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«LA VIÑA CANARIA SE DEFIENDE ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE»

Hay paisajes que vemos tantas veces que terminamos creyendo que estarán ahí para siempre.

Las viñas pertenecen a esa categoría.

Filas que avanzan por terrenos imposibles.

Cepas creciendo donde parecería que nada debería hacerlo.

Parras adaptadas durante generaciones al viento, al sol, a la altura, a la ceniza volcánica o a la escasez de agua.

Las contemplamos y pensamos en vino.

Pero una viña canaria contiene mucho más.

Contiene paisaje.

Trabajo.

Agricultura.

Gastronomía.

Historia.

Conocimiento transmitido entre generaciones.

Y, en determinadas zonas, una forma entera de relacionarnos con el territorio.

Por eso cualquier amenaza al viñedo merece algo más que una respuesta técnica.

Este 21 de agosto, el Gobierno de Canarias ha actualizado las medidas fitosanitarias frente a la filoxera, flexibilizando determinados movimientos relacionados con la vendimia al considerar favorable la evolución del control, aunque manteniendo restricciones y reforzando la vigilancia donde existe riesgo de propagación. Según los datos oficiales, las prospecciones efectuadas durante 2026 mantienen la presencia detectada circunscrita a Tenerife.

Es una noticia positiva.

Pero también una advertencia.

El patrimonio agrícola puede perderse mucho más rápido de lo que tarda en construirse.

La filoxera tiene un nombre pequeño para la enorme huella que ha dejado en la historia vitivinícola mundial.

Canarias posee además una singularidad que convierte su protección en una cuestión especialmente importante.

Nuestros viñedos conservan variedades, sistemas de cultivo y paisajes agrícolas con una personalidad difícilmente repetible.

No es solo una cuestión de producción.

Es diversidad.

Y la diversidad necesita protección precisamente porque no puede sustituirse fácilmente.

En el mundo contemporáneo estamos acostumbrados a pensar que casi todo puede reponerse.

Si falta un producto, se importa.

Si una máquina se rompe, se compra otra.

Si desaparece un servicio, buscamos una alternativa.

El campo funciona de otra manera.

Una cepa antigua no puede descargarse de internet.

Un paisaje agrícola construido durante generaciones no reaparece colocando nuevas plantas.

El conocimiento asociado tampoco.

Hay una forma de podar.

De interpretar la tierra.

De saber cuándo vendimiar.

De conocer cada finca.

De distinguir cómo cambia una variedad dependiendo de la orientación o de la altura.

Ese saber reside muchas veces en personas concretas.

Por eso una plaga no amenaza solamente plantas.

Amenaza sistemas completos.

La estrategia desarrollada durante los últimos meses demuestra también algo que deberíamos aplicar a muchos otros problemas: actuar rápido cuesta, pero actuar tarde cuesta mucho más.

Vigilancia.

Prospecciones.

Controles.

Limpieza.

Restricciones.

Coordinación.

Todo puede resultar incómodo.

Especialmente durante una vendimia, cuando cada retraso afecta a agricultores y bodegas.

Pero debemos comparar esa incomodidad con el riesgo de permitir una expansión.

Entonces se entiende mejor.

La bioseguridad no debería verse como burocracia añadida.

Es protección económica.

Cada caja limpia.

Cada vehículo correctamente desinfectado.

Cada herramienta revisada.

Cada movimiento controlado puede ayudar a preservar años de trabajo.

La prevención tiene un problema de comunicación.

Cuando funciona, parece que no ocurrió nada.

Y precisamente ese es su éxito.

Nadie inaugura una plaga que no llegó.

Nadie fotografía una cosecha que no se perdió gracias a una medida preventiva.

Por eso resulta tentador relajar controles cuando desaparece la sensación de urgencia.

Ese sería un error.

La información oficial publicada este 21 de agosto habla de una evolución favorable, pero no de un problema desaparecido. La flexibilización llega acompañada de nuevas delimitaciones, vigilancia y recomendaciones específicas para impedir que tierra o restos vegetales transporten accidentalmente la plaga durante la vendimia.

Ahí entra también la responsabilidad individual.

Estamos acostumbrados a pensar que proteger el territorio corresponde exclusivamente a las administraciones.

No siempre.

Agricultores, bodegas, transportistas y trabajadores forman parte directa del sistema de defensa.

