El fallecimiento de la escritora y promotora cultural, ocurrido el 8 de octubre, deja una ausencia que va más allá del ámbito literario y pone en valor el trabajo silencioso de quienes dedican su vida a impulsar la cultura desde el compromiso personal.
Por Vidal Bolaños
La cultura canaria ha perdido una de esas personas que no esperaban a que las cosas sucedieran para comenzar a hacerlas realidad. Albertine de Orleans falleció el pasado jueves 8 de octubre, dejando tras de sí una trayectoria marcada por la creación literaria, la solidaridad y una convicción que debería acompañar siempre a cualquier sociedad que aspire a avanzar: la cultura tiene que estar al alcance de todos.
Su desaparición supone mucho más que la pérdida de una escritora. Significa despedir a una mujer que comprendió que detrás de cada libro existe una historia humana y que, en muchas ocasiones, el verdadero obstáculo para quienes desean publicar no es la falta de talento, sino la ausencia de recursos, oportunidades y personas dispuestas a prestarles apoyo.
Albertine conocía esa realidad. Por eso, una parte importante de su trabajo estuvo orientada a impulsar proyectos que facilitaran la publicación de obras literarias y la participación de nuevos creadores. Desde la asociación ADOC desarrolló una labor de promoción artística y cultural que también incorporó inquietudes sociales y medioambientales. Su compromiso reflejaba una forma de entender la literatura que iba mucho más allá de la satisfacción personal de ver un nombre impreso en la portada de un libro.
Pero su fallecimiento debería servir igualmente para abrir una reflexión que seguimos teniendo pendiente en Canarias. ¿Cuánto vale el trabajo de quienes organizan encuentros culturales, promueven recitales, acompañan a escritores desconocidos o dedican horas de su vida a mantener proyectos que apenas reciben reconocimiento público?
Hablamos de una labor que pocas veces ocupa las grandes portadas, que rara vez recibe la atención que merece y que, sin embargo, resulta fundamental para que la cultura permanezca viva fuera de los circuitos más comerciales.
Albertine de Orleans fue una de esas personas que contribuyeron a sostener ese entramado invisible. Una mujer que escribió poesía, relatos y literatura infantil, pero que también entendió la creación como una oportunidad para tender puentes entre personas y generaciones.
Su trayectoria constituye un recordatorio de que la cultura no puede depender exclusivamente de grandes acontecimientos o celebraciones institucionales. Necesita continuidad, espacios, compromiso y una sociedad capaz de reconocer el trabajo que se realiza durante todo el año.
Quizá ahí resida una de las enseñanzas más importantes que deja su vida. No basta con defender la cultura mediante discursos. Hay que construirla, cuidarla y hacer posible que llegue a quienes habitualmente encuentran las puertas cerradas.
La muerte de Albertine deja tristeza entre quienes compartieron su camino, pero también obliga a mirar hacia el futuro. Porque su legado no debería convertirse únicamente en un recuerdo acompañado de palabras bonitas. Merece permanecer vivo en cada iniciativa que facilite a nuevos autores encontrar su voz y en cada proyecto que acerque la literatura a quienes más lejos se encuentran de ella.
Hoy despedimos a una mujer comprometida con las letras y con las personas. Una mujer que creyó en la capacidad de la cultura para mejorar nuestro entorno.
Albertine de Orleans ya no está, pero queda una pregunta que merece acompañarnos: ¿sabremos cuidar todo aquello que personas como ella ayudaron a construir?
Ese sería, posiblemente, uno de los homenajes más valiosos que podríamos ofrecerle.
Vidal Bolaños, escritor y comunicador
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