Hay dos palabras que, repetidas demasiadas veces en política, terminan significando exactamente lo contrario de aquello que pretendían transmitir: «ya casi».
Ya casi está terminado. Ya casi abre. Ya casi comienza. Ya casi se adjudica. Ya casi se soluciona.
Las primeras veces generan esperanza. Después producen paciencia. Más tarde provocan dudas. Y cuando han pasado meses o años pueden terminar convertidas en una broma amarga entre los ciudadanos.
No ocurre solamente en Telde ni pertenece a un único gobierno. Es una enfermedad bastante extendida en la política municipal: anunciar cada paso de un proyecto como si fuera el definitivo. El resultado es que determinadas obras acumulan más presentaciones que resultados y algunas infraestructuras parecen vivir permanentemente instaladas a pocos días de comenzar a funcionar.
Una promesa pública tiene algo parecido a una fecha de caducidad. No porque la necesidad desaparezca, sino porque cada incumplimiento reduce el valor de la palabra siguiente.
Cuando una administración anuncia por tercera vez aquello que ya anunció dos veces, el ciudadano deja de escuchar de la misma manera. Ya no piensa «por fin». Piensa «vamos a ver si esta vez es verdad».
Ese cambio es mucho más importante de lo que parece.
La democracia no se sostiene solamente mediante elecciones. También necesita una confianza cotidiana en las instituciones. Una confianza crítica, naturalmente, pero suficiente para pensar que cuando un responsable público ofrece una información existe una relación razonable entre aquello que anuncia y lo que terminará ocurriendo.
Los retrasos existen y seguirán existiendo. Una licitación puede quedar desierta. Una obra puede encontrar dificultades técnicas. Puede aparecer una sentencia, un informe desfavorable, un aumento inesperado de costes o cualquier otro problema capaz de alterar una previsión.
La buena gestión no consiste en poseer una bola de cristal.
Consiste en explicar qué ha ocurrido.
Quizá nos iría bastante mejor si la política recuperase frases tan sencillas como «nos equivocamos con el plazo», «ha aparecido este problema» o «todavía no podemos dar una fecha responsable».
Puede parecer que reconocer una dificultad debilita a un gobierno. Creo exactamente lo contrario. Lo debilita mucho más presentar una previsión optimista que vuelve a incumplirse.
Además, las promesas que envejecen tienen una curiosa capacidad para sobrevivir a quienes las hicieron. Cambian los gobiernos y comienza entonces otro relato. Unos explican lo que recibieron. Otros recuerdan lo que habían dejado encaminado. El nuevo responsable asegura que está desbloqueando lo que encontró paralizado.
Mientras tanto, el ciudadano solo quiere saber cuándo podrá utilizarlo.
Ese debería ser el centro de la política local.
Las infraestructuras públicas no pertenecen a quien las inaugura. Tampoco a quien inició el expediente. Son de la ciudadanía que las paga.
Por eso quizá deberíamos construir una verdadera memoria de las promesas municipales. No como arma partidista, sino como herramienta de calidad democrática. Saber qué se anunció, qué plazo se ofreció, cuánto iba a costar, qué sucedió después y cuál fue finalmente el resultado.
Y hacer algo todavía más importante: reconocer también aquello que se ejecutó correctamente.
Fiscalizar no significa convertir cada seguimiento en una acusación. Significa comprobar. Si una administración promete algo y lo cumple, hay que contarlo. Precisamente porque solo así tendrá sentido señalar aquello que no se cumplió.
La memoria protege frente a dos excesos: la propaganda del gobierno y la crítica automática de la oposición.
Una ciudad no necesita políticos capaces de prometer que no habrá problemas.
Necesita responsables capaces de atravesarlos sin esconderlos detrás de una nueva nota de prensa.
Porque el verdadero problema de vivir en la ciudad del «ya casi» no es esperar.
Es terminar acostumbrándonos a que nada tenga una fecha cierta.
Y una comunidad que deja de creer en la palabra de sus instituciones ha perdido algo mucho más caro que cualquier obra retrasada.
Ha perdido confianza.
Vidal Bolaños, escritor y comunicador
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