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TRES MESES ESPERANDO PARA QUE TE DIGAN: «HOY HAY HUELGA»

La deshumanización de la sanidad empieza cuando el sufrimiento del paciente se despacha con un «ya le llamaremos». Llevas tres meses esperando al especialista. Tres meses mirando el calendario, aguantando molestias y confiando en que, por fin, alguien pueda decirte qué tienes. Llega el día, te preparas, organizas el desplazamiento y te plantas en la consulta.

Entonces llega la noticia: «Hoy no le pueden atender. Los médicos están en huelga».

Preguntas qué tienes que hacer y en la ventanilla te dicen que ya te llamarán de nuevo para darte otra cita. Sin fecha. Sin saber cuánto tendrás que seguir esperando. Te marchas con tus informes bajo el brazo y la preocupación intacta. La consulta se suspende; el dolor sigue cumpliendo su horario.

Los médicos tienen sus reivindicaciones y pueden tener razones de sobra para protestar. Pero el paciente también tiene razones para sentirse abandonado. No negocia las condiciones laborales, no administra los presupuestos y no puede resolver el conflicto. Sin embargo, termina cargando con sus consecuencias.

¿Son conscientes los médicos, cuando deciden secundar una huelga y suspender su consulta, de lo que esa decisión supone para quien lleva meses esperando? ¿Del miedo que acompaña a un diagnóstico pendiente? ¿Del esfuerzo de una persona mayor para desplazarse? ¿De la angustia de regresar a casa sin respuestas?

No sería justo afirmar que no lo son. Pero esa conciencia debe traducirse en medidas que protejan al paciente, con responsabilidad de la Administración y de quienes convocan la protesta. Su sufrimiento merece ocupar un lugar central en la negociación.

Aquí aparece la deshumanización de la asistencia sanitaria: cuando una persona angustiada empieza a ser tratada como un expediente pendiente. Hay actitudes de algunos médicos que transmiten al paciente que su sufrimiento importa muy poco. No podemos conocer lo que sienten, pero sí reclamar escucha, explicaciones y empatía. La frialdad también duele.

Sería injusto extender ese reproche a tantos profesionales que atienden con entrega y humanidad. Precisamente por respeto a ellos, tampoco debemos normalizar la indiferencia de quienes olvidan que delante tienen una persona.

No siempre será posible anticipar qué consultas quedarán suspendidas. Pero esa dificultad no puede cerrar la conversación. Hace falta información clara, una alternativa y una respuesta sobre cuándo se recuperará la atención.

Porque ese «ya le llamaremos» se pronuncia en dos segundos, pero deja al paciente contando días y mirando el teléfono. Después de tres meses esperando, merece algo más que otra espera sin horizonte.

A la Administración y a quienes representan a los profesionales hay que exigirles una salida. Defender la sanidad pública también exige cuidar a quienes dependen de ella mientras se negocia.

La enfermedad no entiende de negociaciones. Y la humanidad no debería quedarse nunca en servicios mínimos.

Juan Santana, periodista y locutor de radio

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