La cooperación es especialmente importante en territorios insulares.

Una isla permite aislar determinados problemas con mayor eficacia.

Pero también provoca que, una vez introducidos, puedan afectar a ecosistemas agrícolas únicos y limitados.

Canarias conoce muy bien el impacto de las especies invasoras y de organismos que llegan a un territorio donde encuentran condiciones favorables.

Por eso deberíamos desarrollar una verdadera cultura de bioseguridad.

No basada en el miedo.

Basada en la responsabilidad.

Comprender por qué no debemos trasladar determinado material vegetal.

Por qué es necesario limpiar una máquina.

Por qué una planta comprada fuera de circuitos autorizados puede representar un riesgo.

Por qué comunicar rápidamente un síntoma sospechoso protege también a la finca vecina.

El campo moderno necesita conocimiento tradicional y ciencia.

No existe contradicción.

Necesitamos al agricultor que conoce cada cepa y al técnico capaz de analizar una muestra.

Necesitamos experiencia y laboratorio.

Memoria e innovación.

Es precisamente esa combinación la que puede asegurar el futuro del sector.

Y tenemos que hablar también de las fincas abandonadas.

Los datos difundidos por el Gobierno sitúan los positivos de las prospecciones de 2026 en fincas abandonadas dentro de la denominada zona cero.

Ese detalle merece reflexión.

El abandono agrícola no es únicamente un problema paisajístico.

Puede convertirse también en un problema sanitario.

Una finca sin actividad tiene menos vigilancia.

Puede acumular vegetación.

Puede convertirse en espacio donde determinados problemas avancen durante más tiempo antes de ser detectados.

Por eso mantener el campo vivo tiene beneficios que van mucho más allá de producir alimentos.

Un agricultor sobre el terreno es también alguien que observa.

Detecta.

Pregunta.

Avisa.

Cuida.

La mejor forma de proteger parte de nuestro paisaje agrícola consiste precisamente en conseguir que siga existiendo gente trabajando en él.

Eso nos devuelve a uno de los grandes problemas del sector primario.

El relevo generacional.

Podemos salvar una cepa de una plaga y perderla veinte años después porque nadie quiso continuar cultivándola.

Sería una victoria demasiado corta.

Por eso cualquier política de defensa del viñedo debería caminar junto a medidas que garanticen su viabilidad económica.

De poco sirve conservar variedades si cultivar no permite vivir.

Necesitamos proteger el patrimonio vegetal.

Pero también a quien lo mantiene.

El vino canario cuenta cada vez con mayor reconocimiento.

Sin embargo, detrás de una botella existe muchísimo más que una marca.

Hay alguien podando.

Recogiendo.

Transportando.

Elaborando.

Cuidando una finca cuando todavía no existe ningún producto que vender.

Consumir vino canario cuando corresponde, conocer nuestras denominaciones y valorar su calidad también forma parte de esa cadena de protección.

Porque aquello que una sociedad no valora termina siendo mucho más difícil de conservar.

La vendimia es una celebración extraña.

Representa el final de meses de trabajo y, al mismo tiempo, el comienzo de todo lo que viene después.

La uva sale de la tierra.

Entra en la bodega.

Y el paisaje termina dentro de una botella.

Eso convierte cada cosecha en algo más que producción.

Es continuidad.

Este año esa continuidad lleva además una responsabilidad añadida.

Demostrar que Canarias puede compatibilizar una vendimia normal con una vigilancia extraordinaria.

Que podemos proteger sin paralizar.

Producir sin descuidar.

Avanzar sin olvidar el riesgo.

Las miles de prospecciones realizadas y la contención territorial de los positivos son una señal esperanzadora.

Pero ninguna victoria frente a una plaga debe declararse antes de tiempo.

Porque el enemigo más peligroso después de una buena noticia suele ser la confianza excesiva.

Defender nuestra viña significa entender algo elemental.

Una cepa puede ocupar apenas un pequeño pedazo de tierra.

Pero detrás de ella pueden existir siglos.

Y cuando algo ha necesitado generaciones para llegar hasta nosotros, tenemos la obligación de procurar que también llegue a quienes vienen después.

No protegemos únicamente uvas.

Protegemos una parte de Canarias.

Vidal Bolaños, escritor y comunicador
 
 

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