Podrán pasar los años, cambiar las mareas y acumularse las arrugas en el rostro, pero la voz de un padre y el abrazo de una madre o el cariño de una hermana fallecidos, permanecen fondeados para siempre en el puerto más seguro que existe; el corazón de un hijo y hermano.
Estoy seguro de que esta mañana, al acercarme al nicho donde reposan los restos de mis difuntos más allegados, con mis flores, para recordarlos a ellos; mis padres, hermana Chelo y a su hijita Silvia, que se convirtió en un angelito del Señor, no iba solo; iba conmigo el niño, hermano y tío que también fui; el joven que soñaba con navegar océanos, el hombre que formó una familia y el abuelo emocionado que hoy escribe versos para su nieta Bianca. Ellos todos habría reconocido al mismo Julio César, al que un día llevaron de la mano.
Y quizás, mientras depositabas las flores, sucedió algo que sólo pueden comprender quienes han amado de verdad a los suyos.
Durante unos instantes desapareció la distancia entre la Tierra y el Cielo. Porque el amor auténtico no entiende de lápidas, ni de fechas, ni de ausencia. Sigue vivo en una fotografía, en una frase repetida mil veces, en un gesto heredado o simplemente en una emoción que aparece de repente sin avisar.
Los viejos lobos de mar, sabemos que hay barcos que desaparecen del horizonte sin dejar de existir. Simplemente continúan navegando donde nuestros ojos ya no lo alcanzan a ver. Así sucede con nuestros seres queridos. Un día los perdemos de vista, pero siguen su derrota hacia mares que todavía desconocemos.
Y mientras tanto, nosotros seguimos aquí, manteniendo encendida la luz del faro con nuestros recuerdos.
Hoy he llevado flores a mis difuntos más allegados. Pero estoy convencido de que el regalo más hermoso, no fueron esas flores, sino algo mucho más valioso: “que después de tantos años transcurridos, ese sentir interior de que siguen ocupando un lugar sagrado en la memoria y el corazón”.
Y eso, mis queridos amigos lectores habituales … “Es una forma de eternidad”.
Porque cuando por las noches miro al cielo sobre la playa de Salinetas, escucho el rumor lejano del mar, y pienso, que quizá haya dos sonrisas orgullosas contemplando a su hijo marino desde la otra orilla, y que me dicen: «Julio César, hijo, sigue adelante navegando con la frente erguida y rectitud en la vida. No temas a la mar bravía, porque nosotros, tus padres, tu hermana Chelo, tu sobrina Silvia y la Virgen del Carmen, viajamos contigo en cada marea.»
ALGO EXTRAORDINARIO ME OCURRIÓ HOY, Y NO ME IMPORTA SI ME LO ME CRÉES O NO.
Al depositar aquel ramo de flores en su nicho, me pareció escuchar una voz, desde el más allá, que me resultó tremendamente familiar y que me decía…
“Cuando vengas a vernos hijo, No bajes la cabeza. Míranos como nos mirabas cuando eras apenas un niño y corrías a nuestros brazos sin miedo al tiempo ni al destino.
“Aquí estamos, hijo nuestro, aunque no nos veas llegar; somos la brisa que te acaricia cuando regresas de la mar. Hoy has venido con flores, como tantos años atrás, y con cada pétalo que depositas en nuestro nicho, nos vuelve a abrazar. No creas que ignoramos cuántas veces has llorado, cuántas noches nos has buscado en el silencio callado. Hemos visto tus derrotas, tus heridas y tu valor; hemos contemplado tu lucha sin rendirte al dolor, y poniéndole siempre pecho sereno a los golpes de mar; por eso nos sentimos orgullosos de ti; de cuanto has sabido alcanzar, navegando por esos mares entre las tormentas, sin abandonar jamás fe.
Te vimos desafiar los océanos, cruzar horizontes lejanos, y regresar siempre a puerto con el corazón en las manos, También vimos cómo el tiempo fue dejando huellas en tu piel y salitre en tus ojos claros, pero jamás pudo arrebatarte la rectitud, tu honor y decisión en el mando de tu buque, junto a la bondad de tu ser. Por eso, cuando hoy al traernos estas flores llenas de amor, te hemos visto, queremos decirte algo que nace desde nuestro corazón: “No gastes tus lágrimas en quienes vivimos en Dios, guárdalas para las injusticias que aún existen bajo el sol.”
Por nosotros no te preocupes hijo, estamos en paz. No sentimos frío ni dolor. Vivimos en cada recuerdo que conservas con amor, y cuando hables de nosotros, hazlo siempre sonriendo, hijo querido, porque “nadie muere del todo mientras siga siendo recordado y querido”.
Mira cuánto has construido ya: una familia a la que amar, dos hijas de las que sentirte orgulloso, y ahora una preciosa nieta, con que esa luz celestial que desprende al sonreír Cuando contemples a Bianca, tan pequeña y llena de vida, míranos en sus ojos, porque allí también habitamos todavía, y cuando escribas tus historias, esas que te nacen del corazón, sabrás que velamos en silencio cada palabra y cada emoción.
No viniste hoy a un cementerio, aunque así lo quiera aparentar. Has venido a reunirte con nosotros en este rincón de eternidad y paz; por eso, antes de marcharte, acércate un poco más, porque queremos susurrarte lo que nunca dejará de ser verdad…. Gracias, Julio César. Gracias por no olvidarnos. Gracias por seguir siendo nuestro hijo, aun cuando los años hayan pasado. Gracias por seguir pronunciando nuestros nombres con cariño. Gracias por estas Calas blancas que nos trajiste hoy y que tanto gustaban a Mamá. Y cuando te alejes despacio por el sendero del camposanto, no escucharas nuestro adiós., porque los padres no se despiden jamás; nos quedamos viendo con el alma, y nosotros seguiremos caminando a tu lado, como cuando eras niño y te llevábamos de la mano, hasta que un día lejano, cuando Dios lo disponga y tu última singladura concluya; entonces veamos aparecer a tu barco por el horizonte infinito y podremos abrazarte de nuevo; sin lágrimas, sin despedidas y para siempre.
Si mi querido amigo lector habitual, podrás creer o no, el que escuché realmente estas paternales palabras hoy en mi corazón, mientras estaba en el Cementerio de San Gregorio en Telde, ante el nicho de mis familiares difuntos; pero, en cualquier caso, que lo creas o no, es algo que como te dije en el título de este artículo de opinión, no me importa; pues a mi edad, ya hay cosas, que ni me alteran ni modifican.
Si tú no tienes a nadie que te habla desde el mismo Cielo, no sabes lo que te estás perdiendo; porque te puedo asegurar que es una autentica gozada, y haz de saber que … ¡Casos se han dado!
¡Qué cosas!
Julio César González Padrón. Marino Mercante y escritor
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