Juan Antonio Peña pretende convertir las fiestas, la propaganda y el entretenimiento en sustitutos de la gestión que necesita una ciudad de más de 100.000 habitantes.
Telde no necesita un animador sociocultural sentado en la Alcaldía. Necesita un alcalde. Necesita dirección política, planificación, capacidad administrativa, conocimiento de los procedimientos y determinación para transformar los anuncios en expedientes terminados, contratos ejecutados y servicios públicos funcionando.
Juan Antonio Peña lleva tres años intentando convencer a la ciudadanía de que gobernar consiste en estar en todas las fotografías, estrechar manos, aparecer en actos populares, organizar celebraciones y repetir que él continúa siendo una persona cercana. Pero Telde no es una asociación de vecinos, una comisión de fiestas ni una pequeña administración rural. Es una ciudad que superó los 104.000 habitantes en 2025 y que requiere una estructura política capaz de gestionar problemas urbanos, económicos, sociales y administrativos de enorme complejidad.
La cercanía puede ser una virtud. Las fiestas también cumplen una función social, cultural y económica. Nadie discute que detrás de un espectáculo trabajan técnicos de sonido, montadores, artistas, feriantes, restauradores y pequeñas empresas. El propio Peña sostiene que el presupuesto de Festejos es prácticamente el mismo que en el mandato anterior y que la colaboración privada permite organizar actividades sin incrementar el gasto municipal. También asegura que recibe mensajes de personas agradecidas porque esos acontecimientos les proporcionan trabajo.
Todo eso puede ser cierto, pero no responde a la crítica principal
El problema no es que Telde celebre fiestas. El problema es que las fiestas parecen haberse convertido en el principal refugio político de un alcalde que no puede exhibir con la misma facilidad una administración ágil, grandes proyectos concluidos, instalaciones históricas recuperadas o soluciones definitivas para los problemas estructurales de la ciudad.
Peña tiene que defender las fiestas con uñas y dientes porque, políticamente, es el terreno donde se siente cómodo. Allí no hay informes de Intervención que interpretar, expedientes administrativos que impulsar, pliegos que supervisar, procedimientos que conocer ni proyectos complejos que ejecutar. En una verbena basta con contratar, inaugurar, sonreír, subirse al escenario y dejarse fotografiar. Gestionar una ciudad es mucho más difícil.
El propio alcalde reconoció en Onda Guanche que llegó al gobierno sin conocer suficientemente determinados mecanismos administrativos y que, de haberlos conocido desde el primer día, algunos proyectos podrían haber avanzado con mayor rapidez. Esa confesión explica buena parte de lo sucedido durante el mandato, Peña quería gobernar Telde, pero no estaba preparado para manejar la compleja maquinaria administrativa de un municipio de esta dimensión.
Tres años después, el Mercado Municipal continúa cerrado y sin una fecha definitiva de apertura, el polideportivo Paco Artiles, igual. Los aparcamientos impulsados desde el Ayuntamiento siguen llenándose de polvo sin uso, el Palacio de la Cultura y las Artes tampoco será una realidad durante este mandato. Mientras tanto, continúan las esperas relacionadas con urbanismo, instalaciones públicas, limpieza, mantenimiento, barrios y otros proyectos anunciados repetidamente. Los contratos nuevos de Alumbrado Público y de Parques y Jardines también duermen el sueño de los justos.
La realidad administrativa tampoco admite demasiados fuegos artificiales. Los trabajadores municipales han salido a la calle bajo un lema demoledor: “Telde necesita hechos, no más excusas”. El alcalde ha reconocido que tienen razón y que la plantilla, que en otros tiempos se acercó al millar de empleados, se encuentra actualmente por debajo de los cuatrocientos. Puede tratarse de un problema heredado, pero después de tres años gobernando ya no basta con describir la herencia, hay que explicar qué se ha transformado y qué soluciones concretas se han ejecutado.
Peña sigue refugiándose en el pasado. Cada retraso procede de décadas anteriores. Cada problema nació con otro gobierno. Cada expediente es demasiado complicado. Cada incumplimiento tiene una explicación técnica. Y cuando las explicaciones empiezan a agotarse, aparece una nueva celebración, una fotografía, un vídeo, una visita o una declaración cargada de cercanía.
Es la política del confeti, llenar el aire de colores para que durante unos minutos nadie mire al suelo
Onda Guanche ya ha advertido de esa enorme distancia entre el relato y los resultados. El gobierno mantiene una intensa actividad comunicativa, pero la ciudadanía empieza a preguntar cuándo se traducen los anuncios en soluciones visibles. El Mercado, el Paco Artiles, los aparcamientos, la limpieza, las calles y los barrios no se recuperan mediante notas de prensa. Se recuperan con gestión, presupuesto, personal, planificación y expedientes concluidos.
La propaganda tampoco puede confundirse con gobierno. La proliferación de cartelería política de CIUCA y Primero Canarias cuando todavía quedaba aproximadamente un año para las elecciones fue avanzada por Onda Guanche como el adelanto de una campaña electoral preocupada por promocionar siglas y rostros mientras numerosos problemas municipales continúan esperando respuesta.
Peña domina la escena, pero no la administración. Sabe colocarse delante de una cámara, pero no ha demostrado la misma habilidad para colocar a Telde delante de sus problemas y resolverlos. Su mayor éxito político ha sido construir un personaje, el alcalde accesible, simpático, campechano y presente en todas partes. Su gran fracaso ha sido creer que ese personaje podía sustituir a la capacidad necesaria para gobernar.
Y aquí aparece inevitablemente la figura del bufón
En las antiguas cortes, los reyes gobernaban y el bufón entretenía. Uno tomaba decisiones, el otro hacía reír, distraía a los presentes y aligeraba los momentos incómodos. En Telde parece haberse invertido el orden, quienes deberían dirigir la maquinaria municipal han dejado el centro del escenario y el bufón político de la corte ha terminado ocupando el trono.
Es su forma de ejercer el poder. Un alcalde adopta ese papel cuando convierte las ocurrencias, las fiestas, las poses, los bailes y las payasadas públicas en su principal carta de presentación mientras la ciudad sigue reclamando administración, planificación y resultados.
Cuando aumentan las críticas, Peña no presenta una relación contundente de proyectos terminados. Defiende las fiestas. Cuando se cuestiona su gestión, habla del empleo generado por las celebraciones. Cuando se le recuerda el estado de la administración, vuelve a la herencia recibida. Y cuando la realidad amenaza con imponerse, aparece otra fotografía.
¿Qué podemos esperar de un alcalde que hace del ‘Lince’ su hombre de confianza y al poli tránsfuga de Juan Martel en aliado electoral para 2027 mientras utiliza las iglesias y los colegios como escaparates de su demagogia e incultura política?
Peña, a su imagen y semejanza, construye un Telde paleto, simple, antiguo y sin futuro, apoyándose en su ruin propósito con dinero público en mercenarios de la información que pronto rendirán cuentas en Fiscalía por su corrupción.
Juan Antonio Peña quería ser rey, pero ha terminado interpretando al bufón de la corte. El problema es que la función lleva ya tres años, la música empieza a resultar repetitiva y los vecinos han dejado de reírse.
Florentino López Castro, formado en periodismo por la Universidad Internacional Isabel I de Castilla y es director de ONDA GUANCHE
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