(Carta póstuma a Fernando Báez Santana, un hombre al que nunca consiguieron meter en el molde).
Querido Fernando:
Te escribo esta con esa mezcla de tristeza, rabia serena y gratitud que uno siente cuando se marcha alguien que no fue simplemente un conocido, ni siquiera un amigo más, sino una de esas personas que dejan poso, que te remueven por dentro y que, sin proponérselo, terminan enseñándote a mirar la vida con otros ojos.
Recuerdo que me dijiste en muchas veces, que antes de escribir algo para luego publicarlo, lo debía reflexionar y consultar muchas veces con la almohada; y ya vez, aquí me tienes, después de casi un mes de tu partida al Cielo.
No he podido espera, para hacerlo, ni siquiera los 30 días que dura un mes, pero ya sabes que como muchas veces me decías, soy un “salta perico, de aquellos que se compraban en casa de Felipita” y la paciencia no es precisamente una de mis virtudes. Ya me quemaba tantas cosas en mi cabeza, que quería “largarlo”, pues la espera se me hacía eterna y en consecuencia insoportable. En otras palabras, el tiempo, como el fosforo encendido del saltaperico, me iba quemando en de las manos y no podía aguantar ni un día más”
Por eso hoy te escribo, y lo hago desde el recuerdo de nuestras tertulias en Radio Aventura Siglo 21; desde aquellas conversaciones en las que las palabras iban y venían sin pedir permiso, desde los debates en los que uno podía coincidir contigo o discrepar de ti, pero difícilmente permanecer indiferente.
Te escribo desde el cariño de quien tuvo la suerte de conocerte más allá del personaje público, de compartir contigo conversaciones filosóficas, masónicas, profundas y de aprender que “la libertad, cuando es verdadera, no consiste en decir aquello que todos aplauden, sino en atreverse a decir aquello que muchos prefieren no escuchar”.
Te has marchado, Fernando. Y con tu partida se va un hombre singular, de los que ya no abundan. Pero no confundamos la muerte de un hombre con la desaparición de sus ideas, ni el silencio de una voz con la derrota de aquello que esa voz defendió.
Porque hay hombres que, cuando mueren, dejan una silla vacía. Y hay otros que dejan una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿qué estamos haciendo con la sociedad que hemos construido? Tú, con tus maneras, tus peculiaridades, tus aciertos, tus errores y esa forma tan tuya tan particular de expresarte, eras capaz de poner esa pregunta encima de la mesa.
Y eso, amigo mío, tiene un valor que no se mide en dinero, en cargos, en títulos ni en homenajes oficiales.
“El valor de pensar por cuenta propia”
Siempre he pensado que uno de los males de nuestro tiempo no es la falta de personas inteligentes como tú, sino la abundancia de personas que han aprendido a callar cuando les conviene hablar.
Vivimos rodeados de discursos perfectamente calculados, de declaraciones redactadas para no molestar al poderoso, de silencios que se disfrazan de prudencia y de demasiadas sonrisas que esconden intereses. Hemos llegado a confundir la educación con la sumisión, la moderación con la cobardía y el éxito con la capacidad de llevarse bien con todo el mundo, aunque para ello haya que renunciar a una parte de uno mismo…. Y entonces aparecías tú, Fernando.
Con tus formas, con tu carácter, con esa manera de hablar que no siempre encajaba en los manuales de corrección política, ni en las conveniencias de quienes prefieren una sociedad dócil, silenciosa y manejable, tipo alumno de la LOGSE socialista.
No eras un hombre fabricado en serie. No eras una figura de escaparate. Tenías tu propia manera de entender el mundo, y no parecías dispuesto a pedir permiso cada vez que abrías la boca.
A veces tus palabras podían incomodar. A veces podían provocar rechazo. Y habrá quien recuerde tus declaraciones para cuestionarte, quien señale tus contradicciones o quien discrepe legítimamente de tus opiniones. La libertad no exige que todos estemos de acuerdo, ni convierte a nadie en infalible, me decías.
Pero hay algo que no deberíamos olvidar jamás: “el derecho a discrepar de un hombre no nos concede el derecho a borrar su dignidad, ni a fingir que su existencia no tuvo valor”.
