pero no deberíamos utilizarla como excusa para aceptar lo que debería cambiar.
No es heroico que una familia necesite convertirse cada mes en experta en supervivencia económica.
No es folclore que un joven tenga que irse porque no puede pagar una habitación.
No es tradición que el campo desaparezca.
No es modernidad que un barrio pierda todos sus comercios de proximidad.
No es progreso que la gente deje de reconocerse en el lugar donde vive.
Resistir es importante.
Pero vivir dignamente debería serlo más.
La verdadera fotografía de Canarias no necesita filtros.
Tiene arrugas.
Tiene cansancio.
Tiene acento.
Tiene manos trabajadas.
Tiene barrios.
Tiene campo.
Tiene puertos.
Tiene hospitales.
Tiene aulas.
Tiene comercios pequeños.
Tiene personas esperando una oportunidad.
Tiene problemas.
Tiene contradicciones.
Pero también posee algo extraordinario: una capacidad casi obstinada de reinventarse, de crear comunidad y de seguir sintiendo que estas ocho islas y todos sus pequeños territorios son algo más que un lugar en el mapa.
Son casa.
Y una casa no se enseña solamente cuando está ordenada para las visitas.
También hay que hablar de las goteras.
De las habitaciones que necesitan reparación.
De quien no llega a final de mes.
De quienes se están quedando solos.
De quienes tienen miedo de no poder seguir viviendo aquí.
Hablar de esas cosas no significa querer menos a Canarias.
Significa precisamente lo contrario.
Significa quererla lo suficiente como para no conformarse con la fotografía.
Contemos esa Canarias.
La que madruga.
La que cuida.
La que trabaja.
La que protesta.
La que crea.
La que cultiva.
La que emprende.
La que envejece.
La que se marcha.
La que regresa.
La que todavía quiere quedarse.
Contémosla aunque sea menos perfecta.
Precisamente porque es nuestra.
Porque quizás el mayor peligro para una tierra no sea que deje de gustar a quienes vienen de fuera.
Es que deje de ser posible para quienes viven dentro.
Canarias nunca ha cabido en una postal.
Y quizá ha llegado el momento de dejar de intentarlo.
Vidal Bolaños, escritor y comunicador
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