La política española tiene algo maravilloso: cuando parece que ya se ha visto todo, aparece otro informe, otro audio, otro mensaje o algún documento olvidado en un cajón dispuesto a animar la semana.
Y claro, con cada nuevo informe que aterriza sobre la mesa, hay quien se lleva las manos a la cabeza, hay quien pide explicaciones, hay quien exige dimisiones… y luego está el Partido Popular, que en esto de los casos de corrupción juega en una categoría especial. Podríamos decir que son como esos veteranos del fútbol que, cuando empieza el partido, ya conocen todos los atajos del campo.
Porque mientras algunos dirigentes socialistas descubren ahora lo incómodo que es convivir con informes policiales, registros, declaraciones y titulares incómodos, en el PP muchos podrían impartir másteres acelerados sobre supervivencia política en tiempos de escándalo.
La experiencia es un grado. Y en esto llevan años acumulando doctorados.
Pero el detalle más llamativo del nuevo informe es casi de guion de serie española de sobremesa: aparece una referencia a una posible reunión con una persona de la Fiscalía General del Estado, “el cliente” y “Leire, la que manda”. Ahí es nada. En la política española ya no hace falta organigrama, basta con una frase: “la que manda”. Ni comité federal, ni ejecutiva, ni primarias. Aquí manda quien sale en el documento.
Y luego está la otra joya: cuando se habla de un fiscal que supuestamente habría respondido que no sabía nada y que no le metieran en líos. Esa frase debería colocarse en la entrada de todos los ministerios: “No me metas en líos”. Serviría como lema nacional, como escudo institucional y hasta como tono de espera telefónica en algunas sedes de partido.
Mientras tanto, los ciudadanos asisten al espectáculo con la misma cara de sorpresa que tendría alguien que encuentra humedad en una piscina.
Un día la derecha exige explicaciones a la izquierda. Al siguiente la izquierda recuerda los escándalos de la derecha. Y al final todos terminan señalándose mutuamente mientras los ciudadanos intentan recordar quién prometió regeneración democrática, transparencia absoluta y tolerancia cero.
Quizás la única conclusión posible sea que la corrupción en España ha conseguido algo que parecía imposible: unir a todos los partidos en una competición permanente para demostrar que siempre se puede empeorar el titular de la semana anterior.
La política española, en definitiva, es el único lugar donde los pirómanos dan clases de prevención de incendios, los veteranos de los escándalos ofrecen cursos de ética pública y los que ayer pedían dimisiones hoy descubren la importancia de la presunción de inocencia.
Y lo peor es que todavía hay plazas disponibles.
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