Yo no necesito pensar exactamente como tú pensabas para reconocer lo que significaste. No necesito compartir todas tus opiniones para agradecerte las conversaciones que mantuvimos. No necesito convertirte en un Santo para reconocer que fuiste un hombre de recto proceder, capaz de despertar conciencias.
Y, desde luego, no necesito que nadie me dé autorización para decirlo, porque tu entre otras tantas cosas, me enseñaste, a “crecer por dentro, a pensar hablar y escribir con la libertad de los condenados”
A estas alturas de la vida, uno ya ha navegado demasiadas millas marinas, y acumula mucho salitre en su cuerpo, como para confundir el aplauso con la razón o el rechazo con la derrota.
“Una formación que no cabía en una simple sotana”
Fernando, tampoco quiero que se te recuerde únicamente por tu carácter o por las polémicas que protagonizaste. Sería una injusticia reducir toda una vida a tus episodios más controvertidos.
Fuiste un hombre con formación académica, con estudios de Filosofía, Teología e Historia de la Iglesia. Fuiste profesor, capellán, sacerdote y divulgador. Tu trayectoria pasó por distintos lugares de Gran Canaria y por ámbitos muy diversos de la vida social.
Había detrás de aquella figura tan reconocible, un recorrido intelectual y humano que merece ser recordado.
No eras solamente “el cura chiflado de Lomo Magullo”. Eras Fernando Báez Santana, un grancanario de pro, que había estudiado, enseñado, leído, conversado y dedicado buena parte de su vida a compartir aquello que conocía y aquello en lo que creía. Recuerda que siempre te decía de coña…” Padre Baez, cuando sea grande, quiero ser como tú” y me contestabas con esa rapidez, como solías hacerlo, usando con uno de tus clásico arranques…Pero péinate Julio y arréglate mejor. Jajajajaja
Tu historia nos recuerda que las personas son bastante más complejas que las etiquetas que les colocamos.
Qué fácil resulta reducir a alguien a una frase desafortunada, a una controversia o a un episodio incómodo. Qué sencillo es olvidar décadas de trabajo y quedarnos con aquello que mejor encaja en nuestros prejuicios. Pero una vida no cabe en un titular y la tuya, desde luego, merecía mucho más que eso.
“El día que la libertad incomoda al poder”
Hay una cuestión sobre la que no quiero guardar silencio, porque sería traicionar precisamente aquello que tanto he valorado de ti.
Tu trayectoria quedó marcada por una controversia pública que terminó con tu apartamiento de las responsabilidades parroquiales y tu forzada renuncia como párroco. Las circunstancias de aquel episodio, las decisiones de la autoridad eclesiástica y el contenido de tus declaraciones forman parte de la historia y pueden ser y serán discutidos en el futuro.
No pretendo convertir cada palabra tuya en una verdad Bíblica indiscutible, ni negar que las instituciones tengan responsabilidades que cumplir. Tampoco voy a juzgar desde la comodidad de quien conoce todos los hechos, porque no sería honrado hacerlo.
Pero sí quiero plantear una reflexión que va mucho más allá de tu caso particular.
¿Qué ocurre en una sociedad cuando una persona empieza a resultar más incómoda por lo que dice que por lo que hace? ¿Dónde termina la legítima exigencia de responsabilidad y dónde comienza el peligro de convertir la discrepancia en un problema que conviene apartar?
Son preguntas necesarias. Preguntas que no deberían ofender a nadie que crea de verdad en la libertad y en la justicia.
Porque una institución puede tener sus normas. Una organización puede establecer límites. Y una autoridad puede adoptar decisiones que considere justificadas. Pero ninguna de esas cosas nos exime de examinar críticamente las consecuencias de nuestras decisiones, ni de preguntarnos si hemos actuado con proporcionalidad, con humanidad y con respeto por la dignidad de las personas.
A mí, Fernando, me duele pensar que un hombre que había dedicado tantos años de su vida a su ministerio, terminara alejado de sus responsabilidades parroquiales en medio de una controversia de semejante magnitud.
