Jesús Calleja cambió las montañas, los barrancos y las tiendas de campaña por la residencia oficial de Lanzarote, adonde llegó acompañado de quien OKDIARIO identifica como su pareja Esta vez no hicieron falta cuerdas, casco ni helicóptero de rescate: los esperaba un coche con chófer enviado por el presidente y alojamiento en uno de los lugares más exclusivos del Estado.
La nueva entrega podría titularse Planeta La Mareta. El desafío consistía en sobrevivir durante dos noches entre jardines, piscina, seguridad y todos los servicios propios de una residencia oficial. Una aventura de altísimo riesgo, especialmente para el bolsillo del contribuyente, que todavía desconoce quién pagó el alojamiento, los desplazamientos, la manutención y el resto de las atenciones dispensadas a los invitados.
Porque Pedro Sánchez parece haber convertido La Mareta en un establecimiento con régimen de “todo incluido”: alojamiento, transporte desde el aeropuerto, chófer, protección y, suponemos, desayuno presidencial. Lo único que falta por saber es dónde está la recepción, quién reparte las pulseritas y a qué organismo público se carga finalmente la factura.
Y mientras el presidente utiliza aparentemente La Mareta como si fuera su cortijo veraniego particular, la derecha debe de encontrarse también de vacaciones. Hasta el momento no se ha escuchado a ningún dirigente del Partido Popular ni de Vox exigir públicamente explicaciones claras sobre el uso que Sánchez está haciendo de esta residencia propiedad del Estado.
Ni una pregunta sobre quién autoriza la entrada de los invitados. Ni una petición para conocer cuánto cuestan sus estancias. Ni una iniciativa para aclarar quién paga los vehículos, los conductores, la seguridad, las comidas y todos los servicios que reciben. Nada. Silencio absoluto. Quizá la oposición también tenga contratada una tarifa de agosto con pensión completa, pero sin derecho a ejercer como oposición.
La Mareta es una residencia oficial destinada al jefe del Gobierno y a visitas institucionales, no el chalet privado del presidente para invitar libremente a familiares, amigos y conocidos con cargo al erario. Pedro Sánchez puede tener todos los amigos que quiera y pasar las vacaciones con quien considere oportuno, pero cuando la estancia se desarrolla en una propiedad pública y participan medios pagados por todos, las explicaciones dejan de ser una cuestión privada.
Alguien debería preguntar cuánto dinero está gastando el presidente durante estas vacaciones, quién está abonando las atenciones prestadas a Jesús Calleja y a su acompañante y con qué criterio se permite que determinadas personas disfruten de una residencia oficial con todos sus servicios.
La gran aventura no es la de Calleja entrando en La Mareta. La auténtica expedición extrema consiste en encontrar a un dirigente de la oposición dispuesto a pedir la factura. De momento, ninguno ha alcanzado la cima.
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