Hay que reconocerles algo, tienen sentido del espectáculo. Tras meses de sostener una infamia, de inventar resoluciones y de actuar como jueces de horca y cuchillo, el periodista de la mala praxis y su coro de colaboradores han decidido entonar un «mea culpa» tan ridículo que insulta a la inteligencia.
Ahora resulta que la destrucción del honor de una persona no fue una estrategia de alcantarilla, sino un simple «traspapeleo».
Resulta cómico, si no fuera por la gravedad del daño causado, que pretendan justificar la invención de una realidad judicial con un «cambio de nomenclatura» en el número del juzgado.
Como si confundir un archivo de la causa con un “visto para sentencia”, o un juzgado con otro, fuera lo mismo que traspapelar una factura del café.
No, señores. En el periodismo serio, un número de juzgado es una coordenada de la verdad; en el periodismo de cartera, es un obstáculo que se salta con la pértiga de la mentira. Intentar colar un error administrativo donde hubo una voluntad de linchamiento es la última pirueta de quien se sabe cazado y trata de salir de la fosa séptica sin mancharse el traje.
Esa rectificación forzada, arrastrada y llena de excusas técnicas, no es un acto de honestidad; es un ejercicio de pánico legal. Saben que el anuncio de acciones judiciales pesa más que sus inventos, y ahora intentan disfrazar el dolo de torpeza.
¿Traspapeleo?… Traspapeleo es perder una nota de prensa. Inventar que una causa ha sido archivada y sobreseída con traslado a fiscalía por aquello del “siembra la duda que algo queda” o ignorar una sentencia absolutoria para seguir enfangando y publicar que el denunciante va a recurrir, pero luego no y es capaz de inventar un culebrón de pura ficción y basura periodística tiene un nombre mucho más corto y contundente, calumnia.
Al darse por aludidos sin que nadie los nombrara y salir el amiguete con la excusa de la nomenclatura, han completado el retrato de su propia incompetencia. Han demostrado que:
No contrastaron la información (o peor, la inventaron a sabiendas).
No respetan la verdad judicial si esta no sirve a sus intereses.
Carecen de la gallardía necesaria para reconocer que se alquilaron para un linchamiento.
«Cuando la ética se traspapela, lo que queda no es un periódico, es un panfleto de intereses. Y cuando la mentira se disfraza de error administrativo, el periodista deja paso al bufón.»
El caso de Artiles quedará como el manual perfecto de cómo no ejercer esta profesión. Telde ya sabe quién es quién.
Los que hoy hablan de «nomenclaturas» son los mismos que ayer dictaban sentencias condenatorias desde su rotativa de barro.
La justicia seguirá su curso, y ningún traspapeleo servirá de escudo cuando llegue la hora de pagar la factura por el daño causado. Porque el honor de las personas no se puede archivar en el cajón de los errores de imprenta. La función ha terminado, y el telón cae sobre una redacción que huele, más que nunca, a cloaca.
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