No necesito afirmar que todo lo que dijiste estuvo bien para lamentar lo ocurrido. No necesito negar tus errores, si los hubo, para reconocer tu derecho a ser tratado con dignidad.
“Esa es precisamente la diferencia entre tener principios y tener simplemente preferencias”, que los principios también deben defenderse cuando la persona afectada no nos resulta cómoda, y aquí es donde entra una cuestión que me acompaña desde hace muchos años: “la libertad de los condenados” que tanto tú como yo, juramos defender por nuestro honor hasta el final de los días.
Esa libertad que aparece cuando uno ya no tiene demasiado que perder, cuando deja de vivir pendiente de “la palmadita en la espalda”, del favor que le puedan hacer o de la puerta que alguien pueda cerrarle.
La libertad de quien comprende que la vida es demasiado corta para hipotecar la conciencia a cambio de una invitación, un puesto en la sociedad, una prebenda o una sonrisa interesada.
La libertad de quien puede mirar a otro hombre a los ojos sin tener que preguntarse cuánto le debe; Esa libertad tiene un precio. Siempre lo ha tenido y no todo el mundo está dispuesto a pagarlo.
“Don Dinero, y los mercaderes de las conciencias”
Si hay algo que me preocupa de la sociedad que dejamos a nuestros hijos y nietos es la facilidad con la que estamos aprendiendo a ponerle precio a casi todo.
“Se compra la apariencia. Se compra la influencia. Se compran voluntades. Se compran silencios. Se compran adhesiones que duran exactamente lo que dura el beneficio que las alimenta”.
Y mientras tanto, la honradez, que debería ser el cimiento de cualquier convivencia decente, parece haberse convertido en una extravagancia que algunos contemplan con condescendencia.
Hay quien llama ingenuo al hombre honrado, anticuado al que cumple su palabra e insensato al que renuncia a una ventaja porque sabe que no le corresponde.
El dinero es necesario, por supuesto. Nadie con los pies en el suelo ignora su importancia. Pero “el dinero debe ser una herramienta para vivir, no una autoridad moral ante la que uno se arrodilla”.
El problema comienza cuando el beneficio sustituye a la conciencia; cuando la conveniencia decide qué es justo; cuando la lealtad se vende al mejor postor y cuando una persona empieza a calcular el valor de sus principios según lo que pueda ganar o perder por defenderlos, y la política, Fernando, tú sabes como yo que no está libre de ese peligro.
La política debería ser solo: “servicio público, responsabilidad y compromiso con el bien común”. Debería ser el lugar donde quienes reciben la confianza de los ciudadanos trabajan para mejorar sus vidas, no una plataforma desde la que proteger intereses particulares, repartir favores o perpetuarse en el poder.
Por supuesto, hay servidores públicos honrados que trabajan con seriedad y merecen todo nuestro respeto. Sería injusto meterlos a todos en el mismo saco; pero también es necesario decir, sin complejos y sin pedir perdón por adelantado, que cuando un cargo público utiliza su posición para proteger intereses propios, cuando la propaganda sustituye a la gestión o cuando la lealtad personal vale más que la verdad, algo esencial se ha roto, o como decimos los mauros como yo de Telde: “aquí hay algo que no coneja, porque no me gusta la forma que tiene de cazar la perrita”
Y entonces la ciudadanía tiene no solo el derecho, sino el deber de preguntar, de fiscalizar y de exigir responsabilidades.
“No podemos resignarnos a una sociedad en la que todo se negocia, todo se disimula y todo termina olvidándose si el interesado dispone de suficiente poder o de suficiente dinero”.
Porque el día que una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre lo conveniente y lo decente, entre lo legal y lo moral, entre lo que puede hacerse y lo que debe hacerse, empieza a perder también su alma.
Quizá por eso me resultaban tan valiosas aquellas conversaciones contigo. Porque hablar contigo significaba, muchas veces, entrar en terrenos incómodos, discutir asuntos que otros preferían dejar en paz y recordar que la realidad no siempre coincide con el relato oficial.
