La decepción de acudir a la farmacia de toda la vida, donde te conocen, y descubrir que en otra, donde eres un completo desconocido, encuentran una solución
Hay situaciones en la vida que, aunque parezcan pequeñas, terminan provocando una profunda decepción. No por lo que cuestan económicamente, sino por lo que revelan sobre la sensibilidad humana.
Lo que me ha ocurrido hoy en una farmacia situada en la plaza del pueblo de Jinámar, en Telde, merece que lo cuente públicamente.
Después de pasar una noche y una mañana verdaderamente malas, castigado por una tos que apenas me ha permitido descansar, acudí a la farmacia donde he comprado mis medicamentos prácticamente toda la vida.
No era un establecimiento desconocido. Era mi farmacia de siempre. Una farmacia donde me conocen, donde saben quién soy y a la que he acudido durante muchísimos años.
Tengo prescrito un jarabe que me ayuda a aliviar la tos, pero la receta electrónica del Servicio Canario de la Salud señalaba que podía retirarlo mañana. Como me había quedado sin medicamento, acudí para preguntar si existía alguna posibilidad de adelantar su dispensación apenas un día.
Me atendió una joven que, por lo que pude apreciar, parecía estar aprendiendo el oficio. Ante mi consulta, se dirigió a otro empleado de la farmacia, una persona que me conoce perfectamente y que sabe que llevo años comprando allí.
Y la respuesta fue que tenía que esperar hasta mañana.
Lo que más me fastidió no fue solamente la negativa. Fue comprobar que aquella respuesta llegaba precisamente de alguien que me conoce desde hace años.
Quizá esta mañana aquel empleado tenía la sensibilidad alterada. Quizá no era su mejor día. O quizá se había olvidado de que, delante del mostrador, no tenía un número de receta electrónica, sino a una persona que llevaba horas sufriendo y necesitaba alivio.
Me marché decepcionado.
Pero decidí acudir a otra farmacia. Una donde no me conocían absolutamente de nada, donde nunca había sido cliente habitual y donde nadie sabía quién era Juan Santana Hernández.
Expliqué exactamente el mismo problema.
Y allí sí encontraron una solución y pude conseguir el medicamento.
¡Qué curioso! Donde llevaba toda una vida comprando, no hubo solución. Y donde era un completo desconocido, encontré comprensión y ayuda.
No pretendo que ningún profesional incumpla las normas farmacéuticas. Estoy seguro de que el empleado de la farmacia del pueblo de Jinámar consideró que estaba cumpliendo escrupulosamente los procedimientos establecidos.
Pero una cosa es cumplir las normas y otra muy distinta es olvidarse de la humanidad.
Y aquí es donde me permito una reflexión.
A lo mejor en los cursos de formación farmacéutica, además de estudiar medicamentos, recetas, dispensaciones y protocolos, haría falta alguna que otra charla sobre humanidad, empatía y sensibilidad hacia los pacientes.
Porque los conocimientos profesionales son imprescindibles, pero saber escuchar a una persona que está sufriendo también forma parte de una buena atención sanitaria.
Estoy convencido de que aquel empleado tenía sus razones para decirme que no. Lo que desconozco es si se tomó el tiempo necesario para estudiar alguna alternativa, explicarme otras posibilidades o consultar cómo podía resolverse la situación dentro de la normativa.
Y eso es precisamente lo que me parece más lamentable.
Cuando alguien lleva años confiando en un establecimiento, espera encontrar algo más que una relación comercial. Espera, al menos, un mínimo de comprensión.
A veces, lo verdaderamente miserable no es decir que no, sino hacerlo sin mostrar el menor interés por el sufrimiento de quien pide ayuda.
No sé si aquel trabajador podía dispensarme legalmente el jarabe. Lo que sí sé es que en otra farmacia, después de escucharme, encontraron la manera de ayudarme.
Por eso quiero agradecer públicamente a esa segunda farmacia el trato recibido. Allí nadie me conocía, nadie tenía una relación comercial de años conmigo y, sin embargo, me sentí escuchado.
Una farmacia no es solamente un negocio. Es un establecimiento sanitario al que muchas personas acudimos cuando estamos enfermos, preocupados o pasando momentos difíciles.
Y quienes trabajan detrás de sus mostradores deberían recordar que la atención sanitaria también requiere sensibilidad.
A la farmacia del pueblo de Jinámar, donde he comprado durante tantos años, solo puedo decirle que hoy me he llevado una decepción que difícilmente olvidaré.
No porque me negaran un jarabe, sino porque esperaba encontrar un poco más de humanidad.
Al final, la gran paradoja de esta historia es que tuve que salir de la farmacia donde me conocen de toda la vida para encontrar, en otra donde no me conocían de nada, la comprensión que necesitaba.
Y termino con una reflexión dirigida a todos aquellos que trabajan atendiendo a personas enfermas:
Las normas son necesarias, los protocolos deben respetarse y las leyes están para cumplirse. Pero la humanidad no debería tener fecha de dispensación.
Porque hay medicamentos que se entregan mañana, pero hay gestos humanos que hacen falta hoy.
EN CASA DE DOÑA NORMA, QUE NO FALTE LA HUMANIDAD
Y para terminar, una última reflexión dirigida a quienes se escudan en los protocolos sin mirar a los ojos de quien tienen delante:
En casa de Doña Norma está muy bien que haya normas, pero también debería haber humanidad.
Porque las normas sirven para ordenar las cosas, pero la humanidad sirve para comprender a las personas. Y cuando alguien está enfermo y necesita ayuda, conviene recordar que detrás de cada receta no hay un expediente, sino un ser humano.
Las normas se cumplen, pero la humanidad se demuestra. Y esa, afortunadamente, no necesita receta médica ni tiene fecha de dispensación.
Juan Santana Hernández, Periodista y Locutor
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