Y yo, que he aprendido de la vida, que la mar no perdona las mentiras de quienes gobierna una embarcación. Siempre he desconfiado de los capitanes que prometen buen tiempo mientras esconden las grietas del casco.
“Lo que me enseñaste sin proponértelo”
Aquí quiero dejar a un lado al personaje público y hablarte como amigo.
Porque lo más importante que me llevo de ti no son las noticias, ni las controversias, ni las opiniones que compartimos o discutimos. Lo más importante es aquello que fuiste dejando en mí sin necesidad de impartir lecciones.
Me enseñaste, entre otras cosas, que pensar por cuenta propia exige un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a realizar. A que no basta con repetir lo que dicen los demás para convertirse en una persona informada. Que hay que preguntar, investigar, escuchar, contrastar y, sobre todo, conservar el valor de llegar a conclusiones propias, aunque no coincidan con las de nuestro entorno.
Me ayudaste a comprender que la libertad interior comienza cuando dejamos de necesitar la aprobación permanente de los demás.
Que uno puede escuchar una crítica sin sentirse derrotado, defender una convicción sin creerse superior y cambiar de opinión cuando descubre que estaba equivocad, sin que eso signifique perder la dignidad.
Me enseñaste que el respeto no consiste en darle siempre la razón al interlocutor, sino en reconocer que el otro también tiene derecho a pensar, a expresarse y a defender sus argumentos.
Y me hiciste reflexionar sobre algo todavía más profundo: “la distancia que puede existir entre los valores que proclamamos y los valores que realmente practicamos.”
Porque es muy fácil hablar de justicia cuando somos nosotros quienes tenemos la razón. Lo difícil es defenderla cuando el beneficiado es alguien que no nos cae bien.
Es muy fácil hablar de honradez cuando no hay nada que ganar. Lo difícil es mantenerla cuando una pequeña traición podría abrirnos una puerta.
Es muy fácil exigir libertad para los nuestros. Lo verdaderamente importante es defenderla también para aquellos con quienes discrepamos.
Con el tiempo he comprendido que el crecer por dentro, no consiste en acumular años, títulos o reconocimientos. Consiste en aprender a distinguir lo esencial de lo accesorio, en perder el miedo a ciertas soledades y en entender que no todas las victorias merecen celebrarse ni todas las derrotas deben lamentarse.
Hay derrotas que nos envilecen y victorias que nos avergüenzan. Hay momentos en los que quedarse solo, si uno sabe por qué se queda solo, resulta infinitamente más digno que estar acompañado por una multitud a la que ha tenido que mentir.
Si nuestras tertulias me ayudaron a mirar de otra manera algunas de las contradicciones de esta sociedad, si nuestras conversaciones me hicieron cuestionar mis propias certezas, y si de ellas me llevé una mayor preocupación por la justicia, la coherencia y los valores, entonces me disté algo que no se puede comprar ni devolver.
Me diste motivos para seguir pensando, y eso, amigo, es una forma muy hermosa de dejar huella.
“La Iglesia, los hombres y las contradicciones humanas”
Tú eras sacerdote, Fernando, y no sería justo escribirte sin reconocer lo que esa condición significó en tu vida.
La Iglesia está formada por personas, con sus virtudes, sus debilidades, sus responsabilidades y sus contradicciones. No necesita que nadie la idealice para reconocer el bien que ha hecho a lo largo de la historia de la humanidad, ni que nadie la demonice para examinar con rigor los errores que también ha cometido; pues lo mismo ocurre con cualquier institución humana.
Una sotana no convierte automáticamente a quien la viste en un hombre justo, como el uniforme de marino con los galones de oro en la manga de la chaqueta, hace a un buen capitán; del mismo modo que una decisión institucional no convierte automáticamente a quien la adopta en un hombre injusto.
Al final, lo que nos retrata es lo que hacemos, cómo tratamos a los demás y hasta qué punto somos capaces de responder por nuestras decisiones.
Por eso creo que tu historia debe invitarnos a una reflexión más amplia que la simple discusión sobre si estuviste acertado o equivocado en una declaración determinada.
Debe hacernos pensar en el lugar que concedemos a la libertad, en la manera en que gestionamos la discrepancia y en la responsabilidad que tienen las instituciones cuando adoptan decisiones que afectan profundamente a la vida de una persona.
Y también debe recordarnos que nadie está por encima de la crítica, ni siquiera quienes gozan de autoridad religiosa, política o social. La crítica honrada no destruye las instituciones. Las obliga a mejorar, y el silencio impuesto por miedo, en cambio puede convertirlas en lugares donde la apariencia importa más que la verdad.
Ojalá aprendamos a construir una sociedad en la que se pueda discrepar sin ser convertido automáticamente en enemigo, en la que la responsabilidad no se confunda con la obediencia ciega, y en la que nadie tenga que elegir entre conservar su dignidad y conservar su lugar.
“La Gran Canaria pierde una voz, pero conserva su memoria”
Tu tierra, Fernando, era mucho más que un escenario; Gran Canaria, con sus medianías, sus cumbres, sus pueblos, sus gentes y sus tradiciones, ocupó un lugar importante en tu trayectoria. Tu vinculación con Lomo Magullo y con otros rincones de la isla formó parte de una vida que no se desarrolló únicamente entre libros, templos o aulas; también hubo calle, conversación, campo, playas paisaje y contacto con la gente, y eso amigo Fernado, eso importa y mucho.
Porque una tierra no se construye únicamente con grandes discursos institucionales ni con fotografías de autoridades inaugurando obras. Se construye con miles de personas que trabajan, enseñan, cuidan, investigan, conservan las tradiciones y transmiten a las nuevas generaciones una parte de lo que recibieron.
Cada pueblo necesita memoria. Necesita personas que se preocupen por lo que fue y por lo que puede llegar a ser. Necesita voces como la tuya que recuerden que el progreso no consiste en borrar todo lo anterior, sino en saber qué merece conservarse y qué necesita cambiar.
Tú, con tu personalidad y tus formas, ocupaste un lugar reconocible en esa memoria colectiva.
Habrá quienes te recuerden por tu paso por las parroquias. Otros lo harán por tus intervenciones en los medios. Algunos evocarán tus opiniones más polémicas. Y otros, como yo, recordaremos también las conversaciones, los debates y aquellos momentos en los que, entre una palabra y otra, se abría una reflexión que continuaba mucho después de terminar la tertulia.
Así se construye la memoria de una persona, no mediante una versión perfecta de su vida, sino mediante la suma de lo que hizo, lo que dijo, lo que provocó y lo que dejó en los demás.
No fuiste un hombre indiferente, y en estos tiempos de indiferencia calculada, eso ya dice mucho.
“Ahora que has zarpado”
Permíteme, Fernando, terminar esta despedida como la terminaría un viejo lobo de mar que ha visto demasiadas tormentas para dejarse impresionar por el ruido del puerto. “A la mar te fuiste, tu obra ya nos hablará de ti”
En la mar aprendí que no se conoce a un barco por la pintura de su casco, sino por cómo resiste cuando las olas golpean su costado.
Aprendí que el viento favorable no demuestra la pericia del capitán, y que las verdaderas convicciones se ponen a prueba cuando el horizonte se oscurece.
Aprendí, sobre todo, que no siempre se llega más lejos siguiendo la corriente, pues a veces hay que ceñir las velas, soportar el temporal y aceptar que navegar contra el viento exige más esfuerzo, más paciencia y más determinación y “siempre poniéndole al golpe de mar, pecho sereno”
Tú tuviste tus propias tormentas, Fernando. Algunas nacieron de tus palabras; otras, de las reacciones que provocaron. Algunas decisiones tuyas podrán discutirse y algunas decisiones tomadas sobre ti también merecerán ser examinadas. Ya no estás aquí para responder a quienes te cuestionen ni para continuar aquellas discusiones que tantas veces mantuviste en vida.
Pero sí estamos aquí quienes te conocimos, quienes compartimos contigo parte del camino, y quienes tenemos el deber de recordar sin mentir, de agradecerte sin idealizar y de criticar sin deshumanizar.
No quiero despedirte convirtiéndote en algo que nunca fuiste. Prefiero recordarte como eras: un hombre singular, formado, apasionado, controvertido, con sus luces y sus sombras, capaz de despertar adhesiones y rechazos, pero con una personalidad que dejó una huella reconocible en nuestra isla, y por todo ello quiero hoy darte las gracias; gracias por las conversaciones. Gracias por los debates. Gracias por las preguntas que me ayudaste a formularme. Gracias por recordarme que la conciencia no se delega, que la honradez no debe ponerse en subasta y que la libertad interior es demasiado valiosa para entregarla a cambio de la aprobación ajena. Gracias, especialmente, por haber contribuido a que siguiera creyendo en algo que considero irrenunciable: “que una persona vale por lo que es, por lo que hace y por la manera en que trata a los demás, no por el dinero que posee, el cargo que ocupa o la influencia que ejerce”.
Hoy ya no podremos sentarnos a conversar en Radio Aventura. Ya no habrá una nueva tertulia en la que podamos cruzar argumentos, discutir nuestras diferencias o dejar una cuestión pendiente para la siguiente ocasión y eso duele.
Pero mientras uno conserve el recuerdo de una conversación que le hizo pensar, mientras sea capaz de escuchar en su memoria una voz que le obligó a revisar sus certezas y mientras encuentre en las palabras de otro una razón para no rendirse ante la injusticia, esa persona no se habrá marchado del todo.
Te vas físicamente, Fernando, pero permaneces en quienes tuvimos la suerte de compartir contigo un tramo de nuestra singladura de vida.
Y yo me quedo con lo aprendido, con las conversaciones y con la certeza de que no hay que estar de acuerdo en todo para sentir respeto, cariño y gratitud hacia alguien.
Que nadie confunda mi despedida con una absolución de todos tus actos, porque no es eso lo que pretendo. Es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más humano: reconocer el valor de una vida, agradecer lo recibido y defender el derecho de cada persona a ser recordada con honestidad, sin que sus controversias borren todo lo demás.
Descansa, amigo Fernando, y no te olvide de decirte a nuestro Señor, que no se de mucha prisa en llamarme, que todavía tengo muchas cosas que hacer y disfrutar en esta tierra, entre otras, la de poder disfrutar de ese angelito del Cielo que llegó a mi vida; mi nieta Bianca, de la que un día te dije que te la traería a tu casa para que recibiera tu bendición, pero tu , con tus dichosas prisas te me fuiste para el Cielo, y… ¡Cachi la mar! Me quedé con las ganas, Fernando
Que encuentres en esa otra orilla la paz que tantas veces parece faltar en esta, y que quienes seguimos navegando por estas aguas revueltas tengamos la decencia de no vender la conciencia, el coraje de no arrodillarnos ante el dinero y la honradez de no llamar justicia a aquello que solo beneficia a los poderosos, porque al final, cuando se apagan los focos, se cierran los despachos y desaparecen los aplausos, todos acabamos enfrentándonos a la misma pregunta: si hemos vivido de acuerdo con aquello que decíamos defender, y yo espero que, cuando llegue mi turno de rendir cuentas ante la vida, pueda hacerlo sin demasiadas cosas de las que avergonzarme.
Y espero también haber aprendido a tiempo: “que el mayor patrimonio de un hombre no es lo que acumula, sino aquello que deja en la conciencia de los demás”.
Buen viaje, ¡Buen guardia! Fernando Báez Santana, padre Báez. Que los vientos te sean favorables allá en el Cielo, y que en la última singladura, encuentres por fin un puerto sin tempestades.
“Podrán cerrar las puertas de un templo, apartar a un hombre de un cargo o discutir hasta el último de sus argumentos. Lo que nadie puede decretar es el olvido de quienes guardan un recuerdo verdadero”, porque compadre… ¡Casos se han dado!
¡Qué cosas!
¡Grande Padre Baez!
Julio César González Padrón. Marino Mercante y escritor
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Un comentario
viva el Padre Fernando Baes Santana DEP, a muchos no le gustaba porque decía la verdad ,viva el padre Báez y viva canarias